La otra América

Por Mario Soares, presidente de Portugal entre 1986 y 1996 (LA VANGUARDIA, 05/09/04):

La convención del Partido Republicano en Nueva York para aclamar a Bush no ha sido únicamente un acto gratuito de provocación celebrado en la ciudad más cosmopolita de Estados Unidos y mayoritariamente demócrata, sino también la demostración de que el país se halla profundamente dividido, como en ninguna otra convocatoria electoral del pasado. Repárese al respecto en lo que significa la extraordinaria y sorprendente manifestación anti-Bush del domingo pasado.

No es John Kerry, un moderado y supercivilizado senador de Boston la ciudad más aristocrática de Estados Unidos, quien suscita esta división irreductible: es el odio a Bush. La incapacidad visceral de millones de norteamericanos que se sienten hijos de una tierra de libertad para aceptar el fanatismo y fundamentalismo de Bush y su equipo. Su aguda conciencia (que confío se afiance) de que la reelección de Bush constituiría una catástrofe para Estados Unidos, en primer lugar, para Occidente (Estados Unidos y Europa) y para el mundo en general.

Cualquier atento observador de las imágenes televisivas de todo el mundo sobre la manifestación del domingo un día antes de la convención republicana pudo caer en la cuenta de que una realidad muy profunda e inédita se abre paso en Estados Unidos: la explosión popular de los que detestan a Bush y no soportan su política ultraconservadora estrechamente vinculada a su fundamentalismo religioso. Se trata de un fenómeno tan evidente hace muchos decenios que no se presenciaba en Nueva York una manifestación de estas dimensiones, calculada en 400.000 personas que la estrategia de Bush en la convención se ha mostrado absolutamente a la defensiva y ha consistido en ocultar de las miradas a sus más conocidos neocons, colocando en la tribuna de oradores a republicanos menos fanáticos en el plano religioso y más moderados políticamente, como por ejemplo Michael Bloomberg, el multimillonario alcalde de Nueva York; el gobernador de California, Arnold Schwarzenegger; el ex alcalde de Nueva York Rudy Giuliani. La tropa de choque de los neocons, empezando por Dick Cheney, Donald Rumsfeld y los teóricos del ultraconservadurismo, así como algunos ex izquierdistas confesos como Paul Wolfowitz, Bill Kristol, Richard Perle, Ralph Reed (de la Christian Coalition of America), etcétera es decir, los que sujetan las riendas del poder se esfumaron como por arte de magia.

El triunfo de los republicanos parece desembocar en la realidad de una “nación en guerra”, el llamamiento a un patriotismo ciego que presenta a Bush como un hombre fuerte, el ideal “presidente de tiempos de guerra”. ¿Guerra contra quién y contra qué? ¿Contra el abominable Saddam Hussein? Pasó a la historia con la celeridad con que desaparecen los déspotas. Contra el terrorismo, obviamente.

Sin embargo, el terrorismo se encuentra más fuerte y amenazador que nunca. Iraq se ha convertido en un inmenso campo de entrenamiento de nuevos terroristas. Efectivamente, después del día inicial de la convención, en una de sus meteduras de pata habituales, Bush pensó dar en el clavo al proferir que “la guerra contra el terrorismo no puede ganarse”. ¿Entonces…? ¿No equivale este franco y súbito desahogo a la confesión de que la estrategia de lucha contra el terrorismo, basada en la “guerra preventiva”, ideada o si se quiere actualizada por la Administración Bush, se halla entera y totalmente equivocada y superada?

Afortunadamente, se oponen a Bush, en general, las universidades norteamericanas y la flor y nata de la intelectualidad, así como la mayoría de los artistas de varia condición; los parados crecientemente en aumento; los cuadros directivos, que temen la crisis económica y el déficit colosal estadounidense, cuya responsabilidad recae sobre Bush; las minorias étnicas, la mayoría de los hispanos, afroamericanos y asiáticos; los pobres preocupados por los recortes en las políticas de ayuda a la educación, la sanidad, la vivienda…; las miles de ONG que batallan por los derechos humanos; los promotores de causas humanitarias; los medioambientalistas; las asociaciones feministas; los homosexuales; numerosos antiguos combatientes; algunas de las familias de los fallecidos el 11-S y en Iraq, que se elevan ya a casi un millar (además de los heridos y lisiados); las asociaciones religiosas temerosas del fundamentalismo evangélico de Bush y de sus mentores; los pacifistas y, sobre todo, todos quienes poseen una visión progresista de Estados Unidos, inquietos por su aislamiento y su creciente desprestigio en el mundo. Son, efectivamente, muchas personas, como ha señalado Michael Moore, uno de los organizadores de la gran manifestación de Nueva York, “unidas por la paz y la justicia”, codo con codo con el reverendo Jesse Jackson y la líder del movimiento, Leslie Cagan. Además de reclamar el regreso de los soldados norteamericanos de Iraq, exclamaban: No más sangre por petróleo y reclamaban otra América.

Lo más inquietante es el auge del fundamentalismo religioso como factor de explicación de las opciones políticas. Representa un retroceso de varios siglos en términos de civilización, intolerable, que de tener éxito destruiría todas las esperanzas humanistas que pueda presenciar el siglo XXI.

El editorial del diario Le Monde del pasado 29/30 de agosto, titulado Fundamentalismos, señalaba: “Cualquier amalgama entre los distintos fundamentalismos religiosos sería evidentemente absurda. Existen numerosas diferencias entre los milicianos islamistas de Moqtada Al Sadr que defienden el mausoleo de Ali en Najaf y los fundamentalistas del sur baptista estadounidense que creen en la creación divina del mundo en siete días, detestan a los homosexuales, defienden la pena de muerte, apoyan a Israel en nombre del sionismo cristiano, favorable a la reunión de todos los judíos en Israel a fin de convertirles mejor (…) Dios se ha convertido en el pretexto de la mayoría de las reivindicaciones nacionalistas, étnicas, políticas e identitarias (…) Bush predica la reforma moral. Pero el peso del fundamentalismo evangélico de los congresistas republicanos en el Congreso y la Casa Blanca preocupa”. Concluye: “Esta visión de la religión debe ser denunciada. Refuerza la peligrosa tesis del choque de civilizaciones, que es en el fondo el credo que comparten todos estos fundamentalismos más allá de sus diferencias”.

No es posible ser más explícito. Es el mismo factor que se halla en liza aparte de tantas y tan importantes cuestiones en las próximas elecciones presidenciales estadounidenses.

¡Viva, entonces, la otra América la que nos proporciona esperanza, la de la paz, la libertad, la laicidad y el progreso para todos, la de la solidaridad y la justicia!