La ONU debe asumir sus responsabilidades

La caída, por fin, de Gadafi es una magnífica noticia para el desarrollo de la revolución democrática en los países árabes. Nadie llorara al Nerón libio. Los que tuvieron la mala suerte de cruzarse con él, por motivos diplomáticos o de política, guardan, como yo, el recuerdo de un hombre cínico, megalómano, con el que no se podía dialogar porque no escuchaba y repetía un monólogo permanente consigo mismo. Militar inculto, adoptó todas las ideologías a la vez: fue nacionalista, islamista, socialista, arabista, africanista, y más aún: ¡se proclamo rey de África! Con sus hijos, representaba la versión moderna de un sátrapa.

Ahora empieza lo más difícil para el pueblo libio. Por primera vez, al igual que el resto de pueblos árabes que derrotaron a sus dictadores, los libios tendrán que aprender la democracia y la república. Va a ser muy difícil, pues el país está destrozado no solo económicamente, sino también mentalmente. Las fuerzas conservadoras son dominantes, el tribalismo es la ley y la cultura de la violencia está muy arraigada. El país corre un riesgo muy importante de secesión, y las fuerzas radicales religiosas pueden desbordar el marco democrático. Porque una de las características de esta sublevación popular es que los islamistas tuvieron un papel importante en la lucha contra el tirano y su familia. El país puede hundirse en el caos. Sería terrible para la ejemplaridad del proceso democrático en el mundo árabe; peor que todas las dictaduras. Pues la democracia debe tener éxito: es la condición sine qua non de su ampliación al resto del mundo árabe.

La revolución libia se ha hecho con la ayuda de la OTAN, y bajo el apoyo de la ONU. De ahí una consecuencia imperativa para la comunidad internacional: la ONU debe mandar en Libia soldados para vigilar el proceso de transición a la democracia, para proteger las posibles víctimas de las venganzas, para asegurar el paso hacia la organización de una asamblea constituyente que tendrá que definir el modo de organización institucional del país. Esta intervención de la ONU sería lógica, pues la ONU es ya un elemento del conflicto interno libio.

No es necesario subrayar aquí que más vale la ONU en Libia que tropas de las potencias que organizaron la intervención militar. El peligro es evidente: Libia se puede transformar en un campo de batalla sangriento o en un país neocolonial bajo el mando de algunos gobiernos europeos o de los Estados Unidos. El petróleo libio tiene un papel clave en el equilibrio estratégico mundial, y son muchos los poderes que lo miran con envidia. La intervención de la ONU debe, en cambio, asegurar la independencia del país, fortalecer el proceso democrático, favorecer la reconciliación nacional, incluso con las fuerzas que apoyaban a Gadafi. Por supuesto, todos los culpables de crímenes deben ser arrestados y juzgados, pero dentro del marco de la ley. La primera prueba para la democracia será precisamente demostrar su capacidad de evitar el baño de sangre que puede resultar de la caída del régimen odiado. Sería grave, y la última y nefasta victoria de Gadafi.

Sami Nair, politólogo y ensayista.

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