La norma y la crisis

Por Gilles Finchelstein, miembro de la Fundación Jean Jaurès. Traducción, Xavier Nerín (EL PERIÓDICO, 07/10/08):

Hace meses que estaba todo preparado, hasta los detalles más insignificantes. Nicolas Sarkozy había consultado a sus homólogos, enviado a sus emisarios y movilizado a sus consejeros. Cada semana debía contar con su lote de acontecimientos. La presidencia francesa de la Unión Europea –su presidencia– debía ser como unos fuegos artificiales. Pero nada se ha desarrollado como estaba previsto. Las crisis se han invitado a la agenda. Se produjo primero la crisis institucional con el no irlandés. Seguidamente se produjo la crisis diplomática con el conflicto entre Georgia y Rusia. Se produjo finalmente la crisis financiera, la que Dominique Strauss-Kahn catalogó el sábado pasado de “prueba de fuego”. Ninguna de estas crisis está todavía zanjada, ni mucho menos. Pero ya podemos hacer un balance provisional de la presidencia de la Unión Europea de Nicolas Sarkozy.
La crisis institucional cuenta con un aspecto conocido. En este tipo de situación, es necesario hacer lo que los economistas llaman fine tuning. Hay que encontrar un buen ritmo. Hay que adoptar un buen tono. Sin duda, la fecha del viaje de Nicolas Sarkozy a Irlanda fue demasiado próxima al referendo negativo. Y, sin duda, sus palabras fueron demasiado rudas. El equilibrio era difícil de encontrar, pero era demasiado pronto y demasiado difícil.

POR LO QUE SErefiere a la crisis diplomática, esta respondía al registro de lo desconocido. Nadie pensaba que la Unión Europea pudiera desempeñar un papel central, sino todo lo contrario. Se abogaba por que fuera marginada: diversidad de historias entre los estados miembros y Rusia, divergencias de análisis, diferencias de intereses y, last but not least, ausencia de instrumentos institucionales. Se puede considerar que Nicolas Sarkozy ha cometido algunos errores, principalmente una falta de vigilancia inicial sobre la cuestión de la integridad territorial de Georgia. Pero hay que reconocer que el presidente francés ha desempeñado un papel positivo. Ha encontrado una síntesis equilibrada entre europeos. Ha conseguido entablar un diálogo confiado con los rusos. En resumidas cuentas, la Unión Europea ha demostrado que había que contar con ella.
¿Y qué decir de la crisis financiera? Era previsible: hace más de un año que Estados Unidos intenta contenerla, y el FMI ya evaluó su coste y anunció su impacto sobre el crecimiento europeo en el mes de marzo. Por otra parte, la Unión Europea tenía instrumentos eficaces, con una moneda única, un Banco Central Europeo, un mercado único, unas normas comunitarias… Pero, sin embargo, el balance no es brillante. Es cierto que se han tomado medidas urgentes para salvar tal o cual banco. Es cierto que la cumbre de París de este fin de semana ha dado una imagen de unidad. Es cierto que se han transmitido mensajes comunes a los ciudadanos y a los mercados. Pero la unidad es ficticia, los mensajes insuficientes y la UE está abatida. Si bien Nicolas Sarkozy no es el único responsable, tiene su buena parte de responsabilidad.
Primer problema: la Unión Europea cuenta con 27 miembros, pero no ha funcionado con los 27. El famoso G-4 debía preparar el G-8. Sobre todo, tenía por objeto aligerar un tren que a Nicolas Sarkozy le parece demasiado cargado para poder manejarlo quitándole el lastre de una parte de sus vagones. Sin España, a pesar del peso económico que representa y la situación inmobiliaria que afronta. Sin Suecia, que no obstante tomará el relevo de Francia dentro de pocos meses. Sin todos los demás. Y nos sitúa en este directorio que Nicolas Sarkozy soñaba desde hacía tanto tiempo. Esta decisión tendrá un coste.
Segundo problema: la UE tiene un motor –el eje franco-alemán–, pero este motor está agarrotado. Francia y Alemania han vuelto a enfrentarse. Como en la cuestión de la Unión Euromediterránea, Angela Merkel ha obligado a Nicolas Sarkozy a ceder. Pero, mientras esperamos, es toda la UE la que está averiada.
Tercer problema: la Unión Europea es un tren sin conductor. La Comisión está tímidamente intervenida, principalmente debido a su rigidez ideológica. La declaración del comisario Mac Greevy explicando que “no es la falta de reglamentación lo que está en el origen de esta crisis financiera”, quedará como el símbolo de una Comisión cegada por su confianza en la autorregulación. La presidencia del Consejo habrá reaccionado demasiado tarde y, paradójicamente, el Banco Central Europeo es el que más tendrá que demostrar su capacidad de reacción.

CUARTO problema: todo el mundo se ha quedado encerrado en su vagón; es decir en su país. Aparte de algunas situaciones de extrema urgencia, los dirigentes europeos han sido sobre todo dirigentes nacionales. En este ámbito, los irlandeses se han extralimitado. Pero los demás no les han ido a la zaga. La nacionalización está al orden del día y no se trata solo del rescate por parte de los estados de los bancos con dificultades; se trata también de la convicción de que solo a escala nacional pueden resolverse los problemas y debe ejercerse la solidaridad.
Esta es, sin duda, la lección más inquietante de estos últimos días. La UE, que estaba acostumbrada a fijar normas, tiene que aprender a manejar crisis. Y deprisa.