La nueva agenda diplomática española

Por Felipe Sahagún, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO (EL MUNDO, 24/06/08):

A pesar de las duras críticas recibidas desde la oposición y desde muchos medios de comunicación, Miguel Angel Moratinos, confirmado como ministro de Exteriores tras las elecciones del 9 de marzo, es ya el segundo jefe de la diplomacia española, después de Francisco Fernández Ordóñez, que más tiempo ha permanecido al frente del Servicio Exterior en la democracia.

Desde su llegada al Palacio de Santa Cruz en 2004, ha visitado más de 30 países en los que jamás había pisado un ministro español de Exteriores, ha abierto 13 embajadas nuevas (seis en Africa) y numerosos consulados, ha restablecido la calma en las relaciones con Marruecos, ha firmado acuerdos con media docena de países africanos para frenar la inmigración incontrolada y ha compensado lo mejor posible las meteduras de pata y falta de interés internacional del presidente del Gobierno durante su primer mandato.

Con el paso a Moncloa del, hasta abril, número dos de Exteriores, Bernardino León, y el retorno a su equipo de Andrés Ortega, que ya tuvo responsabilidades similares en la época de Felipe González, se ha reforzado la capacidad de coordinación internacional de Moncloa en el Ejecutivo, aunque el Consejo de Política Exterior siga siendo papel mojado.

La conferencia sobre política exterior pronunciada por Rodríguez Zapatero el pasado día 16 en el auditorio del Museo del Prado ante un selecto grupo de internacionalistas españoles y diplomáticos extranjeros puede verse, si se cumplen los compromisos contraídos, como un cambio de prioridades en el segundo mandato, con la acción exterior en primera línea.

Con los cambios en marcha se pretende atraer inversiones de los fondos soberanos más beneficiados por los cambios globales, impulsar la presencia empresarial y cultural de España en el exterior, sobre todo en las potencias emergentes, preparar a conciencia la presidencia semestral de la UE en 2010 y hacer valer en todos los ámbitos la aportación creciente de España, desde hace 20 años, al desarrollo y a la paz.

Para avanzar en esos objetivos, el presidente multiplicará sus viajes al exterior, se aprobará un Plan Nacional de Derechos Humanos con compromisos concretos (empezando por la campaña contra la pena de muerte), se establecerá una Comisión de Diplomacia Pública, se buscará el apoyo de la oposición en las decisiones esenciales y se introducirán nuevos planes estratégicos para Africa (el segundo) y Asia-Pacífico (el tercero).

Diplomático de carrera especializado en el Magreb y en el mundo árabe, Moratinos reconoce «un cambio revolucionario en la agenda diplomática, producto de la globalización y de los desafíos trasversales».

«Como decía mi predecesor Fernando Morán, teníamos a España en su sitio, definido por su puesto tradicional en Europa, Latinoamérica y el Mediterráneo, y por la relación especial con Estados Unidos», añade. «Hoy tenemos a España en un mundo global, en el que no nos afectan tanto las relaciones tradicionales como los nuevos retos, que van desde la inmigración y la energía al terrorismo y al medio ambiente».

No ha sido casualidad la sustitución de León en la Secretaría de Estado de Exteriores por Angel Lossada, hombre de su absoluta confianza y, desde 2005, responsable en el Ministerio de la lucha contra el terrorismo, la no proliferación y el desarme.

A diferencia de sus antecesores, que siempre denunciaron públicamente la enorme brecha entre medios y objetivos de la acción exterior española, Moratinos señala que, en los últimos cuatro años, «el presupuesto de Exteriores ha crecido un 150%».

Con 800 y pico diplomáticos, el 10% de ellos en excedencia, y la mayor parte de ese aumento presupuestario destinado a cooperación, no al Servicio Exterior propiamente, es difícil que España, prácticamente con los mismos diplomáticos que cuando murió Franco, pueda cubrir eficazmente los frentes exteriores abiertos.

Para cubrir ese flanco, el ministro se compromete a trabajar para que en esta Legislatura se apruebe la ley de Acción y Servicio Exterior, y se desarrollen las medidas aprobadas en 2006.

La principal satisfacción de su primer mandato como ministro es «la aportación reforzada de España a la ONU» y su mayor frustración, que sigan sin resolverse los conflictos del Sáhara y de Oriente Próximo. Los ministros de Exteriores portugués, Luis Amado, y luxemburgúes, Jean Asselborn, son con los que mejor se entiende. De Amado aprecia, sobre todo, su visión estratégica. Con Asselborn, también socialista, ha organizado «pequeños complots confidenciales».

Recién llegado de otro viaje a Oriente Próximo, ve «una nueva ventana de oportunidad» en el acuerdo de gobierno en Líbano, en los contactos entre Siria e Israel, y en la tregua entre Hamas e Israel, pero advierte que no estamos en la Conferencia de Madrid, ni en Oslo, ni siquiera en 2000, sino en una situación nueva.

«Si hay una mínima voluntad de reconciliación, no basta con una tregua de 40 años», advierte, pues «una tregua no refleja voluntad suficiente de paz. Es lo que hemos pedido a Hamas». La tregua que acaba de entrar en vigor se limita, de hecho, a seis meses y nadie da un duro por ella.

«Irán acaba de hacer llegar a distintos países europeos, incluida España, una oferta que sus dirigentes llaman paquete global de negociación, donde hablan de establecer un sistema regional de seguridad en el que se reconozca su papel en el tablero diplomático de la zona», dice el ministro. «Lo estamos estudiando, lo está estudiando la UE y engloba toda la cuestión nuclear y la posición de Irán en la región».

Una solución de la cuestión iraní, sin duda, ayudaría a reducir la tensión entre las comunidades iraquíes, libanesas y palestinas, pero Irán, según el ministro, «tiene que renunciar al armamento nuclear» y Hamas «tiene que reconocer a Israel». Israel, por su parte, «tiene que congelar la construcción en los asentamientos».

Frente a las presiones crecientes para aumentar el número de soldados españoles en Afganistán y autorizar su despliegue en zonas más peligrosas, Moratinos responde que, «si a España se le mide por Afganistán, creo que merecemos un sobresaliente alto, casi una matrícula de honor, pues somos el décimo país en fuerza desplegada y el noveno de la OTAN».

Será, aunque el ministro no lo admita, uno de los asuntos pendientes de negociación con el sucesor de George Bush a partir de enero de 2009 para sellar el fin definitivo de la crisis abierta con Washington por la retirada unilateral de las tropas españolas de Irak en 2004.

Mi conversación con el ministro fue anterior a la cumbre de Bruselas, en la que los 27 aceptaron la propuesta española de normalizar las relaciones con Cuba. «Sin diálogo no íbamos a ninguna parte», reconoce Moratinos, «pero queda mucho por hacer».