La novela, al rescate de la Historia

Forma parte de la más honda raíz hispana un gen masoquista que parece inducirnos a la asunción de todas las culpabilidades históricas universales y a la expiación de tan atroz mancha colectiva a base de zurriagazos y flagelaciones expiatorias por todos nuestros pecados nacionales. Alcanza en ocasiones tal frenesí que lleva a algunos, bastantes, a abjurar de su propia identidad, y a que cualquier señal de pertenencia les resulte insoportable y que el mismo nombre que nos identifica les queme de tal manera en la boca que les resulte el peor de los sacrificios pronunciarlo. Oigan a los políticos, antes zurdos ahora todos, y toda ristra de declamantes públicos y comprobarán que España ya ha dejado de llamarse así para pasar a ser mentada como «Estepaís» y nosotros, «estepaisinos» porque antes que españoles es mejor, por lo visto, que te llamen cualquier cosa.

Esto parece haber venido siendo así durante siglos y como tal lo enfatizó Bismarck, considerando nuestra nación indestructible, pues los propios españoles llevábamos quinientos años intentándolo sin conseguirlo. Pero lejos de curarnos la fiebre, el sarpullido creciente avisa de que la enfermedad podría derivar en epidemia generalizada. Toda una tradición, como lo es también la de los pendulazos telúricos, pasando de las «glorias imperiales» franquistas a avergonzarnos hasta de haber descubierto América.

Ahora con una perversión añadida. La vuelta, con la creación de 17 de un solo golpe, de los reinos de taifas, que lejos de acomodar cierto nacionalismo lo que han conseguido es exacerbarlo hacia el separatismo más feroz y hasta xenófobo, ha añadido un nuevo elemento. A la historia ya no solo se la ignora y, fruto de ello, se la desprecia y como consecuencia de ambas cosas se concluye en una especie de vergüenza colectiva, sino que también se la trocea, se la retuerce, se la mutila y amputa para que sirva de adoctrinamiento y memorial de agravios, en su mayor parte, invenciones puras, o apropiaciones de gestas, que no son sino delirios o que no lo fueron nunca en exclusiva sino compartidas. El adoctrinamiento educativo y el agitprop mediático, se convierten en los mejores instrumentos de manipulación del devenir de los pueblos hispanos y de su historia, tan largamente entretejida, donde el objetivo es el fomento del odio al tiempo que la mayor patraña se consagra como verdad pregonada y asumida.

Ignorancia primero, tergiversación añadida, prejuicio con sentencia previa de culpabilidad y desguace a hachazos son los responsables de haber convertido a la historia de España en la apestada del orbe, a juicio no precisamente del resto del mundo, sino de buena parte de los propios españoles. Porque resulta que somos nosotros los únicos capaces de seguir creyendo a pie juntillas nuestra propia «Leyenda Negra» tejida por nuestros enemigos.

La Historia de España no cabe en un panfleto. Ni a favor ni en contra. Ni el del enaltecimiento sin tacha ni el del oprobio sin límite. No puede ser compendiada en un tuit, ni reducida a un mitin, ni explicada a través de la soflama ideológica ni juzgada con el esquema de valores de hoy como norma exigida de conducta en épocas, culturas, civilizaciones y situaciones pretéritas. Cada cosa según su tiempo. Cada hecho atendiendo a su circunstancia. Nunca negra del todo, tampoco nunca de blanco inmaculado. Pero siempre inmensa, trascendental, vientre de siguientes aconteceres, engendradora de nuevas criaturas a su vez envueltas en luz y en sombra, como el hombre mismo, como la humanidad continua. Pero seguimos empeñados en ignorarla, retorcerla y ensuciarla como si todas las de los pueblos de la tierra no tuviera los suficientes lamparones. Y todo ello como seña de identidad inducida ya, en tantos casos, desde la escuela y hasta la universidad misma. Para que la aborrezcamos, supongo.

Sin embargo, resulta que no. Resulta que hay muchos más que no. Que quieren saber y ese querer saber resulta ser la clave de algo que está pasando y creciendo. Y está viniendo a suceder algo inaudito. Sorprendente. Resulta que la novela, la ficción, está acudiendo al rescate de la historia. Son los escritores de este género quienes, novelando personajes reales o situando personajes de ficción en escenario y hechos históricos, y sus millones de lectores, pues ya estamos en tales magnitudes, están despertando un interés inusitado entre los españoles por lo que es su propio y tantas veces vituperado pasado.

No es un fenómeno o es más que ello. Es una necesidad imperiosa de las gentes por saber y reencontrarse con sus propias raíces y sus epopeyas y vicisitudes comunes. Leyendo y recreando. Discusión aparte habría de ser el exigible rigor en lo que se señala como hecho histórico de estas novelas y la conveniencia imprescindible de una documentación y un correcto escenario atendiendo a época y modos de vida.

No es tampoco un nuevo género ni se acaba de descubrir el Mediterráneo. Entre los más grandes de la historia de la literatura hay ejemplos a decenas. Y como muestra el mejor botón de un escritor español, Benito Pérez Galdós, autor de la obra magna de «Los episodios nacionales», mucho más merecedor del Nobel que unos cuantos gualtrapas muy bien promocionados, varios ignotos y hasta algún cantante. Hoy sigue habiendo una excelente cosecha y a pesar de ninguneos de exquisitos varios, aquí se ha aprendido de los tercios con Arturo Pérez Reverte y de los romanos y cartagineses con Posteguillo. Y lo que es aún más importante, una multitud de lectores con una voluntad de fondo: El reencuentro con España a través de la novela histórica.

Y algo, y aquí lo anuncio, se ha puesto en marcha. Un importante grupo de escritores se han conjurado para ello. El título con el cual he encabezado estas líneas lo es también ya de un curso que tendrá lugar este próximo verano en la UIMP de Santander, del 30 de julio al 3 de agosto, que tendré el honor de dirigir y en el que participarán los siguientes autores: José Calvo Poyato (secretario), Juan Eslava Galán, Santiago Posteguillo, Juan Luis Arsuaga, Serafín Fanjul, Isabel San Sebastián, Sebastián Roa, Almudena de Arteaga, Fernando Martínez Laínez, Emilio Lara, Fernando García de Cortázar, José Luis Corral, Jesús Maeso y Javier Sierra.

No será, ni mucho menos, una iniciativa aislada. De hecho hay muchos otros proyectos y actividades en marcha y al grupo se han ido uniendo ya, para participar en ellas, nuevos escritores. Contribuir al rescate de nuestra historia es el objetivo de todos.

Antonio Pérez Henares, escritor y periodista.

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