La némesis del poder turco

Hace unos días, el Primer Ministro turco, Recep Tayip Erdŏgan dijo a Al Jazeera, la red de televisión panárabe, que recurriría a sus buques de guerra para impedir que comandos israelíes volvieran a abordar barcos destinados a Gaza, como hicieron el año pasado, y en un discurso en El Cairo, declaró que su apoyo al reconocimiento por las Naciones Unidas de un Estado palestino era “una obligación”.

Así, pues, ¿será un “verano turco” el primero, si no el principal, resultado de la “primavera árabe”? ¿Afronta Oriente Medio un irresistible ascenso al poder regional de una Turquía neootomana? ¿Y podría estar presenciando el mundo la “orientalización” de Turquía?

Tras la estruendosa respuesta – “no, sí, pero”– de la Unión Europea a la solicitud de adhesión de Turquía, las revoluciones árabes han reforzado entre los turcos la atracción de Oriente, al tiempo que liberaban su mezcla de impulsos nacionalistas y religiosos. De hecho, Erdŏgan hace más referencias a Dios en sus declaraciones públicas actuales que en el pasado.

En los últimos años, el mundo occidental ha estado preguntándose, con una mezcla de culpa y aprensión, “quién perdió a Turquía”, pero, ¿no será Turquía, cautivada por de sus éxitos económicos y diplomáticos, la que esté corriendo el riesgo de perderse a sí misma?

El Gobierno de Turquía no tuvo mayor clarividencia que los regímenes locales y las potencias occidentales para prever los cambios en el mundo árabe. Al final de 2010, Erdŏgan fue el (último) ganador de un premio de derechos humanos concedido por el coronel Muamar El Gadafi de Libia. Además, Turquía a veces ha intentado a toda costa mantener buenas relaciones con el régimen de Bashar El Asad de Siria, pese al abominable comportamiento del Gobierno sirio.

Las “calles árabes” dieron una mala acogida, por no decir algo peor, a esa postura de Turquía. Una razón importante para la postura más dura de Turquía para con Israel es –sospechamos– el intento de Erdŏgan de reequilibrar el prestigio regional de su país.

Pese a su dificultad para entender la realidad y la profundidad del proceso revolucionario árabe, Turquía es más que nunca un copartícipe principal en la región. Puede no ser un modelo, en el sentido estricto del término, pero al menos es una fuente de inspiración en toda la región, aun cuando gran parte de su ejecutoria sea ambigua en esencia y en acto a un tiempo.

En la Europa de los siglos XVII y XVIII, se utilizaba el “exotismo” del imperio otomano como espejo para proyectar los defectos e inseguridades de los europeos. En Francia, se hablaba de “turquerías”, como, por ejemplo, en la comedia de Molière El burgués gentilhombre.

En la actualidad, es el mundo árabe el que suele utilizar a Turquía como lo hacía Europa en el pasado. Sin embargo, esta vez el motivo de la fascinación no es el exotismo, sino la modernidad, pero, por su tradición secular (que el régimen actual está impugnando ahora), su identidad no árabe, su comportamiento para con la minoría kurda y la ambivalencia del legado otomano, Turquía es tanto un contramodelo como un modelo. Es un espejo en el que el mundo árabe proyecta sus temores, además de sus esperanzas.

En el nivel estratégico, Turquía acierta al pensar que el proceso revolucionario árabe ha debilitado a sus rivales directos. El Irán, por ejemplo, está a punto de perder el socio menor y fiel que tenía en Siria, pero, ¿qué ocurrirá si Turquía tiene que vivir junto a un Irán con armas nucleares?

Asimismo, si bien Egipto está en plena revolución desordenada y debe conceder prioridad al cambio interior, también intenta recuperar un papel más visible e influyente entre los movimientos nacionales palestinos y en la región en conjunto. El “Imperio del Medio” de Oriente Medio dejará de ser un gigante dormido.

Naturalmente, Turquía está menos desestabilizada que sus rivales y socios árabes por un proceso revolucionario que no la amenaza directamente. Al fin y al cabo, es ya una democracia en funcionamiento. Turquía está mucho menos preocupada por su futuro que Israel. Comparada con el Estado judío, Turquía tiene una población en aumento y una profunda conciencia de sus afinidades históricas, religiosas y culturales con sus vecinos. Esos importantes activos hacen de Turquía una “nación indispensable” en la región.

Así, pues, lo que amenaza a Turquía actualmente es la propia Turquía. Turquía no sólo es “asiática” desde el punto de vista de la energía económica y el crecimiento rápido, sino también en un sentido más político, con la tentación en aumento de una forma de “despotismo oriental”. De hecho, durante muchos años los críticos internos del gobierno de Erdŏgan han estado denunciando lo que califican de “putinización” del régimen.

Turquía, no la Unión Europea, está haciendo sentir actualmente su presencia en el mundo, pero el curso de la Historia puede cambiar rápidamente. En realidad, Turquía necesita a Europa tanto como Europa a Turquía. Europa es para Turquía “un principio de moderación” y un aliciente para seguir siendo democrática. Turquía es para Europa, aparte de su demografía, un “principio de energía” y una cura para el pesimismo… aun cuando, como está demostrando Erdŏgan, la autoconfianza puede convertirse fácilmente en orgullo desmedido.

Por Dominique Moisi, autor de The Geopolitics of Emotion. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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