La OTAN deja un reguero de desastres

La OTAN es inútil. No ha logrado llevar la estabilidad a Afganistán, como tampoco consiguió hacerlo con Serbia. La OTAN ha demostrado ser una pésima fuerza de combate y tampoco es mejor en el aspecto diplomático: vean si no su torpe gestión en Europa del Este. Como custodio de la resistencia occidental de posguerra frente a la amenaza nuclear de la Unión Soviética tenía una utilidad. Ahora se ha convertido en una Olimpiada de diplomáticos, irrelevantes pero con brotes de extravagante petulancia.

La última reunión ministerial de la OTAN en Bruselas fue una hoja de parra para tapar el fiasco de la intervención rusa en Georgia. Con el pretexto de salvar a los rusos de Osetia del Sur, tal intervención se produjo, en realidad, para decir a Georgia y Ucrania que no deben meterse en juegos con Occidente en la frontera rusa. La OTAN es ahora una provocación constante en el borde oriental de Europa.

La Alianza no tenía ninguna necesidad estratégica de hacer proselitismo en busca de miembros, ni de establecer las consiguientes garantías de seguridad entre las repúblicas bálticas y los estados fronterizos del sur. Ni EEUU tiene tampoco ninguna necesidad estratégica de instalar misiles en Polonia o Chequia.

Estos movimientos estaban predestinados a enfurecer a los hipersensibles rusos. Y así lo hicieron. De nada sirve que los expertos occidentales digan que el sentido de las acciones de la OTAN junto a la frontera rusa es diferente al del despliegue de los misiles soviéticos en Cuba durante la Guerra Fría. Tampoco tiene sentido que ningún experto señale que la defensa de las minorías rusas en Georgia es muy distinta de la intervención de la OTAN para defender a la minoría kurda en Irak o la minoría albanesa en Serbia. En ambos casos, a los nacionalistas rusos les parece lo mismo.

Rusia ya es suficientemente ruda y beligerante por sí misma. ¿Para qué animarla? Las dos mayores pesadillas de EEUU actualmente, Rusia e Irán, tienen motivos para sentirse cercados por fuerzas hostiles. Ellos también son vulnerables a la política del miedo irracional.

La retórica respuesta de los líderes de la OTAN ha sido propia de halcones, afirmando que «esta gente» sólo entiende palabras claras y mano dura. Pero eso no hace sino imitar la actitud de Rusia hacia Georgia y Ucrania. Y al menos Rusia tiene fuerza para imponerse.

George Bush ha dicho que «la era de las esferas de influencia se terminó». Entonces, ¿por qué extender los dominios de la OTAN hasta la frontera rusa? ¿Qué hay de la teoría de las esferas de influencia que apuntaló el plan neoconservador de Bush, destinado a ganar al mundo musulmán para la democracia?

Si en Rusia la OTAN está jugando con fuego, en Afganistán/Pakistán (que siempre deberían citarse juntos) está jugando con dinamita. Aquí, Osama bin Laden y Donald Rumsfeld deben de estar riendo al unísono: el primero porque la manera en que la OTAN ha conducido la guerra contra los talibán ha servido para crear un campo de reclutamiento de Al Qaeda en Pakistán; y el segundo porque todo lo que dijo sobre la construcción de naciones se ha demostrado cierto. «Entrar rápido y salir rápido» era su estrategia. Y tenía razón.

La actuación de la OTAN ha sido desastrosa. Ha establecido un liderazgo dividido y unas reglas de combate heterogéneas. Ha justificado la opinión del general de EEUU en Kosovo, Wesley Clark, de que las unidades estadounidenses no deberían colocarse bajo mando internacional. El mando internacional significa no tener ningún mando en absoluto. «No hay una coordinación sensata de todos los elementos políticos y militares en el teatro de operaciones afgano», denunciaba en un informe del Pentágono el general Barry McCaffrey.

Se dice que hay un plan para reforzar el destacamento con 12.000 soldados estadounidenses y poner en escena un impulso al estilo de Bagdad, fuera del control de la OTAN. La idea de que los talibán rurales puedan ser susceptibles del mismo tratamiento que las milicias urbanas de Irak puede no tener sentido, pero se veía venir. Tal impulso significa que habría tres ejércitos rivales (el afgano, el de la OTAN y el estadounidense) merodeando por esta tierra atribulada. Un regalo para cualquier enemigo.

El nuevo Gobierno pakistaní debe de añorar los días en los que su patio trasero afgano estaba tranquilo. El régimen talibán, financiado por el opio y los saudíes, no tenía importancia estratégica para Occidente. No había depredadores estadounidenses bombardeando pueblos, ni teléfonos pinchados por la CIA, ni oficiales de inteligencia sobornados ni interferencias extranjeras. La esfera de influencia de Pakistán podía no gustar, pero era a grandes rasgos estable.

Ahora tendremos al sexto país más extenso del mundo, poseedor de un arsenal nuclear activo, asolado por disturbios internos por culpa de una aventura de la OTAN condenada al fracaso en su frontera. Los talibán están operando libremente por el sur y el este de Afganistán y a pocos kilómetros de la capital, Kabul, lo que contradice de plano la falaz versión de los portavoces de la OTAN respecto a los últimos dos años.

Parece que los gobiernos occidentales no aprenden nunca. Las guerras contra una insurgencia de este tipo nunca salen bien si se extienden en el tiempo. En el mejor de los casos dejan estados rotos, corruptos, fallidos, como el Líbano y Kosovo... y, pronto, Irak. En el peor de los casos, son sinónimo de derrota. Si Estados Unidos se ha metido alguna vez en otro Vietnam, es ahora en Afganistán, que está sustituyendo rápidamente a Irak como meca de todos los fanáticos antioccidentales que hay sobre la tierra.

La paz en Afganistán puede no importar demasiado. Pero su ausencia va a desestabilizar terriblemente a Pakistán, y eso sí tiene gran relevancia. ¿Será éste otro trofeo en las vitrinas de la OTAN?

Simon Jenkins, periodista de The Guardian.