La nueva política exterior de Brasil

Por Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil. © 2003, Foreign Affairs en español/Global Viewpoint. Distribuido por Tribune Media Services International (EL PAÍS, 24/02/03):

El Brasil que hemos sido llamados a gobernar es un gran país, con más de 170 millones de habitantes y una economía que se encuentra entre las 10 más grandes del mundo. Desde 1930 a 1985, Brasil experimentó un crecimiento extraordinario, pero hace dos décadas se paralizó, empeorando las profundas injusticias sociales que caracterizaron nuestro desarrollo en el siglo XX.

Es verdad que desde 1985 en adelante, con el fin del régimen militar, y entre 1988 y 1989, con la nueva Constitución y el regreso de las elecciones libres, comenzó en nuestro país un ciclo democrático prolongado. Sin embargo, también es verdad que la crisis social que vivimos durante aquel largo periodo, fruto de experimentos económicos desastrosos, acabó siendo una amenaza en potencia para la democracia.

Algunas decisiones sobre política económica hicieron a nuestro país incluso más vulnerable a nivel internacional. Los últimos líderes brasileños malinterpretaron la situación internacional y creyeron que subordinar nuestra economía a los flujos de capital de las finanzas internacionales ocasionaría más ventajas que dificultades. Eso no sucedió.

Hoy nos enfrentamos a la necesidad de atacar la pobreza y miseria absolutas que afligen a decenas de millones de brasileños. Un cambio en el modelo económico no puede realizarse de un día para otro. Llevará tiempo, sobre todo porque no queremos regresar a la inflación y porque estamos firmemente dispuestos a mantener un equilibrio fiscal, como siempre han hecho los gobiernos municipales y estatales del Partido de los Trabajadores (PT), para respetar los contratos y asegurar las condiciones internas que sean atractivas para las inversiones productivas nacionales e internacionales.

En resumen, tendrá que haber un periodo de transición durante el que toleraremos los límites establecidos por las políticas pasadas a la economía brasileña. Al mismo tiempo no cabe duda de que iniciaré los cambios económicos, sociales y políticos deseados por los casi 53 millones de electores que me votaron. Para lograrlo resulta necesario cambiar la posición de Brasil en el mundo.

La prioridad de la política exterior brasileña será Suramérica. Tenemos una frontera común sin ningún conflicto jurisdiccional con casi todos los países de la región. Hace varios años creamos con Argentina, Uruguay y Paraguay el proyecto de Mercosur, al que posteriormente se unieron Chile y Bolivia. Esta experiencia, que se inició con grandes expectativas, tuvo una evolución decepcionante. Las enormes disparidades macroeconómicas entre Brasil y Argentina desbarataron el avance de Mercosur. A causa de ello, algunos propusieron poner fin al proyecto o retroceder a una simple zona de libre cambio.

Nuestra posición es diferente. Queremos que Mercosur sea algo más que una unión aduanera. Queremos que se transforme en una zona de convergencia en los frentes industrial, agrícola, social y científico-tecnológico. Y queremos que promueva un acercamiento cultural efectivo, una unión entre nuestras universidades y centros de investigación. Para desarrollar Mercosur en profundidad, debemos contar con instituciones sólidas para la resolución de las controversias y un nuevo ministerio que pueda producir una coordinación político-administrativa eficiente y desarrollar una visión estratégica de la integración. He propuesto a los presidentes de la región que establezcamos un Parlamento de Mercosur que sea elegido directamente por los votantes de nuestros países. De ese modo, nuestros ciudadanos podrán participar en el proceso de integración regional, otorgándoles poderes y confiriendo legitimidad institucional.

Mercosur debe lograr la coordinación macroeconómica entre sus bancos centrales, una condición sine qua non para llegar a una moneda común. Debería asimismo intentar atraer a otros países de la región. Aquellos de nosotros que nos encontramos separados por diferencias de tarifas aduaneras, por ejemplo, debemos crear alternativas con el fin de avanzar hacia adelante con la integración. En cuanto a los otros, tendremos que emprender la construcción de puentes comunes. Un Mercosur coherente y ampliado debería tener una política exterior común que nos permita llevar a cabo un diálogo eficaz con la Unión Europea y Estados Unidos, sobre todo en el proceso de negociación para la formación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). La ampliación de nuestras exportaciones resulta fundamental para potenciar un nuevo dinamismo dentro de nuestro sistema de producción, así como para equilibrar nuestras deudas externas. A este respecto, es esencial la apertura de un mercado estadounidense para los productos brasileños. Éstos son los motivos de nuestro interés en el proyecto de creación del ALCA.

Sin embargo, éste tropieza con tres dificultades. La primera está relacionada con la disparidad entre la economía de EE UU y las del resto del hemisferio. Si no se establecen recursos de compensación, dichas desigualdades aumentarán. La segunda dificultad es el resultado de las barreras proteccionistas sin aranceles que impuso Estados Unidos, y que afectan profundamente a las exportaciones brasileñas. La tercera es que Estados Unidos actúa selectivamente cuando propone que algunos asuntos problemáticos para el ALCA sean debatidos en la Organización Mundial del Comercio (OMC). Al mismo tiempo, EE UU acelera el debate de temas más complejos en el ALCA que están todavía sin resolver en la OMC. Nuestro Gobierno quiere volver a examinar esos problemas. También seremos más activos en la OMC, donde se están decidiendo asuntos de gran importancia.

Más allá de estos temas, Brasil ampliará sus relaciones bilaterales con Suráfrica, India, China, Rusia, México y otros países, cuyas respectivas regiones son importantes tanto económica como geopolíticamente. Con ellos será posible realizar iniciativas comunes en organismos multilaterales. Mi Gobierno se esforzará en reformar y fortalecer Naciones Unidas, en cuyo Consejo de Seguridad se está constituyendo una nueva configuración. Esta política de democratización de organismos multilaterales será una constante de nuestra política exterior. Queremos un mundo más equilibrado en las esferas económica y social, libre de las amenazas de la anarquía financiera internacional que afecta a los países en vías de desarrollo más que a todos los demás. Es necesario un acto de solidaridad beneficioso para África, como parte de un esfuerzo global a favor de la paz y la justicia social. La batalla contra la pobreza y la exclusión desempeña un papel importante en la guerra contra el terrorismo y las guerras civiles que desgarran tantas regiones del mundo. Por último, la batalla por la paz es la prioridad absoluta. Por este motivo, nos inclinamos por una política de desarme, sobre todo desarme nuclear, y defendemos soluciones negociadas para los conflictos que afectan hoy a la humanidad.

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