La noche que cené con Corinna en Wiltons

El lunes 13 de mayo de 2013, cené con Corinna en mi restaurante favorito de Londres. La recién autodefinida como “amiga entrañable” del rey Juan Carlos aceptó mi invitación para compartir los mullidos asientos de terciopelo verde de Wiltons, un clásico del pescado exquisito, a punto de cumplir 300 años de existencia.

Su enclave, al final de Jermyn Street, la calle de la moda masculina, justo enfrente de Turnbull and Asser, la camisería de James Bond y el Gran Gatsby, tiene un significado. Ese significado queda elevado al cuadrado por la estatua de bronce que parece vigilar el derecho de admisión ante su entrada: está dedicada a Beau Brummell, representado con su levita, chistera y bastón como arbiter elegantiarum de la era georgiana, en calidad de favorito del Príncipe Regente y futuro Jorge IV. Y ese significado termina elevado al cubo cuando, al abrir la carta de Wiltons, resulta que uno de los platos estrella de la casa son las “ostras Beau Brummell”, suculentamente rebozadas.

La noche que cené con Corinna en WiltonsLa Bella Corinna entró deslumbrante, con un vestido ceñido negro, el pelo recogido y unos pendientes en forma de lágrimas que alargaban su cuello esbelto. Ignoro si cruzó alguna mirada de complicidad con el Bello Brummell, ante el umbral de Wiltons. Llegaba protegida por un aparatoso despliegue de seguridad que bloqueó la calle. Yo esperaba con Ana Romero, autora de la entrevista que tantos vahídos provocó en España tres meses antes y organizadora de la cena.

Luego supimos que aquella cápsula de protección, que incluía numerosas personas y vehículos, procedía de los servicios secretos rusos, a modo de dispositivo de contra vigilancia. Corinna estaba convencida de que mi interés por conocerla respondía en realidad a una iniciativa del general Sanz Roldán, con quien ya había tenido una desagradable experiencia en Londres, y temía que hubiera colocado espías alrededor.

Viene esto a cuento de que, es verdad, como algún colega se ha apresurado a destacar esta semana, que en la conversación grabada dos años después entre Corinna, el comisario Villarejo y Juan Villalonga, ella se refiere a Ana como “agente doble”, sugiriendo alguna vinculación con el CNI. Pero se trata de una ligereza que sólo revela la paranoia a la que le habían abocado el intento de robo en su casa de Mónaco y la propia conversación con el director del CNI en su suite del Hotel Connaught.

Ana Romero formó parte de mi equipo durante más de un cuarto de siglo y, podrá acertar o equivocarse, podrá ser justa o injusta en sus apreciaciones sobre tal o cual colega, beber de unas fuentes o de otras, pero es una periodista tan cualificada como independiente. Hay quien se ha sorprendido de que esta semana pusiera en cuestión la autenticidad de la grabación; pero debo decir que mi primera reacción también fue de desconfianza, y no porque yo oiga mejor con un oído que con el otro, como –en sentido metafórico- podría achacársenos a todos, sino porque es cierto que, durante las tres horas y media que duró nuestro encuentro, Corinna nunca nos habló en español.

Este detalle retrata su disciplina mental: ni tras los brindis, ni durante el ir y venir de los manjares, ni en ningún tramo de la larga sobremesa bajó un solo instante la guardia. Ni siquiera para aclarar alguna expresión deficiente de mi mediano inglés o para ayudarme a entender las suyas, recurrió una sola vez al español. Y, sin embargo, como hemos podido comprobar ahora, es capaz de utilizarlo con la razonable fluidez de quien pasa de la flauta a la armónica.

La paradoja es que estuviera tan obsesionada por medir sus palabras en una conversación off the record con un periodista, que ni siquiera tomó notas, y las dejara volar con tanta espontaneidad en un encuentro con un policía, que alguien podía grabar y, de hecho, estaba grabando. Adelantaré, por lo tanto, que aunque nuestra reunión durara más del doble, no produjo ni la décima parte de la información relevante que la que tantos sobresaltos ha provocado esta semana.

Mi propósito no era tampoco sonsacarle nada a Corinna sino reforzar nuestra vía de comunicación; y, sobre todo, conocer cómo era la mujer que, desde la cacería de Botswana, había puesto al Estado español patas arriba. Al final, fue una de esas conversaciones que dejan huella. De ahí, que me bastara seguir escuchando unos segundos la grabación, obtenida por nuestro jefe de investigación Daniel Montero, modelo de rigor profesional donde los haya, para darme cuenta de que la que hablaba era ella. Y de que estábamos ante el scoop periodístico del año.

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El día de nuestra cena en Wiltons, tenía previsto haber regalado a Corinna un ejemplar de la biografía de Madame du Cayla –La dèrniere favorite de Catherine Decours-, última amante conocida de un rey de Francia. Ana Romero me disuadió in extremis y el libro volvió en la maleta. No sé si ella se hubiera ofendido, pero el paralelismo era bastante fiel en algunos aspectos positivos.

La condesa de Cayla conoció a Luis XVIII cuando el rey tenía 63 años y ella casi treinta menos. Juan Carlos es del 38 y Corinna del 65. En ambos casos la relación tuvo inicialmente un fuerte componente físico y emocional. Luego, cuando tanto Luis XVIII como Juan Carlos I, sufrieron graves achaques, hasta el extremo de quedar postrados durante algunas temporadas en sendas sillas de ruedas, sus «amigas entrañables» se convirtieron más bien en sus personas de confianza y, en cierto modo, en sus consejeras. El patrón de Madame du Cayla como mujer culta, inteligente, sofisticada y divertida, además de muy bella, se reproducía casi miméticamente en Corinna.

Cuando Bob Colaccello vino ese otoño a España, a hacer un reportaje para la edición americana de Vanity Fair sobre la situación de la Monarquía española, le dije -con el recuerdo de la cena de Wiltons en mente- que, si yo fuera Juan Carlos, también preferiría pasar las tardes hablando con Corinna, antes que con César Alierta o el general Sánz Roldán, por mencionar a dos de los personajes más próximos entonces a un rey que vivía sólo, enfermo y aburrido -al menos a Luis XVIII le gustaba la lectura-, distanciado del resto de su familia.

Una de las cosas que más me llamó la atención de aquella conversación, tan llena de cautelas como de burbujas, pero dominada por la fuerza expresiva de una Corinna que movía las manos en apoyo de cada argumento, fue el fervor con que ella hablaba de su padre, el ejecutivo del sector aeronáutico Finn Bönning Larsen, fallecido pocos años antes.

«Ojala mis hijas digan de mí alguna vez cosas parecidas a las que tu dijiste anoche de tu padre», le escribí a la mañana siguiente. «Lo presentaste como un personaje a lo Atticus Finch», añadí, refiriéndome al abogado defensor de causas nobles que encarnó Gregory Peck en Matar a un ruiseñor.

Ella me contestó enseguida. Conservo los correos originales en inglés. «Mi padre me educó con ciertos valores que no traicionaré», terminaba diciendo. Pero, inmediatamente antes, aludía al eje de nuestra conversación en Wiltons: «Me alegra que entendieras que me preocupo por tu país y por el futuro de los españoles. Vuestra Historia ha sido cruel y estoy hondamente preocupada por la situación actual. Siempre apoyaré, ante todo humanamente, al Número Uno y creo que él lo sabe».

Era el lenguaje de una reina. La grabación ahora difundida ayuda a entender su perspectiva, pues debía estar aún fresco el recuerdo de los días en que Juan Carlos le prometía que se casaría con ella. Desde luego lo que yo no percibí aquella noche es la decepción con que, dos años después, en la grabación de 2015, explica como el aún Rey «tocaba todas las teclas» y «le decía a su hijo: ‘No me casaré con ella, no me divorciaré de tu madre, puedo ir a visitarla cada cierto tiempo…'».

Lo que ella describió con insistencia, a lo largo de nuestra cena fue el aislamiento de Juan Carlos durante los que estaban siendo últimos meses de su reinado. Corinna percibía que la operación para forzar su abdicación estaba en marcha y que algunos de sus más estrechos colaboradores -Spottorno, Ayuso, desde luego Sanz Roldán- eran parte de la trama. Ya que no podía ni quería venir a España a verle, ella hablaba constantemente con el Rey por teléfono, instándole a que no se rindiera y a que buscara apoyos en distintos sectores de la sociedad española.

De lo que no hablamos, ni de refilón, fue de la ya incipiente disputa sobre el dinero que, supuestamente, habrían amasado juntos. Ese fue también el talón de Aquiles de la relación entre Madame du Cayla y Luis XVIII, cuando ella se convirtió en una especie de lobbista dentro de la Corte y él comenzó a hacerle costosos regalos, incluido el simbólico castillo de Saint-Ouen, en el que había firmado la Carta Otorgada que permitió a Francia encontrar un término medio entre el absolutismo y la Revolución.

Aunque ya seguíamos la pista del Fondo Hispano Saudí y otros esquemas similares, yo no sabía hasta qué punto la historia se repetía también en este aspecto. Pero muy pronto, tan pronto como ese mismo día posterior a la cena, tuve ocasión de alegrarme de no haberle regalado, finalmente, el libro.

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Comprendo que cueste creer lo que voy a contar ahora. De hecho, el director del CNI sigue sin creérselo –cuando tiene medios para comprobarlo- y tal vez hoy, tras la difusión de la escandalosa grabación de marras, parezca todavía más increíble. Pero es uno de esos casos en los que la verdad resulta más fascinante que la ficción porque, en función de las caprichosas reglas de la casualidad, incorpora lo aparentemente inverosímil.

Believe it or not, esto, y nada más que esto, es lo que me ocurrió a primera hora de la tarde de aquel martes 14 de mayo de 2013, de vuelta de Londres. Acababa de aterrizar en París -creo que en Charles De Gaulle, pero podría ser Orly-, donde me esperaban asuntos personales, y estaba en la zigzagueante cola para coger un taxi cuando oigo una voz inconfundiblemente familiar, me doy la vuelta y me topo con Juan Villalonga.

Hacía años que no le veía, aunque nuestros graves desencuentros del pasado, cuando yo tomé partido por Aznar en su disputa sobre las stock options de Telefónica, habían quedado ya superados durante la etapa en la que vivía en Londres con Adriana Abascal y paseábamos juntos por Hyde Park. Sabía que se había divorciado de ella y que se había vuelto a casar con una alemana. Me sonaba vagamente que era fotógrafa, pero ignoraba -fue él quien me lo contó sobre la marcha, apenas comenzamos a repasar la convulsa actualidad española- que era la amiga íntima de Corinna y la autora de los impactantes retratos que habían ilustrado la entrevista de Ana Romero en febrero.

Cogimos el mismo taxi y aprovechamos un trayecto que, entre atascos y paradas, duró más de una hora para ponernos al día. Me sentí como Rick cuando aparece Ilsa en Casablanca: «De todos los tugurios que hay en el mundo, tenía que entrar en el mío». Pero lo entendí como un golpe de suerte, cuando Juan empezó a contarme la parte sumergida de la historia que me ocupaba. De todas las personas a las que podía encontrarme en un aeropuerto, me había dado de bruces con la que, sin yo ser consciente, más podía interesarme.

Cualquiera que lo conozca sabe que Villalonga es uno de los tipos más extrovertidos y menos timoratos del planeta. Los fragmentos en los que interviene en la conversación con Corinna y Villarejo le retratan a la perfección. Es el que siempre hace el resumen del resumen, el que piensa a lo grande, sin tropezar apenas en matices o detalles. El interlocutor soñado para un periodista.

Y así, a grandes brochazos, me contó que la relación entre Juan Carlos y Corinna estaba definitivamente rota, pero que ella tenía toda la información sobre las cuentas del Rey en Suiza, las comisiones que había cobrado y sus propiedades en el extranjero. También que había cosas a nombre de Corinna, que Juan Carlos quería que se las devolviera, y que no podía acceder sin incurrir en un delito de blanqueo. O sea, todo lo que acaba de destaparse ahora, aunque sin ninguna de las cifras, nombres, ubicaciones y detalles.

Volví a Madrid muy preocupado, pero acordándome de que, veinte años atrás, Javier de la Rosa me prometió las pruebas de las comisiones que, según él, KIO había pagado a Juan Carlos, por el apoyo de España a la invasión del Kuwait ocupado por Sadam, y jamás aparecieron. Lo que contaba Villalonga tenía sentido, pero podía ser verdad… o no.

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En aquel convulso 2013, en el que a Rajoy empezaban a estallarle todas las bombas activadas ante sus abúlicas narices, un sobresalto te distraía enseguida del anterior. Casi sin solución de continuidad, pasé de Corinna a Bárcenas y, tras el pleno del 1 de agosto, en el que Rajoy fue aclamado por buena parte de los mismos que le aclamarán el viernes, como preludio a la orquestada coronación de Soraya, tuve que defenderme en vano de la conjura, con traidor incluido, que destruyó el que durante 25 años había sido mi proyecto periodístico. ¿Cuánto contribuyeron Juan Carlos y sus adláteres a lo impulsado por Alierta y la Moncloa?

Pasaron dos años más y, ya mediado 2015, cuando aún no había nacido EL ESPAÑOL, almorcé un sábado con el policía Villarejo, de nuevo con Ana Romero. Pasaba por tener mucha información, de bajos fondos y altos vuelos, y eso es lo más codiciado para un periodista. A Villarejo le había visto dos o tres veces antes con otros miembros de mi equipo, como apoyo a las historias que ellos investigaban. Siempre me había parecido un hombre inclasificable pues, bajo los más rudos modales -y vaya que si podían serlo- emergía una gran inteligencia lógica y una cultura nada desdeñable.

Aquel día nos contó, no recuerdo con qué nivel de precisión, que había estado con Corinna, había obtenido su confianza e iba a representarla legalmente en España. Me quedé estupefacto, con tendencia a pensar que era una milonga. ¿Cómo iban a combinar ese agua y aquel aceite? Ninguna versión de La bella y la bestia había llegado tan lejos.

Volví a desentenderme de todo ello. El lanzamiento de EL ESPAÑOL, con la pesadilla tecnológica y los desajustes en el equipo de la primera etapa, fue un extenuante trabajo a tiempo completo que consumió casi dos años de vida. Desde el mundo exterior llegaban los ecos de los tambores lejanos de la guerra a muerte entre Villarejo y Sanz Roldán. ¡Ay del que no tomara partido!, se decía, con las cloacas en plena ebullición.

Nunca entendí la mediática huida hacia delante de Villarejo, pero tampoco las circunstancias de su detención. Básicamente se le acusa de cometer delitos de carácter económico, a través del entramado empresarial privado, bajo el que camuflaba su actividad oficial como agente encubierto al servicio del Estado.

Puesto que nadie pone en duda que ese era su status, por muy polémico o incluso repulsivo que resulte, la situación creada me obliga a remitirme a una legendaria serie de televisión de la que los jóvenes apenas habrán oído hablar, El agente de CIPOL, en la que el cuartel general del servicio de espionaje, que trabajaba para los «buenos», para entendernos, tenía como tapadera y única vía de acceso una zarrapastrosa lavandería de barrio. ¿Se imaginan que todos los secretos de aquel tinglado hubieran quedado al descubierto, como consecuencia de un registro policial por una acusación de fraude fiscal, deficiencia en el servicio de planchado o falta de licencia municipal?

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Como dijo Daniel Montero el jueves en Telecinco, en relación a posibles episodios de blanqueo, que «cada palo aguante su vela» y no será desde este periódico desde donde se pongan objeciones a la acción fundada de la Justicia. Pero los compromisarios del PP deberían pensárselo dos veces, antes de dar rienda suelta a su querencia natural hacia Soraya y reflexionar sobre su papel en esta guerra sucia que está convirtiendo las instituciones del Estado en un devastado paraje lunar, plagado de cráteres.

La diferencia entre los dos gallos de pelea es que si Villarejo ha defendido al Estado, a través de turbios vericuetos -y en Cataluña sin duda lo hizo-, mientras promovía, con poco freno, su propio interés, Sanz Roldán tenía encomendado, poco menos, que el monopolio institucional de los renglones torcidos. El conflicto competencial era inevitable.

Cuando Margarita Robles declaró a EL ESPAÑOL, ya como ministra, que «Sanz Roldán es un servidor del Estado y el CNI es una referencia mundial» me pareció de justicia hacer de esa frase el titular de la entrevista. Es imposible poner una estatua en la plaza de una democracia a nadie que haya ocupado su cargo, pero siempre agradeceré al general sus arduos desvelos personales hasta conseguir la liberación de nuestro compañero Javier Espinosa, secuestrado en Siria.

Me consta que, en el propio entorno del Gobierno, se han redoblado estos días las críticas a la decisión de Margarita Robles de mantener a Sanz Roldán al frente del CNI. Pero ¿qué otra cosa podía y debía hacer la titular de Defensa cuando al general sólo le resta un año de mandato y Cospedal se había despedido a la francesa, dejándole una cartera totalmente vacía de información?

Eso no significa, claro está, que ni ella ni el propio presidente Sánchez tengan margen para desentenderse de las consecuencias de la difusión de la conversación grabada a Corinna. Aunque «afortunadamente» -la expresión es de la ministra-portavoz- Felipe VI no esté afectado, la Corona sí lo está. Y en el peor momento político imaginable.

Hasta que escuché esta semana los primeros compases de la conversación, yo mismo ignoraba que Villalonga y Villarejo fueran amigos. Sigo sin saber cuándo, cómo y para qué se conocieron. Pero era el eslabón que me faltaba para relacionar lo que el uno me contó hace cinco años con lo que el otro maquinaba ya hace tres.

También desconozco hoy si es verdad que Juan Carlos entregó a Corinna documentos embarazosos que el «agente encubierto» intentaba recuperar o si, por el contrario, todo obedece a un rearme nuclear dentro de la escalada de una ‘guerra fría’ que se les ha ido de las manos a sus protagonistas. Me han dicho que Sanz Roldán quiere comparecer ante la Comisión de Secretos Oficiales para aclararlo y es urgente que lo haga.

Lo que no tiene vuelta de hoja es lo que se escucha en la grabación. Ahora sí que hay nombres (Dante Canónica, Fassana, Álvaro de Orleans, Villar Mir…), lugares (Marraquech, Suiza, La Meca…) e incluso una compañía cotizada (Air Partners), en medio de un baile de presuntos delitos que, al menos, incluye el cohecho, el fraude fiscal, el blanqueo y el tráfico de influencias. Elementos más que suficientes para iniciar una investigación tributaria, judicial y/o parlamentaria. Todo ocurrió hace bien pocos años. Es la primera Memoria Histórica que tenemos derecho a moldear con la verdad.

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El primer marido de Corinna, el mismo Philip Adkins que adelantó el dinero para pagar el Hotel Beverly Hills y, supuestamente, lo recibió luego desde Suiza, cuando Juan Carlos ya no era inviolable, acaba de definirla como una “sociópata narcisista”. No es precisamente un piropo, pero la descripción concuerda con la mujer seductora, chispeante e ingeniosa, volcada en el arte de conducir una conversación, que conocí aquella noche.

Estatua de Beau Brummell en Londres.
Estatua de Beau Brummell en Londres.

También podría haberse dicho lo mismo de Madame du Cayla o, desde luego, de Beau Brummell, cuando se jactaba de gastar cada año en ropa mil veces más de lo que ganaba un trabajador medio y de necesitar cinco horas al día para acicalarse y preparar su atuendo antes de acudir a los bailes de Mayfair. Su estrella brilló mientras mantuvo su intimidad con Jorge IV, lo que le permitió hacer lucrativos negocios, y declinó, inexorablemente, el día que el Rey se le quedó mirando a la cara en un baile, sin dirigirle la palabra, para que todos supieran que había dejado de ser su «amigo entrañable».

Han pasado cinco años desde aquella cena y, siempre que vuelvo a Wiltons, me fijo en Beau Brummell e, invariablemente, pienso en Corinna. Los imagino bailando a unos pocos cientos de metros de distancia, en la derruida Carlton House, el palacio donde el Príncipe Regente organizaba sus fabulosas fiestas, enlazados por el talle de esa común «sociopatía narcisista».

También pienso en Juan Carlos y no puedo dejar de aferrarme a lo que le contesté el día de la abdicación a la alta personalidad que me llamó esperando que me sumara al gran coro de serviles aquiescencias del momento: «Es un muy mal final para el que, en conjunto, ha sido un buen reinado y un pésimo precedente para la Monarquía». Ya vemos donde estamos hoy.

Por Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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