La paga de mil euros

En las escuelas de negocios, tan valoradas en España entera como fuente nutricia de los saberes del delfinato empresarial, se proyectan en ocasiones películas consideradas de culto para el mundo del business. Filmes como la trilogía de El Padrino, o las exitosas exhibiciones del mundo de Wall Street, tienen su utilidad para los cachorros del comercio y el mercado. Nada que reprochar. Por más que huela, sigue siendo material vivo. Pero se podría afirmar sin riesgo de equivocarnos que ninguna de nuestras escuelas de negocios dedicadas a la formación de hombres de empresa, hoy “emprendedores”, sería capaz de proyectar a sus alumnos un filme como el recién estrenado Dos días, una noche, de los hermanos belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne.

Y en verdad que nuestros futuros empresarios-emprendedores aprenderían mucho sobre la economía real, porque la película gira en torno a una idea muy sencilla, la de una pequeña empresa donde el director pone a sus 16 trabajadores ante un dilema: readmitir a una empleada que ha estado de baja por depresión, o despedirla y cobrar una paga de 1.000 euros cada uno.

Dos días y una noche será el tiempo que tiene la protagonista -la oscarizada actriz Marion Cotillard, en un papel difícil donde se mezcla la sencillez con esa vulgaridad de lo cotidiano- para conseguir que la votación de sus 16 compañeros “de clase trabajadora”, expresión hoy en desuso, le sea favorable. Lograr convencerles de que por encima de la paga extra que ofrece la dirección está su derecho a incorporarse y ganar un salario imprescindible para una familia en precario.

Los viacrucis católicos, esas paradas de evocación de un Cristo humillado camino del cadalso, están impregnados de piedad, que es un sentimiento de consuelo desde la superioridad. El piadoso se solidariza con el que está en peores condiciones que él. Pero las cosas han cambiado, quizá porque todos somos parecidos en la crisis y la derrota, y por tanto el sentimiento dominante hoy no es la piedad sino el miedo. Ese sentimiento que llenó siglos de literatura y del que Hobbes, un pensador difícil y huidizo, convirtió en substrato de toda su filosofía política. Pero estamos hablando de una pequeña empresa, una fábrica, donde una mujer que ha sufrido una depresión, ese cáncer de la voluntad, quiere volver a ser persona, mano de obra, empleada susceptible de un salario, y donde un empresario pone en un brete humano, sencillo y vulgar como la vida misma, a 16 empleados. O apoyas la reincorporación de tu antigua compañera o ganas una paga extra de 1000 euros.

Y entonces se produce lo que podríamos llamar el viacrucis posmoderno de un trabajador al borde del paro. Nada que ver con la piedad sino con el miedo. El miedo habita entre nosotros, igual que hace décadas decían del Espíritu Santo los creyentes. Pero la diferencia -una de ellas, porque hay muchas- consiste en que el miedo no anima a nadie; el miedo es feo, sórdido, humillante, incluso criminal, porque mata. A una persona que le niegas la solidaridad de clase, de trabajador, de colega -¡qué viejo suena esto en sociedades donde los compañeros son capaces de denunciarte a sus jefes sin una pizca de vergüenza ajena, sólo porque ellos piensan de otra manera y quienes no son como ellos habrán de sufrir las consecuencias!-, a una persona en esa situación la estás matando, o llevándola al cadalso, que viene a ser lo mismo. ¿Quién es más miserable, el verdugo o el ayudante del verdugo? Un falso dilema sin otra respuesta que el personaje del viejo filme de Berlanga: alguien tiene que hacerlo; además da de comer y sin demasiado esfuerzo.

Diríamos que es un viacrucis del miedo el que la protagonista emprende durante “dos días y una noche” visitando a sus compañeros con el fin de convencerles de que se ha recuperado y quiere volver al trabajo. Pero si vuelve al trabajo ellos perderán los mil euros de la paga que les ha ofrecido el jefe, razón por la que cada uno va desgranando sus motivos, ya sean para rechazar la oferta o para aceptarla alegando cosas muy obvias: la crisis, las necesidades domésticas, la hipoteca…

La perversidad del sistema en que vivimos es tal que tras ver este filme demoledor, sin una pizca de tendenciosidad, uno se llena la cabeza de preguntas: ¿quién es más cabrón, el jefe que les pone ante una decisión salomónica -el dinero o la conciencia- o los currantes que ya se habían hecho a la idea de una paga de 1.000 euros y creían no tener que sufrir más la presencia de esa despedida que desapareció en el pozo del no ser, la depresión y el paro? Hay una breve escena, apenas unos planos que no llegan a secuencia, donde un veterano y su ayudante, que podría ser su hijo, se enfrentan a una situación inesperada: la despedida les visita mientras hacen trabajos en negro de chapistas para pedirles que voten por su incorporación. La reacción violenta del niñato, con su novia al fondo, es la propia de ese rufián arrogante al que la vida cotidiana nos ha acostumbrado, la de esos mismos que exhibían su coche de alta gama ante el maestro de escuela al que habían abandonado entre risas: “usted sigue con su sueldo de mierda y su trabajo de recuperar desperdicios humanos, y yo disfrutando de este buga que jamás soñará usted conducir”.

“¿A qué vienes -le dice el payo bragado y prepotente? A quitarnos nuestros mil euros”. Un escupitajo en la cara del derrotado que obliga a preguntarte si Hobbes y el lobo del hombre no habitará entre nosotros, pero no entre el señor Rato y el señor Blesa, ni entre el señor Bárcenas y el compañero Fernández Villa, ni entre la basura de Fabra o Cotino y aquella familia modelo Pujol Ferrusola. No, nada por el estilo, porque los delincuentes de altura respetan sus territorios, sino entre gente que está “a la última pregunta”, esa expresión ya desaparecida de nuestro lenguaje cotidiano, que indicaba el momento en que se pasaba de la pobreza a la miseria.

Hace muchos años se exhibió una película que nadie que la haya visto podrá olvidar. Doce hombres sin piedad, una joya del cine norteamericano en los años más negros de la censura y la guerra fría (1957), pero donde el director Sidney Lumet, supo exhibir la psicología de quienes formaban el jurado en un juicio controvertido. Ahora, en esta Dos días y una noche de los hermanos Dardenne, tenemos a 16 empleados sin piedad, algunos apenas entrevistos, otros retratados en apenas un plano y tres frases. Enfrentados a una situación que hace años nos hubiera parecido algo tan retorcido y criminal como las exigencias del mercader de Venecia en la tragedia de Shakespeare.

Algo similar, pero sin gran literatura, ni personajes de psicología insondable, ni posibilidades de interpretaciones que van más allá del texto o de la imagen. En este caso son 16 currantes y un director de empresa astuto y sin conciencia, esas nuevas cualidades para la vida moderna que nos han enseñado grandes profesionales como Jordi Pujol, el que fuera comisionista del agua en el oasis; Artur Mas, el engaña bobos; Esperanza Aguirre, la aristócrata del gremio de trileros; Mariano Rajoy, el registrador de propiedades ajenas, y mi favorito, Luis Bárcenas, el mejor administrador de fondos políticos que haya existido desde el fallecimiento del inolvidable Prado y Colón de Carvajal, el manco. ¿Por qué el mejor? Porque la cima de ese oficio de tinieblas consiste no sólo en hacerte rico tú sino en lograr que el partido tenga superávit y pueda repartir sobres sorpresa a la dirigencia, siempre necesitada de estímulos éticos y morales.

No se pierdan Dos días, una noche. No les garantizo que disfruten pero aprenderán muchas cosas que les quedaban por saber. De ahí su importancia en el ámbito de la escuela de negocios; no les hará más humanos, ni más sensibles, pero al menos dilatará sus pupilas mentales. Durante una hora y pico serán nada más que personas, algo así como un confesionario de los antiguos, que incluían examen de conciencia y una penitencia de las que no cotizan en bolsa.

Gregorio Morán

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