La obsesión por el clima

En Sion, una pequeña ciudad suiza muy conocida por los esquiadores alpinos, hay un museo notable, único en el mundo, creo, dedicado a la arqueología glacial. Acuden pocos visitantes, lo que es una pena, porque allí se puede aprender más sobre la historia del clima que leyendo los informes de los expertos designados por la ONU, las jeremiadas de los ecologistas y las fanfarronadas sobre el tema de nuestros dirigentes políticos. La arqueología glaciar consiste en recoger lo que queda al descubierto sobre el terreno cuando los glaciares retroceden, como ocurre actualmente. Los glaciares de Suiza son los mejor estudiados, pero el principio es universal; son como termómetros gigantes a escala de la historia de la humanidad. Cuando el clima se enfría, el glaciar se extiende y retrocede cuando sube la temperatura. Actualmente, los glaciares se están reduciendo en todas partes, prueba indiscutible del calentamiento global.

La obsesión por el climaPero, ¿cuándo comenzó este calentamiento y cuál es su intensidad? El consenso científico, en la medida relativa en que la ciencia está de acuerdo, es que el calentamiento actual, medido por los glaciares y los niveles del mar, comenzó hace aproximadamente un siglo y, dependiendo de la región, es de alrededor de 1 a 1,5 grados centígrados. Un calentamiento que comienza antes de la globalización industrial y la generalización de las emisiones de dióxido de carbono no corresponde a la ideología dominante, que atribuye todo el calentamiento a la emisión de gases de efecto invernadero. Aún más inquietante, los objetos reunidos en el museo dan testimonio de una aceleración a lo largo de los siglos de la presencia humana en las regiones alternativamente cubiertas o descubiertas por glaciares. Así, en Sion, observamos que, en la época de Julio César, las tierras afectadas por el retroceso de los glaciares estaban habitadas y frecuentadas; hay muchos objetos que lo demuestran. De modo que, en Europa, en la época del Imperio Romano, hacía tanto calor como hoy, incluso más calor. ¡Vaya! En aquella época no había centrales eléctricas, ni carbón, ni automóviles contaminantes. Y esta es solo la primera sorpresa. Porque, hacia el año mil, todo rastro de vida desaparece: ni esqueletos, ni objetos, ni armas; el glaciar avanza, imposibilitando la vida. Así que el clima se estaba volviendo más frío. Luego, hacia el año 1202, los glaciares retroceden, lo que supone el amanecer de una nueva prosperidad agrícola en Europa. ¡Ay de mí! En el siglo XVII, el glaciar avanza de nuevo de manera significativa, dando paso a lo que se conoce como 'pequeña Edad de Hielo'. Los testigos cuentan que el agua se congelaba en los vasos durante los banquetes en el Palacio de Versalles. A mediados del siglo XIX, el termómetro subió y los glaciares retrocedieron, una fase de calentamiento en la que todavía nos encontramos.

¿Qué nos enseña esto? Es evidente que el clima oscila, dictando la extensión y la naturaleza de las civilizaciones, pero atribuir estas oscilaciones a la industrialización, el capitalismo globalizado o la energía fósil no tiene en cuenta la historia del clima y la forma en que la humanidad se adapta a él. Es posible, incluso indiscutible, que el dióxido de carbono esté acelerando el calentamiento actual, pero no es necesariamente la causa principal. Estas causas, sin duda una combinación de factores, están aún por determinar; es posible que el hombre no tenga ninguna influencia, excepto marginal, sobre el clima. Nos preguntaremos entonces a qué se debe esta obsesión por el dióxido de carbono que, en Occidente, no en China o India, se ha convertido en el motor de cualquier política. Me temo que esta obsesión no es totalmente científica. Detrás de la lucha contra el dióxido de carbono se oculta cierto odio al capitalismo y a la industrialización: la ecología se ha convertido en un sustituto del marxismo, como escribió Jean-François Revel hace treinta años. En Occidente todavía necesitamos una ideología milenaria; esta necesidad es una característica de nuestra psicología y nuestra cultura política que los asiáticos no comparten. Si, de repente, quisiéramos volvernos más racionales en este campo, que no lo es mucho, deberíamos, además de la necesaria lucha contra el dióxido de carbono, diversificar nuestra reflexión y nuestra acción. ¿A qué, además de al efecto invernadero, se debe que esté cambiando el clima? Pocos investigadores se plantean la cuestión.

En lugar de apostarlo todo a una lucha sin demasiadas esperanzas, a la eliminación del dióxido de carbono (los chinos y los indios nunca participarán en ella, salvo de palabra), sería mejor concentrar las inversiones en la lucha contra los inconvenientes del calentamiento: hacer que llueva donde sea útil, por ejemplo, como hacen los israelíes y Emiratos Árabes Unidos; mejorar los edificios; aislar viviendas; usar transgénicos agrícolas que consuman poca agua; levantar presas como hicieron los holandeses para vencer al mar. No faltan pistas, pero no son pesimistas, no son anticapitalistas; no son ideológicas ni místicas. Una solución más expeditiva consistiría en cerrar el museo de Sion y prohibir la arqueología glacial. Romper el termómetro siempre ha sido la tentación de los charlatanes.

Guy Sorman

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