La ofensiva de la seducción

Hasan Rohani, el nuevo presidente de Irán (él prefiere ser llamado doctor y no por su título religioso) ha ido y vuelto de Washington causando una excelente impresión, al igual que su jefe de gabinete y su ministro de Asuntos Exteriores. Algunos medios de comunicación lo calificaron de “ofensiva de seducción”, otros prefirieron apodarlo “la moderación prudente”. Rohani prefirió el término “flexibilidad heroica”, que parece una curiosa expresión, incluso sin sentido, porque la flexibilidad puede ser inteligente o sabia, pero no hay nada heroico en ella. Muchos se sintieron atraídos por su lograda actuación. Todo el mundo está a favor de las conversaciones, que continuarán en Ginebra a mediados de octubre. Mientras tanto, los intercambios continúan a puerta cerrada y sin apenas publicidad. Pero en lo concerniente a las expectativas entre los expertos con respecto al resultado de estas conversaciones, es difícil encontrar optimistas en Washington. ¿Cómo explicar esta extraña contradicción ? Causar una buena impresión después de Ahmadineyad no es demasiado difícil; el expresidente será recordado por creer que los ataques en Washington el 11-S del 2001 se llevaron a cabo por los estadounidenses, que el holocausto nunca tuvo lugar e hizo una serie de otras afirmaciones que no sólo hicieron dudar de su salud mental sino que realmente no prestaban ningún servicio a los mejores intereses de Irán. Algunos creyeron que era un payaso, otros que un fanático.

Es evidente por qué Teherán quiere negociar con Occidente. La situación económica del país es mala y empeora. Los ingresos procedentes de las exportaciones de petróleo han caído a alrededor de la mitad de lo que solían ser, la inflación es del 40% según las cifras oficiales, (sigue aumentando y ya ha entrado en el terreno de la hiperinflación), el rial perdió gran parte de su valor, el coste de la vida sube y aumenta la impopularidad del régimen, una de las razones por las que Ahmadineyad no fue reelegido. Hasta cierto punto, es el resultado de las sanciones occidentales, pero no es en absoluto la única razón, ni siquiera la razón principal. El apoyo iraní al Gobierno sirio ha sido costoso. El sector público de la economía no marcha bien, mientras que en Washington los visitantes de Teherán admitieron abiertamente que si no hay pronto inversiones occidentales, la situación empeorará todavía más. Sin embargo, por tales inversiones los iraníes habrán de pagar un precio.

No están dispuestos, sin embargo, a detener el enriquecimiento de uranio como pide Occidente porque este es su derecho y el propósito de su programa nuclear no es militar. Como ha explicado el guía supremo, producir armas de destrucción masiva no es islámico… Esta explicación no ha sido creída por Occidente, que durante los últimos diecisiete años sostiene que los iraníes han incurrido en actividades que no tienen nada que ver con el uso civil de la energía nuclear sino que sólo pueden explicarse como preparación para construir un arsenal nuclear militar.

La cuestión ha sido objeto de innumerables negociaciones, buena parte de las cuales en presencia de Rohani, que fue durante años el principal negociador iraní. Estas negociaciones no condujeron a nada, ¿por qué habría de ser distinto esta vez? Existen diferencias tácticas entre los líderes iraníes sobre la forma de proceder. Pero todos parecen creer que les conviene poseer armas nucleares. Como mínimo, es una garantía contra cualquier intento de invadir Irán. Si Gadafi hubiera tenido armas nucleares a su disposición, ¿quién se habría atrevido a atacar a Libia? Y ¿no es esto también cierto con respecto a otros países? Un gobierno en posesión de tales armas parece invulnerable. Si los líderes iraníes hicieran concesiones de largo alcance, ello representaría una enorme pérdida de prestigio en el país y en el extranjero. En lo que atañe a los estrategas iraníes más ambiciosos, ¿no convertiría la posesión de dichas armas a su país en el más poderoso de Oriente Medio?

Pueden ser fantasías pues la posesión por parte de Irán de la bomba casi seguro generaría la proliferación. Los turcos encontrarían tal situación intolerable, como los saudíes y posiblemente incluso otros. Fabricarían tales armas o las comprarían o bien intentarían conseguirlas de otras maneras.

Si los expertos están en lo cierto, nada ha cambiado esencialmente en la posición iraní. Es cierto que la cuestión en juego no es sólo la posesión de bombas nucleares, sino las intenciones subyacentes; en otras palabras, la disposición a hacer uso de las armas de destrucción masiva. Incluso bajo el mandato de Ahmadineyad, la línea oficial era que Estados Unidos y Occidente no tenían nada que temer porque la política iraní no era suicida.

Pero, ¿qué cabe decir del riesgo o amenaza del uso de esas armas contra enemigos en Oriente Medio? Aquí entramos en territorio desconocido. ¿Podría ser que al final de las negociaciones pudiera existir una fórmula que pareciera ser tranquilizadora, como la de nunca, bajo ninguna circunstancia, utilizar este tipo de armas? Para algunos esto puede sonar tranquilizador o en todo caso el único resultado posible en las circunstancias dadas. En la práctica, significaría que la paz y la guerra en Oriente Medio se base en el futuro en la disuasión. Lamentablemente, no se sabe si una estrategia que funcionó en el contexto de la guerra fría será también eficaz en una parte del mundo mucho más cargada de pasión, incluso de fanatismo.

Walter Laqueur

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