La otra revolución sexual

En los años ochenta, mientras atravesaba la zona boscosa que entonces separaba la Universidad Autónoma de Barcelona de la estación de tren, se me acercó corriendo un desconocido e intentó abrazarme. En ese momento recordé un comentario: en aquella zona pululaba un violador. Me quedé helada. Pero fue mi inmovilidad la que me salvó: sin sentir resistencia por mi parte, el hombre se alejó frustrado. Enseguida fui a denunciarlo a la Guardia Civil pero los dos agentes presentes en la comisaría se burlaron de mí en mi cara.

Aquella fue la primera vez que experimenté una agresión. A lo largo de los años, los malos tratos machistas me persiguieron en distintas partes del mundo occidental, tanto en las universidades como en las empresas. Y confieso que después de la respuesta de aquella Guardia Civil de los primeros años de la democracia ya nunca me atreví a buscar justicia.

Estoy segura de que muchísimas mujeres —aunque también bastantes hombres— habrán estado maltratadas, agredidas o violadas y no habrán podido denunciar lo ocurrido. En los puestos de trabajo frecuentemente se trata de una relación de poder como la que describe de manera brillante la obra de teatro Oleanna, de David Mamet: un profesor descubre a una alumna como a un ser débil y, desde su posición dominante empieza a tocarla, aparentemente con solicitud; pero ella se rebela denunciándole a las autoridades de la universidad: entonces el poder pasa a las manos de la chica; al profesor le echan de la universidad y su familia se desentiende de ese monstruo estigmatizado.

Esta obra de 1992 anticipa el futuro porque últimamente ese proceder se ha convertido en masivo; para dar un ejemplo, eso le ha pasado a Lorin Stein, director de la prestigiosa revista literaria norteamericana The Paris Review. Stein, que desde 2012 insufló nuevo aliento a la revista que había lanzado a la celebridad a autores como Jack Kerouac, Philip Roth o Adrienne Rich, iba flirteando con sus autoras, algunas veces de modo atrevido. La oleada de denuncias que se ha apoderado del mundo occidental bajo el lema MeToo se llevó por delante también a Stein, que se ha visto obligado a renunciar a su puesto tanto en la revista como en la editorial Farrar, Strauss & Giroux.

En el momento en que escribo estas líneas, la ola de denuncias ha alcanzado a pocos políticos y sí a muchos hombres de la cultura, entre las celebridades más visibles al actor Kevin Spacey; al director del NY City Ballet, Peter Martins, heredero de Balanchine, y al titular de la Filarmónica de Nueva York, James Levine. Tres genios, entre muchos otros, que han perdido su carrera profesional y, antes de que intervenga la justicia, se han convertido en personajes tóxicos. En el caso de Stein, los testigos de la denunciante principal eran su marido y unas amigas.

Tras el escándalo de Harvey Weinstein se ha creado una lista de cerdos donde se pueden añadir, de modo anónimo, los nombres de los agresores, siempre que provengan del gremio editorial, de los medios o de Hollywood. Esa práctica me recuerda los tiempos del totalitarismo comunista cuando se denunciaba masivamente y de modo anónimo y el denunciado se convertía arbitrariamente en acusado. Además, hay una pregunta que me persigue: ¿por qué precisamente la clase intelectual se ha convertido en el blanco de la ira?

La revolución contra el machismo agresor, en un principio positiva, ha escarmentado por otro lado a varios talentos sobresalientes de la cultura. Un grupo de actrices norteamericanas afirma que esta manera de proceder recuerda el mccarthyismo; Woody Allen, él mismo acusado de agredir a menores de edad, habla de una caza de brujas. Y hay signos que indican que algunos aspiran a acabar con la libertad creadora: una petición lanzada recientemente en Nueva York pide que el Met retire un cuadro de Balthus: “El Met está respaldando el voyerismo y la cosificación de los niños”, alega la petición.

Pero volvamos a las víctimas de la violencia machista: parece que muchas de ellas pueden encontrar más justicia hoy que la que encontré yo en los años ochenta. Desgraciadamente, se ha comprobado que algunos hombres falsamente acusados, o sea, personas inocentes, se declararon culpables para eludir el escarmiento público. ¿Será posible evitar que hombres y mujeres que únicamente persiguen venganza puedan actuar de modo arbitrario? Sería de desear; si no, la falsedad se impondrá sobre los casos reales y auténticos.

Monika Zgustova es escritora. Su último libro es Vestidas para un baile en la nieve.

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