La necesidad de forjar la oposición siria

La crisis de Siria ya lleva un año, con cerca de 10.000 muertos, en su mayoría civiles, y parece no tener fin. El país se encuentra en un punto muerto: la oposición no es capaz de derrocar el régimen del presidente Bashar al-Assad, y las fuerzas de Assad no pueden aplastar la resistencia.

Ambos bandos se mantienen firmes: la oposición está decidida a derrocar un régimen que considera ilegítimo, sectario, corrupto, tiránico y con las manos manchadas de sangre, mientras que el núcleo de línea dura del gobierno cree que perseverando terminará poramp#160; silenciarla, y considera que cualquier concesión podría poner en peligro su propia existencia. En su opinión, el derrocamiento significaría el despojo y la muerte de la plana mayor del régimen y de una gran parte de la minoría alauí de la que procede.

Assad y sus secuaces se sienten alentados por el fracaso del mundo en responder con eficacia a su brutal represión de la revuelta en Homs, y han impuesto crueles castigos a sus sobrevivientes, como una advertencia a los opositores en otras áreas. Puede que esto acobarde a parte de la población civil de Siria en el corto plazo, pero solo servirá para exacerbar el odio popular y aumentar la posibilidad de un sangriento ajuste de cuentas con Assad y sus compinches en el futuro.

Es probable que el brutal estancamiento actual continúe durante algún tiempo. Las misiones diplomáticas y humanitarias del ex Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan, y la actual Subsecretaria General Adjunta de Asuntos Humanitarios Valerie Amos parecen tan ineficaces como los esfuerzos previos de la comunidad internacional y la Liga Árabe para mitigar el conflicto o facilitar una solución política.

Es cierto que el gobierno ha sufrido algunas deserciones: la más importante ocurrió poco después de que la violencia en Homs alcanzara su punto álgido, cuando el viceministro de Energía renunció y se unió a la oposición. Pero, si bienamp#160; también se han producido en el cuerpo de oficiales, en líneas generales el régimen ha mantenido su cohesión básica.

El ejército, el aparato de seguridad y la comunidad alauí todavía manifiestan un sólido apoyo al régimen. Gran parte de la población siria -la clase media de Damasco y Alepo, los cristianos y otras minorías- manifiestan una actitud pasiva o se ponen al margen, temerosos de que la alternativa al statu quo sea el caos, la guerra civil y, posiblemente, la toma del poder por parte de islamistas radicales. Rusia y China continúan proporcionando cobertura diplomática, mientras que Irán envía ayuda material. La vida en Damasco, a pesar de la creciente escasez, parece casi normal.

Por el contrario, los opositores parecen no inmutarse por los asesinatos y siguen organizando protestas por toda Siria. La oposición armada se está extendiendo, aunque lentamente. Los países occidentales, Turquía, y la mayor parte del mundo árabe están indignados por la brutalidad de los asesinatos y la destrucción, y crece la presión para intervenir y endurecer las sanciones internacionales.

Pero la presión regional e internacional sobre el régimen de Assad ha sido ineficaz. Si bien la Liga Árabe pareció actuar con decisión en noviembre pasado cuando suspendió la participación de Siria, la misión militar de observadores que envió al país fue poco más que una farsa. Las iniciativas de Turquía han perdido fuerza, y Estados Unidos y sus aliados europeos no han ido más allá del frente diplomático; en la práctica, son iniciativas con pocos efectos serios sobre el régimen.

EE.UU. y Occidente aducen que no pueden actuar de manera decisiva sin un mandato de la ONU, que Rusia y China les niegan al vetar las resoluciones anti-sirias en el Consejo de Seguridad. Pero la verdad es que los gobiernos de Washington, Londres, París y otros países podrían hacer mucho más sin una resolución del Consejo de Seguridad.

Tal vez lo más llamativo sea el hecho de que, mientras algunos gobiernos han cerrado sus embajadas en Damasco (citando consideraciones de seguridad), no ha habido una ruptura sistemática de las relaciones diplomáticas con Siria. De hecho, no se ha interrumpido ningún vuelo desde y hacia el país, o cualquier otra medida que pudiera inclinar a la población de Damasco y Alepo en contra del régimen y llevar la crisis a su fin.

Esta ambivalencia se puede ser explicar en gran medida por la preocupación occidental y árabe sobre la debilidad y la opacidad de los dirigentes políticos de la oposición siria. Existe una enorme discrepancia entre el coraje y la tenacidad de los manifestantes y los combatientes en Homs, Idlib, y Deraa, y el Frente Nacional de Siria, cuyos miembros y facciones no han logrado formular un programa político coherente, construir una identidad, y lograr que su nombre y rostros vayan ganando reconocimiento. Los políticos occidentales y los del Golfo se preguntan cómo luciría Siria el día después de que Assad fuera derrocado, lo que se vio claramente en la segunda semana de marzo, cuando funcionarios de defensa estadounidenses expresaron su frustración con la oposición siria en varias conferencias de prensa.

El régimen ha explotado con eficacia esa incertidumbre, propagando el temor a un escenario egipcio, en el que la debilidad de los activistas seculares lleve a una absorción por parte de los Hermanos Musulmanes y los yihadistas. De hecho, es difícil separar la causa del efecto. Reconocer a la oposición como el gobierno legítimo de Siria, como se hizo en Libia, daría a los enemigos de Assad un impulso, pero hasta ahora carecen de la seriedad necesaria para una medida así de audaz.

La oposición debe erigirse en una alternativa creíble y atractiva al régimen de Assad, y los críticos internacionales y regionales del régimen deben ayudar en ese proceso. El régimen de Assad está condenado. No tiene ninguna legitimidad y está destinado a caer, pero eso podría tomar mucho tiempo y a un coste alarmante. La alternativa es una oposición eficaz que cuente con el apoyo inequívoco de los principales actores regionales e internacionales.

Por Itamar Rabinovich, embajador de Israel ante los Estados Unidos entre 1993 y 1996.

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