La oralidad en la era digital

La oralidad ha sido y es el medio de comunicación humano más importante y más usado desde siempre. Con los nuevos medios y aplicaciones digitales la oralidad se ha reforzado y ha recuperado ciertos usos sociales de antaño, a la vez que está propiciando nuevas prácticas culturales.

Con la alfabetización generalizada, nuestra oralidad ya es inseparable de la escritura. Pero la tecnología de la escritura y la lectura no es la técnica caligráfica ni su identificación, sino los conocimientos necesarios para su utilización: saber decir o saber entender; es decir, dar sentido e interpretar. Las nuevas tecnologías comunicativas, desde el teléfono a internet, nos han proporcionado diferentes modalidades de usar y expresar nuestra oralidad. Y por ende, nuevas maneras de percibir, sentir y pensar.

Erik Havelock ya advirtió que los seres humanos no hemos pensado siempre igual. Las maneras de pensar de las personas anteriores a la imprenta eran diferentes a las de los contemporáneos del cine y de la televisión. Por supuesto, no sólo por razones comunicativas. Los posibles cambios en las formas de pensar, asociados a las tecnologías de la comunicación, no son inmediatos y dependen de la implantación social de esas tecnologías. Por eso, en la era de internet, la transformación cognoscitiva tal vez ya ha empezado.

En el nuevo ecosistema comunicativo convive una oralidad múltiple ligada a diversas modalidades de escritura y aparejada a diferentes tecnologías comunicativas. Está la oralidad directa del cara a cara, con su complemento tecnológico o lenguaje corporal no verbal, relativamente espontáneo al estar fuertemente influenciado por el entorno sociocultural. Esta coexiste junto con la oralidad indirecta tecnologizada sin imagen (teléfono, radio, e-mail, SMS, chat, Whatsapp) y la oralidad intermediada audiovisual (cine, televisión, videoteléfono, videoblogs, Skype y las redes sociales digitales).

Al margen de la oralidad por excelencia o presencial, algunas de las variantes citadas (radio, cine y televisión) pertenecen a la comunicación de masas. A esta, que Walter Ong denominó “oralidad secundaria” para diferenciarla claramente de la “oralidad primaria” (la anterior a la escritura), le reconoció similitudes con aquella, tales como la espontaneidad y su mística de la participación. Sin embargo, la oralidad mediada por esas tecnologías tuvo y tiene aspectos comunicativa y culturalmente diferentes a la oralidad presencial. Otro tanto ocurre con la oralidad desarrollada gracias a internet.

Nuestra oralidad telefónica difiere de la oralidad presencial y esta, a su vez, de la radiofónica o televisiva. Y también esas oralidades se diferencian entre ellas, así como son distintas de los videoblogs, de Skype, de Facebook o Twitter. Cronológicamente, la oralidad presencial sería y es la primordial o primera; la mediada eléctrica o electrónicamente (del teléfono a la televisión) es la segunda o secundaria, mientras que la oralidad de la era digital es la tercera. Pero la importancia de ese orden podría alterarse, ya que el uso, la espontaneidad y el sentido comunitario de los internautas han explosionado.

Por otra parte, nuestra gestualidad actual es menos espontánea y está más afectada por el cine, la publicidad y la televisión que por el entorno familiar. De igual modo, la retórica y la teatralidad de los políticos y de los actores occidentales de hace un siglo era diferente a la de sus homónimos de los inicios de internet. Con los nuevos dispositivos y las redes sociales digitales asistimos a una multiplicación de oralidades junto con la oralidad presencial, que parece irse reconfigurándose. Pensemos, por ejemplo, en las escrituras y emoticonos de los SMS, de Twitter o Wahtsapp; en las conversaciones vía chat; en la construcción de identidades en Tuenti o Facebook, o en la gestualidad aprehendida de los videoclips o de ciertas series audiovisuales.

En conjunto, muchos jóvenes consideran que la nueva o tercera oralidad es más fluida o extravertida que la presencial, pero con menos matices. Y, a menudo, dicen sentirse más cómodos con las redes digitales que en directo o por teléfono, salvo que se trate de temas importantes, porque lo presencial y lo telefónico (menos) neutralizan la mentira y puede darse una oralidad más sincera.

En definitiva, las nuevas oralidades –sobre todo de los jóvenes con respecto a las de sus progenitores– aparecen como menos secretistas, más espectacularizadas, más sexualizadas y menos ritualizadas, tal vez menos preocupadas por el poder y más por la apariencia, menos jerarquizadas y más igualitarias, quizá menos formales y más placenteras, más divertidas y lúdicas y menos exigentes y apolíneas.

Josep Lluís Gómez Mompart, catedrático de Historia de la Comunicación, Universidad de Valencia.

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