La otra oportunidad del PSOE

La inmensa mayor parte de los ciudadanos ignoramos lo que pueda ser por dentro un partido político. Casi nadie ha militado, ni hoy ni nunca, a la vista de los porcentajes de participación orgánica o siquiera financiera en las cuentas de partidos nuevos, viejos o en fase de madurez interesante. La magnitud del enigma para casi todos sus clientes y espectadores es formidable, incluso si se ha coqueteado con una posible inscripción como simpatizante.

Por supuesto, me incluyo en esa abrumadora mayoría absoluta que no ha pisado una sede en su vida ni ha conocido a un candidato a nada y ni siquiera se le ha pasado por la cabeza afiliarse en el sentido real de la palabra militancia: acudir a las llamadas de auxilio en período electoral, preparar la lectura de los textos que serán debatidos en sucesivos foros de debate, etc. Lo hice a los 15 o 16 años, es verdad, en las Juventudes Comunistas del PSUC, la Juve la llamábamos, allá por la segunda mitad de los años setenta, antes o durante el golpe de 1981 y después de 1978: soy incapaz de precisar más e incluso así puedo equivocarme.

Es ese hueco biográfico y democrático lo que estimula culpablemente la lectura detenida de los reportajes, los informes, las noticias y los chismes que suscitan las primarias de los partidos, también las del PSOE. Pero es una atención lectora perpetuamente defraudada o aprensivamente segura de no acceder nunca ni a las claves ni a los datos reales para entender las cosas, o entender al menos el significado político e ideológico detrás de las cosas que vemos. Lea lo que uno lea, no hay crónica que cale en el fondo del secreto, en el corazón del misterio, en la raíz de lo que de verdad sucede dentro de un partido. El momento estelar del PSOE en la democracia fueron dos: el primero sucedió en 1979 y consistió en un congreso celebrado en dos fases para eliminar de su definición política el marxismo y ratificar como candidato a Felipe González contra quienes quisieron ser leales a la definición histórica y antigua del partido; el segundo bien pudiera ser el más famoso Consejo Federal de todos los tiempos, en el que, como algunos suelen decir, Pedro Sánchez dimitió como secretario general, o bien en el que, como dicen otros, Pedro Sánchez fue premeditada e irreversiblemente abocado a una autodefenestración, que es la variante de cese político más sofisticada de la que es capaz un partido en democracia.

Muchos creyeron (creímos) que aquella era una operación respaldada por los poderes históricos del PSOE. ¿Históricos? Quiero decir los poderes que tuvieron baronías y mando real durante toda la democracia, o la inmensa mayor parte de la última democracia: son los mismos que respaldaron en una foto a la búlgara a Susana Díaz, acompañada, jaleada y admirada por todos ellos. No faltó nadie de la primera línea del partido en la primera línea de la candidatura: una impresionante pole position.

Yo creo que desde ese día el desvelado simpatizante que había dedicado tanto tiempo a estudiar papeles, a leer crónicas, a fisgar en twits y digitales y confidenciales vio por fin la luz y entendió el enigma o la magnitud del secreto, y supo entonces ya sin dudas qué estaba pasando. Y acto seguido el votante receloso o descontento con las últimas etapas del partido socialista (incluida la secretaría general orgánica de Pedro Sánchez) supo que, en caso de ser militante o simpatizante del PSOE, votaría contra el significado simbólico e icónico de esa foto, votaría precisamente contra el consejo de un senado político blanqueado de edad, de historia y de poder.

Jamás creí que alguna vez llegaría a escribir que una imagen vale más que mil palabras. Es mentira, pero como casi todas las mentiras alguna vez parecen verdad. La fotografía de jefaturas y autoridades que promovió con ilusión la inesperada candidatura de Susana Díaz a la secretaría general lo dejó todo claro para el futuro y para el pasado. Sobre el pasado, hizo pensar a muchos que el secretario general del PSOE Pedro Sánchez no lo había sido exactamente, o lo era sólo de forma accidental y transitoria, mientras que ayudaba a creer que había una segunda oportunidad para renovar el PSOE como en 1979 y en otro momento crucial: sin las manos atadas a un pasado ilustre, senatorial y antiguo.

Jordi Gracia es profesor y ensayista.

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