La necesaria maternidad subrogada

En España tenemos ahora la oportunidad de ser de nuevo pioneros a propósito de un asunto que la realidad social y, sobre todo, la necesidad de avanzar en la defensa de las libertades individuales y los derechos de mujeres y hombres y de sus hijos e hijas, pone ahora, por fin, en primer plano del debate político en nuestro país. La maternidad subrogada -que algunos, con evidente mala fe, insisten en seguir llamando vientre de alquiler, con toda la carga peyorativa que tiene esa expresión- ha llegado a nuestro debate ideológico, político, cultural, social, familiar y esperemos que, finalmente, legal. Y, dado que esa realidad está ahí, hay que aprovechar la oportunidad para abordarla bien. En eso, en hacerlo bien, es en lo que podemos ser de nuevo pioneros, como lo fuimos en relación con muchos de los aspectos relacionados con el matrimonio igualitario, como el derecho a la adopción.

La maternidad subrogada es ya legal en países como Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido, Sudáfrica, Brasil o México. Quienes se oponen a esta alternativa de acceso a la maternidad y la paternidad subrayan los riesgos de cosificación y explotación de la mujer, de mercantilización y de inseguridad jurídica de los hijos. Pero, ¿por qué hay que asumir esos riegos como inevitables y no proponernos establecer una normativa, rigurosa y vigilante, que garantice el derecho de todas y cada una de las mujeres a decidir libremente sobre su propio cuerpo? Ése es el objetivo que debería unirnos.

Porque creo que ahí está la clave medular de este debate. Resulta especialmente incoherente, por no decir irritante y cínico, que quienes defienden con todas sus fuerzas, y con toda justicia, el derecho de la mujer para decidir con absoluta libertad y con todas las garantías sobre su cuerpo en asuntos como, por ejemplo, la sexualidad o el aborto, le nieguen ahora a la mujer el derecho a implicarse libremente en un proceso de maternidad subrogada. ¿Que esa libertad puede estar condicionada por motivaciones y prácticas indeseables? Regúlese bien la maternidad por subrogación hasta el menor matiz para que eso no ocurra, y para que, si ocurre, se penalice justamente.

Se plantea además una cuestión de equidad y justicia. Creo que es adecuado partir del principio de que todos, hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales, debemos ser iguales ante la ley y en el acceso a los recursos que puedan cambiar, mejorar y dignificar nuestras vidas. Felizmente, no sólo parejas heterosexuales, sino los hombres solteros o las parejas gays que pueden permitírselo se lo permiten, de hecho, sin mayor esfuerzo que el económico; lamentablemente, muchos otros no pueden cumplir, por razones exclusivamente económicas, su deseo de paternidad. El respeto a la igualdad es siempre el mejor remedio contra las telarañas que crecen en algunas cabezas machistas, paternalistas, retrógradas o dogmáticas. Llegados a este punto, me parece oportuno recordar que algunos partidos de izquierda han tardado décadas en comprender, respetar y defender, por ejemplo, la cuestión homosexual; esperemos que no ocurra lo mismo en este otro asunto, y que sean capaces de entenderse y cooperar con la iniciativa impulsada ahora, con mayor decisión, por Ciudadanos, y objeto ya de discusión interna en el PP. No deja de sorprender el silencio oficial, o la falta de apertura al debate, de PSOE y Podemos. También dentro del feminismo, integrado o no en partidos, hay corrientes a favor y en contra, otra razón de peso para plantear un debate serio entre todos.

Por otro lado, los testimonios de mujeres -muchas de ellas afectadas en su día por un cáncer superado, pero que las privó de la posibilidad de gestar- y de sus parejas, y de hombres sin pareja o casados con otro hombre -parejas condicionadas por lo que se denomina esterilidad estructural-, que han sido madres o padres gracias a la maternidad subrogada, conmueven, convencen y reclaman, para ellos, para sus hijos, y para todos los que se encuentren en situaciones similares, una respuesta basada en valores progresistas como la solidaridad, la conciencia cívica, el altruismo, la protección de las libertades y, desde luego, la justicia y la legalidad. Porque no estamos apelando sólo a una respuesta emocional, sino a un debate exento de fatalismos, de alarmismos y de incredulidades sobre la madurez de la mujer para tomar sus propias decisiones.

Claro que sería algo mucho peor que inconsciente el ignorar que en muchos países en los que es legal la maternidad subrogada no se dan, ni de lejos, las condiciones legales para evitar que ésta se traduzca, de un modo u otro, en una nueva forma de explotación de la mujer, o que la cultura de algunos países infinitamente más exigentes en esta materia haga que no se cuestione, ni se plantee como indeseable, la compensación económica de la gestante. Pero no estamos hablando de copiar la legislación de esos países, sino de un modelo sin razones para discrepar, altruista.

Conozco la existencia de al menos dos documentos que han alcanzado una importante difusión en torno al debate sobre maternidad subrogada. Uno, a favor de que se admita y se legalice rigurosamente, propuesto por el Grupo de Ética y Nueva Práctica Clínica de la Sociedad Española de Fertilidad (SEF), coordinado por Rocío Núñez, Lydia Feito y Fernando Abellán con la colaboración de médicos, biólogos de la reproducción, psicólogos, enfermeras, expertos en bioética y abogados especializados en el campo del derecho sanitario. El otro, en contra de la regulación y titulado maliciosamente Vientres de Alquiler, aparece con firma genérica, pero difundido por la Asociación de Profesionales por la Ética. En este último se desarrollan tesis y argumentos que quedan absolutamente desarmados ante el planteamiento y los requisitos que establece el citado documento de la SEF. Es inevitable tener la sensación de que la confrontación se está produciendo en lenguajes distintos, puesto que lo que la parte contraria a la regulación expresa como inadmisible -la mercantilización- no está contemplada en la propuesta de regulación en España.

Prohibir para evitar que se desarrollen las libertades individuales es un recurso típico de todas -todas- la dictaduras; legislar para garantizar el desarrollo de las libertades y evitar posibles derivaciones indeseables o rotundamente inadmisibles, es propio de las democracias consolidadas y libres de cualquier imposición doctrinal, religiosa o no. Ahora, ante esta realidad llamada maternidad subrogada, en España tenemos la ocasión de demostrar qué somos de verdad.

Eduardo Mendicutti es escritor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *