La OTAN y la crisis de los refugiados

EL 15 de marzo de 2011 comenzó la represión y bombardeo de Bashar al Assad contra su pueblo. Hoy las cifras oficiales registran 270.000 muertos, 6.6 millones de desplazados internos y 4.8 millones de refugiados huidos de Siria, el 51 por ciento niños.

A esta matanza, de cuyas víctimas Assad es responsable al 95 por ciento, se la llama eufemísticamente guerra civil, conflicto sirio… Pasividad casi total de Occidente en los primeros cuatro años mientras crecían allí los peores grupos terroristas, hoy encabezados por Daesh. En esta nota se analizan tres aspectos de la crisis: posición de la OTAN, posición de la Unión Europea y posición de Estados Unidos.

Al cabo de cuatro años ha cundido el asombro ante la incapacidad, casi total, de la Comisión Europea de gestionar una gran emergencia. Han aparecido aceleradamente problemas económicos, sanitarios, otros de electoralismo interno… Surgen otras cuestiones que invitan a ignorar un peligro, lejano pero cierto. Se dirá que esos son problemas que cabe esperar en una Europa todavía dividida en 28 estados. Pero en medio de esa pluralidad sorprende la ineptitud a la hora de convertir los buenos propósitos en realidades inmediatas. O al menos en realidades prácticas, inmediatamente asumidas. Y aquí millones de europeos se preguntan por el papel del ejército, de los ejércitos de la OTAN, por su capacidad logística ante los millones de refugiados. No hablamos de su papel militar en Siria. Hablamos de la seguridad que puedan aportar: seguridad no impuesta por las armas. Y hablamos de la urgente puesta en marcha de infraestructuras humanitarias y de apoyo en materia de sanidad, alimentación, alojamiento, transportes y comunicaciones. Los ejércitos están preparados, admirablemente preparados, para hacer frente, muy deprisa, a esas emergencias. ¿Cuánto tardarían unos equipos militares alemanes, españoles, griegos, eslovenos, en preparar una instalación digna a esos refugiados que pasan días y noches bajo la lluvia y el frío de Idomeni? Basta con que (a) sus gobiernos, (b) la Comisión y (c) las Naciones Unidas los requieran para que acudan a cada país. Entonces, ¿por qué hemos tardado tanto en ver a Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, sentado con JeanClaude Junker, presidente de la Comisión? Fuentes seguras afirman que la relación Junker-Stoltenberg es actualmente diaria, consolidada desde enero 2016.

Hasta hoy se nos decía: «La labor humanitaria corresponde a las Naciones Unidas. La OTAN es una organización de defensa». Omitiendo que situaciones trágicas como esta se convierten en verdaderas amenazas para la seguridad. Quizá pudiéramos preguntarnos –a nosotros, europeos– qué nos ha ocurrido. Por qué nos ha asaltado el síndrome Ada Colau: «Pero ¿qué hacen ustedes aquí?».

Acoger a los refugiados y concederles asilo es un deber de los europeos y un derecho de los sirios. Obligación recogida en la legislación internacional, en la europea, en las legislaciones nacionales y por supuesto en la Constitución española. Todo ello fundado en unos principios que reclaman eso: el no permitir que un dictador bombardee a su pueblo durante cinco años hasta alcanzar las 270.000 muertos.

Hablamos de valores europeos, de principios morales, de solidaridad, de compasión… Pero no somos el Papa Francisco. No se trata de predicar, sino de actuar. Nosotros, los ciudadanos, debemos exigir, pedir cuentas. Los gobiernos deben arbitrar los medios para gestionar estas obligaciones. La pésima gestión europea ha llevado a los electores de tres estados alemanes a castigar el 13 de marzo esa ineficacia.

Atender, socorrer, curar, escolarizar a esos refugiados no es solo una obligación y una responsabilidad europea. Es también una responsabilidad americana, rusa, japonesa… También de los estados árabes próximos… Pero ahora hablamos de una Europa que despertó a la fuerza, con un retraso casi interminable. Muchos recuerdan el día en que un niño de 2 años, Aylan, apareció en nuestra televisión, en la orilla de una playa, muerto. Turquía, Jordania, Líbano, Irak habían albergado, y generosamente (insistimos, generosamente), a muchos millares de niños como Aylan. No es en este punto donde debamos mezclar reproches a Turquía, que pelea con medios muy limitados, con campos de acogida sobresaturados. Campos que son verdaderos infiernos bien organizados donde se disimula el problema que Europa se ha resistido a ver. La opinión pública se movilizó por fin en verano de 2015 y la UE escenificó alarmas, reuniones, acuerdos, compromisos, medidas de emergencia… Hasta el caos que estamos viendo hoy. Buena voluntad. Pero asombrosa incapacidad y completa falta de medios. Con admirables excepciones, todos hemos sido incapaces de convertir en realidad estos acuerdos, estos compromisos. Los ciudadanos han castigado esta aparente generosidad tan mal gestionada.

Nos movemos entre el populismo xenófobo, los buenos fundamentos y sentimientos y la pésima gestión. Parece que hemos llegado al momento decisivo. Parece que hemos alcanzado una vía para abordar y canalizar esta terrible crisis. La pregunta que aparece en el escenario es simple: repitamos, ¿sabe Europa gestionar una gran emergencia? Hasta ahora, para nuestro asombro, parece que no. Somos testigos de análisis sobre nuestros valores traicionados, sobre las bases históricas y morales de Europa. Esas reflexiones son bienvenidas, pero no bastan.

Volvamos a la misma pregunta: ¿cómo descubrimos de pronto la incapacidad de Europa para gestionar una tragedia de estas dimensiones? Y esta pregunta nos lleva, entre otras muchas, a otra cuestión. Cómo aclarar poco a poco la nueva relación entre Turquía y la UE. Qué tranquilidad ver el 8 de febrero a la canciller Angela Merkel y al primer ministro turco, Ahmet Davutoglu, anunciar que la OTAN se incorporaría a estas tareas, de momento en el Egeo…

Europa no sabe aún cómo hacer frente al gigantesco problema. Europa se ha hecho fuerte gracias a esa capacidad de gestionar crisis como esta: crisis enormes, invasivas. Pero hoy no sabemos qué hacer, cómo hacer. Entretanto aparecen en el horizonte distintas claves de la tragedia. Las grandes instituciones suelen medir sus palabras: la CIA ha calificado de apocalipsis total la situación en Siria. Barack Obama nunca quiso verse mezclado en otra guerra en Oriente Medio. Violentó y cruzó sus propias líneas rojas y hoy sus analistas más afines gritan: basta ya, enough is enough! Ahora la opinión pública le reprocha no haber sabido combinar la diplomacia y la fuerza, el compromiso moral y la estrategia. Y aquí estamos. Obama se ha plegado a la política de Putin. En estos días se anuncia la retirada rusa, parcial eso sí, de Siria. Si un día de verano, 10 de junio de 2014, no hubiera aparecido Daesh tomando al asalto al norte de Irak la ciudad de Mosul, seguiríamos hablando de un conflicto lejano. Un general americano lo repetía en el trance final: la historia de todas las derrotas, de todos los fracasos, se resume en dos palabras: Demasiado Tarde.

Darío Valcárcel, periodista.

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