La nueva paradoja francesa

Por Dorothée Schmid, investigadora en el IFRI, Instituto Francés de Relaciones Internacionales, y especializada en Oriente Próximo y Mediterráneo. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 15/07/07):

La misma noche de su elección, Nicolas Sarkozy habló sobre el lanzamiento de una gran iniciativa francesa para el Mediterráneo. La Unión Mediterránea (UM), que hasta entonces no parecía más que un accesorio retórico de la campaña electoral, ha entrado a formar parte de la agenda oficial y podría convertirse en un eje de trabajo fundamental durante la presidencia francesa de la Unión Europea, en el segundo semestre de 2008. Por tanto, es importante valorar hasta qué punto son serias las intenciones francesas; nuestros socios europeos sienten una curiosidad legítima al respecto.

La iniciativa francesa, por ahora, no parece aún madura, pero sí es indirectamente reveladora de muchas cosas. En primer lugar, la UM ilustra los dos principios fundamentales de este comienzo de presidencia de Sarkozy: la ruptura y la apertura. Ruptura, porque la propuesta de Francia es hacer que la cooperación regional sea, por fin, más eficaz; apertura, porque, más allá de las discrepancias religiosas, culturales y políticas aireadas con regularidad durante la campaña, lo que el presidente pretende ahora es agrupar, y la idea mediterránea es lo bastante maleable y consensual como para ello. A primera vista, el Mediterráneo une; en el fondo, compartir el espacio significa compartir los problemas y las oportunidades. El proyecto ha sido bien recibido en Francia, porque a los observadores les ha satisfecho comprobar el compromiso presidencial con una región que corría peligro de pasar a segundo plano o de que se abordara de forma más conflictiva.

En cuanto al contenido del proyecto, por ahora debemos conformarnos con remitirnos a los discursos del presidente. En ellos se perfila una organización regional mediterránea, calcada del modelo de la Unión Europea, que agruparía a los Estados ribereños del Mediterráneo, europeos y no europeos, y entre ellos Turquía, generosamente calificado como “gran país mediterráneo”. La UM se apoyaría en unas instituciones comunes: un Consejo del Mediterráneo y un Banco del Mediterráneo. Se barajan varias líneas de trabajo: política común de inmigración escogida; codesarrollo; creación de un espacio judicial común para luchar contra la corrupción, el crimen organizado y el terrorismo, e incluso una estrategia ambiental regional. Cuando era candidato, Sarkozy llegó a hablar de seguridad colectiva y resolución de conflictos. En resumen, la lista de asuntos es extensa y, sobre todo, en evolución.

Desde hace varios meses, en Francia se lleva a cabo una reflexión sobre estas prioridades y se intenta elaborar una metodología para transformar la visión del presidente en un golpe de efecto diplomático. Para comprender el grado de compromiso francés es preciso conocer bien las razones de fondo del proyecto. Recordemos que, cuando Francia habla del Mediterráneo, suele hacerlo para reafirmar su liderazgo. El presidente tiene la ambición de reactivar la diplomacia nacional; “hacer que el Mediterráneo emprenda la vía de la reunificación, tras doce siglos de desgarro”, parece una tarea de dimensiones respetables. Además, la política mediterránea es una alternativa a la política árabe; para combatir la percepción simplista del “choque de civilizaciones” es necesario escoger un marco que permita, en teoría, superar los antagonismos entre Occidente y Oriente, Europa y los árabes, cristianos y musulmanes. Francia pretende asimismo reequilibrar las opciones exteriores de Europa: la geopolítica “pan-euro-mediterránea” promovida por la Política de Vecindad no les sirve a los franceses, que, frente a la perspectiva centroeuropea, propugna la especificidad mediterránea. Otro asunto que también se ha incorporado a la agenda es la cuestión turca: Francia se opone a la entrada de Turquía en la UE, el partenariado privilegiado no está listo y la UM serviría para que los turcos comprendan que su lugar no está en Europa. Y, por último, desde el punto de vista interno, la propuesta de la UM tenía como objetivo seducir al electorado francés de origen mediterráneo y reinstaurar en el discurso una continuidad simpática entre integración, codesarrollo y cooperación regional.

Al margen de las promesas de la campaña, los obstáculos son conocidos y numerosos: la conflictividad creciente en la región y la falta de una cultura de seguridad común; la ambigüedad sobre los valores y las prácticas de la política regional, en un contexto cada vez más polarizado por el discurso estadounidense; las distintas representaciones en materia de inmigración, a pesar de unos modelos demográficos que acaban por completarse entre Norte y Sur; el bloqueo a las reformas económicas, en un contexto de endurecimiento político y auge del petróleo. Esta lista de dificultades, nada exhaustiva, entorpece el funcionamiento del partenariado euromediterráneo desde 1995. Desde luego, los problemas serían mucho más fáciles de afrontar si se desprendiera una voluntad política regional común; la apuesta francesa consiste precisamente en desempeñar el papel de fuerza de entrenamiento. Es decir, la nueva estrategia mediterránea simboliza la paradoja francesa a propósito de Europa: hay que reactivar el proyecto, pero de acuerdo con el ritmo y las condiciones que exige Francia. No está previsto cómo se articularán la UM, los instrumentos de actuación de la UE en el Mediterráneo y las políticas nacionales de los otros Estados miembros. De los demás foros regionales, como el 5 + 5 y el foro mediterráneo, en los que Francia tiene un papel muy activo, ni se habla. Henri Guaino, asesor del presidente, afirma que “la UM no está ni en contra de Barcelona ni dentro de Barcelona, es otra forma de enfocarlo”: el espectro de la tabla rasa y el deseo de librarse de los marcos de decisión integrados están muy presentes.

En otras palabras, Francia hace como que descubre un nuevo Mediterráneo en el que todo es fácil, basta con dedicarle un poco de energía. Pero el Mediterráneo de 2007 no es más fácil de abordar que el de 1995. Las dinámicas políticas, demográficas y culturales latentes en la región no facilitan la convergencia. El famoso “acervo de Barcelona” -socialización y normas compartidas, aunque no sean, en definitiva, más que normas económicas- parece más frágil que nunca. No corren verdaderamente buenos tiempos para la “comunidad mediterránea”, y es muy peligroso inventarse unas instituciones en las que sólo vaya a utilizarse un lenguaje estereotipado. Recitar el mantra del cambio no basta para desbloquear las condiciones del diálogo en el Mediterráneo; el voluntarismo francés es de agradecer, sin duda, pero trabajar hoy en el Mediterráneo significa un esfuerzo colectivo para reconciliar no sólo el Norte con el Sur, sino las sociedades civiles con sus gobiernos.