La nueva trama de Sarajevo

Por Beatriz Portinari (EL PAÍS, 18/10/08):

Si la biblioteca calcinada de Sarajevo abriera sus puertas de nuevo, quizás marcaría este otoño como la fecha en que la prolífica literatura de los Balcanes recuperó el puesto que le correspondía. Escritores y bibliófilos podrían ocupar sus salas vacías para debatir sobre el boom de novelas inspiradas en hechos reales que permiten leer entre líneas la historia de una región desangrada por guerras y posguerras desde los años cuarenta a la actualidad.

Pero lo cierto es que ni el mito del Ave Fénix se ha cumplido en Sarajevo -su biblioteca, la Vijecnica, sigue cerrada desde el bombardeo serbio de 1992, cubierta de excrementos de palomas y escombros que crujen al caminar por sus estancias- ni se escribe una línea sin que las palabras “desolación” o “muerte” se cuelen disimuladamente.

Entre las novedades editoriales se encuentran La silla de Elías (Destino), de Igor Stiks; Cómo el soldado repara el gramófono (Alfaguara), de Sasa Stanisic; El tiempo de las cabras (Libros del Asteroide), del macedonio Luan Starova; y dos incursiones de autores extranjeros que se inspiran en los Balcanes: El violonchelista de Sarajevo (El Aleph Editores), del canadiense Steven Galloway, y Los guardianes del libro (RBA), de la australiana Geraldine Brooks. Además, se espera que en los próximos meses salga en castellano Götz y Meyer (Funambulista), de David Albahari, y The Lazarus Project, de Aleksandar Hemon, que ya ha editado con Anagrama La cuestión de Bruno y El hombre de ninguna parte.

El escenario de muchas de estas novelas, Sarajevo, parece un lugar congelado en el tiempo 13 años después del final del conflicto. Ya no se escuchan explosiones ni los cadáveres son enterrados a contrarreloj para evitar a los francotiradores, pero el suelo sigue cubierto de socavones por los morteros -las tristes “rosas de Sarajevo” pintadas con resina roja en el asfalto- y las fachadas con impactos de artillería dan testimonio de las vidas reventadas.

¿Sobre qué otra cosa podrían escribir los autores de un país que de 1992 a 1995 se alimentó de sangre, carne y metralla? El equilibrio entre ficción y autobiografía se encuentra a medio camino entre los exiliados que rememoran aquella época desde la distancia y los que se quedaron durante el asedio, empuñando fusiles o jugándose la vida para comprar el pan.

“Este país se ha convertido en Macondo. Nos estamos transformando en un lugar inventado por Gabriel García Márquez, donde la corrupción es una forma de vida, se han perdido los valores y los intelectuales críticos con el poder son apartados de la sociedad, así que no tienen influencia”, comenta en una cafetería de la Bascarsija (el casco histórico y antiguo barrio turco) Emir Suljagic, autor de la escalofriante Postales desde la tumba (Galaxia Gutenberg), donde narra la tragedia de Srebrenica que vivió en primera persona. En su opinión, Europa y la comunidad internacional no aprendieron nada de aquella matanza, como demuestra su permisividad ante la corrupta élite política de Bosnia-Herzegovina, que no invierte en infraestructuras ni fábricas para dar empleo a la masiva mano de obra desocupada. Demasiados burócratas y funcionarios cuyos salarios se llevan la mayor parte del presupuesto y donde las decisiones más simples -como reabrir la biblioteca como tal y no como ayuntamiento- pueden llevar meses.

La evidencia de este sistema disfuncional está en las calles empedradas y las terrazas de las cafeterías, salpicadas por el olor de los cevapcici (plato de carne picada a la brasa típico de los Balcanes) y el humo del tabaco. A cualquier hora se pueden encontrar en sus mesas a hombres ociosos que fuman hasta el filtro y beben, sin inmutarse, cantidades ingentes de café turco sólo endulzado por una pieza de azúcar con sabor a nueces o rosas. Fuman, contemplan a los jóvenes que pasean con vaqueros y minifaldas unos, o chilabas e hiyab otros, mientras charlan sólo con sus conocidos. Se dan pocas conversaciones espontáneas con el vecino de al lado, porque nunca se sabe quién era hace poco más de 10 años o qué hizo.

“Seamos sinceros. El mito del Sarajevo multiétnico, de la ‘Jerusalén europea’, como les gusta decir a los medios, fue la primera víctima de la guerra. Sí, las mezquitas siguen estando a pocos metros de las iglesias y la sinagoga, pero sólo es una cuestión arquitectónica. Esa imagen de convivencia entre musulmanes, cristianos y judíos viene muy bien para el turismo, pero no tiene nada que ver con la realidad: cada comunidad se ha cerrado en sí misma y existe mucha desconfianza”, advierte con amargura el poeta Faruk Sehic -autor del éxito Transsarajevo, sin traducción al castellano-, que durante la guerra empuñaba el fusil durante el día y por las noches escribía versos para arrancarse el horror de los ojos. Mientras habla, los almuédanos de tres mezquitas cercanas comienzan su consecutiva llamada a la oración -“Allahu Akbar. Ash-hadu an la ilaha illa-Allah…”-, con las manos en los oídos y los ojos cerrados, entonando su sinfonía sincopada. Sehic apenas sonríe y da largas caladas a su cigarro comentando que, a determinadas horas, los muecines pueden competir con el repique de las campanas cristianas. “¿No es irónico?”, murmura con la mirada perdida.

Tanto él como Suljagic o la joven promesa Mulharem Bazdulj (The second book) pertenecen a una generación de autores que rondan la treintena y se forjaron como escritores durante la guerra, con una visión desencantada del ser humano y de su país. Es inevitable que sus obras y puntos de vista difieran en cierto modo de los autores bosnios en el exilio como Igor Stiks, Sasa Stanisic o Aleksandar Hemon, capaces de mitificar el país en guerra como forma de saldar deudas pendientes.

“Siempre digo que tuve que resolver primero un problema moral antes de empezar a escribir La silla de Elías. Como no viví el asedio de Sarajevo y abandoné mi ciudad -todos los refugiados compartimos esa culpabilidad por haber dejado atrás a la familia y los amigos-, tenía que preguntarme qué derecho tenía yo a escribir sobre Sarajevo”, recuerda Igor Stiks desde Chicago, donde ha vivido los últimos años. También él pertenece a la generación de autores bosnios en la treintena, pero la rápida huida le evitó ver demasiada sangre durante su adolescencia. Desde entonces sólo ha regresado a su país de vacaciones o a través de sus personajes que, de alguna forma, cicatrizan los injustificados remordimientos por no quedarse bajo las bombas.

Algunos de los que se quedaron habrían dado cualquier cosa por evitar las imágenes que tienen en la memoria, como el incendio de la biblioteca del intelectual Ivan Lovrenovic, referente en la prensa bosnia. Su caso no fue único: en 1992 los serbios mostraban cierta obsesión con todo lo que tuviera que ver con la cultura, ya fuera el Instituto Oriental o el archivo particular -con más de 5.000 obras- del fallecido hispanista y ex embajador bosnio en España Muhamed Nezirovic.

Ivan Lovrenovic, autor de Bosnia. A Cultural History (sin traducción al castellano) y de infinidad de ácidos artículos contra el nacionalismo radical, huyó con su familia justo a tiempo porque imaginaba que podría estar en el punto de mira. No se equivocaba. Las hordas serbias organizaron una fiesta de pirómanos en su casa de Grbavica, donde ardieron sus más de 4.000 títulos, manuscritos, enciclopedias, una Biblia en latín -la Vulgata de 1883 heredada de su bisabuelo-, la edición del Catecismo del padre Matija Divkovic, el primer editor e impresor bosnio, de 1611, sus fotografías familiares y la que sería su mayor novela inacabada. Cuando se pregunta a Lovrenovic sobre aquel incidente, clava la vista en el café y coge aire para responder y no desangrarse con la herida abierta. “De mi biblioteca no saqué ni un lápiz porque pensé que podríamos volver. Allí se quemó la que iba a ser mi mayor obra, con cantidad de documentación, manuscritos, fotos antiguas… Quería escribir la historia de Bosnia a través de mi familia, que simboliza esa mezcla de culturas. Quizás sólo de memoria podría volver a escribirlo, pero en realidad con aquel incendio me robaron mi vida. Tenía sentido escribir esa novela entonces, ahora soy un hombre distinto”, admite en un susurro. Demasiado dolor para seguir preguntando. Sólo bromea, con el feroz humor negro bosnio, cuando cambia de tema y recuerda al asesino Radovan Karadzic, a quien conoció en la Asociación de Escritores de Sarajevo. “Parecía un hombre normal, culto y educado, con el que jamás tuve una confrontación. Es más, mantenía conversaciones agradables. No daba signos de lo que haría después, nadie podía imaginarlo. Por lo visto el problema es que intentaba ser un poeta para niños. La gente dice que se convirtió en criminal por lo mal poeta que era”, añade con un guiño.

Si en algo coinciden todos los autores -exiliados o atrapados en Bosnia-Herzegovina- es en considerar el bombardeo de su Vijecnica como la mayor pérdida de la guerra, de la que aún no se han recuperado. El memoricidio de la biblioteca de Sarajevo se mantiene todavía hoy, con la previsión de dedicar el edificio restaurado al uso que tuvo en el siglo XIX como ayuntamiento. Una parte simbólica se dedicará a recordar que aquello fue una biblioteca, pero la cruda realidad es que los libros rescatados -gracias a la valentía de bibliotecarios y vecinos anónimos- siguen hoy dispersos en varios archivos temporales, y que los políticos preparan sus sillones para ocupar la biblioteca con despachos. De los 6.945 metros cuadrados disponibles, 2.780 se dedicarán a la biblioteca (aunque sólo 1.500 son aprovechables para el público) y los restantes metros se dedicarán a la alcaldía, el patio central, el Museo de la Devastación que habrá en el sótano, restaurante y tienda de souvenirs incluidos, según los planos que manejan los arquitectos encargados de su restauración. Los bibliotecarios saben que han perdido también esta guerra.

“Si el Gobierno español hubiera sabido que dedicaríamos este edificio a oficinas del ayuntamiento, ¿el Ministerio de Cultura habría donado un millón de euros para restaurar la fachada?”, se pregunta Amra Resibegovic, la responsable de la Vijecnica que salvó incunables y libros antiguos en los sótanos poco antes del bombardeo. “Nos sentimos doblemente perdedores. Lo que pretendía el Ejército serbio con aquellas bombas incendiarias era dejarnos sin cultura, y se puede decir que lo consiguió porque no hemos podido reunirla en un espacio adecuado y suficiente para albergar la colección rescatada. Los planes de instalar allí el ayuntamiento y no buscar otro emplazamiento para los libros sólo confirman que no hay esperanza”, asegura Resibegovic, que el día del bombardeo -el 26 de agosto de 1992- desayunaba con su marido en la cocina cuando empezaron a entrar cenizas y papeles quemados por la ventana. “Estarán quemando tu biblioteca”, bromeó él, sin imaginar que eso era exactamente lo que estaba sucediendo.

Pasado el tiempo, mientras los autores escriben de forma descarnada sobre la preguerra, la guerra y la posguerra como terapia para ahuyentar fantasmas, los bibliotecarios y archiveros siguen reclamando un rincón donde guardar esos libros como tesoros porque son el futuro de su cultura. A estas alturas ya nadie se cree el mito del Ave Fénix que resurgió de sus cenizas. En Sarajevo, el Ave Fénix ha muerto.