La palabra al pueblo

Por Manuel Montero, catedrático de Historia Contemporánea de la UPV-EHU (EL CORREO DIGITAL, 01/05/07):

Vivimos simultáneamente historias divergentes, que apenas tienen que ver entre sí, excepto en los sobresaltos que provocan a la ciudadanía. Un fruto de esta fragmentación de la secuencia política lo constituye el último presagio de referéndum. Estaban nuestros avatares patrios discutiendo sobre si Batasuna podría presentarse a las elecciones y en la porfía de si hay proceso o no, dilemas que ya aportan bastantes motivos de desazón, y sonó la vieja buena nueva. Hacía la intemerata que nadie se acordaba del plan ni de la consulta popular que le acompañaría y de pronto, sin hilazón lógica con los acontecimientos de estos meses -antes bien contraviniendo lo que de ellos se deduce-, avisa el lehendakari de que «haga lo que haga ETA, dará la palabra al pueblo esta legislatura». Éramos pocos y llegó la primavera.

Lo de dar la palabra al pueblo tiene un toque épico que casa mal con el aire cansino que ha adquirido la cosa vasca. No parece que el pueblo (vasco) se debata angustiado por no poseer la palabra. ¿Carece de ella? Se diría que así lo piensa el lehendakari. No sé: a primera vista parece que el pueblo hace uso de la palabra con frecuencia. A diario, en los medios de comunicación, en los foros públicos; en términos políticos casi todos los años, en las elecciones municipales, forales, autonómicas, generales, europeas Cuesta entender eso de que se va a dar al pueblo la palabra, lo que sugiere que no la tiene. A no ser que disguste qué dicen los ciudadanos cuando la utilizan y se quieran cambiar las reglas del juego para oír algo distinto, sustituyendo las expresiones plurales por el todo o nada, aquí te pillo y ahí os las den todas.

No es la primera vez que el lehendakari emplea esta locución solemne. Al convocar las últimas elecciones autonómicas, tras el chasco de la visita a las Cortes con el plan, lo dijo: «Decido dar la palabra al pueblo vasco, y convoco a las elecciones al Parlamento vasco el 17 de abril de 2005». Convendría aclarar en qué consiste dar la palabra al pueblo, si en convocar elecciones o en cambiar las reglas del juego democrático. No está de más recordar que cuando esa vez el pueblo tuvo la palabra rebajó los entusiasmos soberanistas; y eso que el candidato había reclamado una mayoría amplia y así «coger fuerza para la negociación e impulso para decidir». El pueblo no estuvo a la altura y la mayoría lo fue menos. Quizás se debió a la manía que tiene el pueblo de vivir ensimismado en las cosas cotidianas y a su incapacidad congénita (pero humana) de morar todo el rato en la trascendencia. Un poco de emoción histórica gusta, pero cansa pasarse el día guillotinando a Luis XVI y a Robespierre.

Con todo, entre nuestros próceres sobrevuela la idea de que estamos en el momento fundacional del Pueblo Vasco, en el instante decisivo. ¿No se deduciría esto del discurso del lehendakari cuando la investidura como doctor ‘honoris causa’ por la Universidad de Córdoba, Argentina, el pasado octubre? «Porque el Pueblo Vasco tiene 7.000 años de historia, podemos también decidir entre todos, los vascos y las vascas, nuestro futuro para los próximos siete mil años». Induce aprensión la posibilidad de que esto no sea figura retórica, vaya en serio y que se quiera que decidamos ¿para los próximos siete mil años! No hay memoria de propósito tan luengo. Sí convencimientos de regímenes que durarían un milenio pero siete mil años se antojan muchos. Quizás queremos decidir para toda la eternidad.

Supongamos, pues, que la que precede es una lectura exagerada. Concedo. Pero funciona la especie de que nos ha tocado en suerte -mala suerte la nuestra- decidir para un futuro largo y de que la historia de los vascos se dividirá en antes de nosotros y después de nosotros. No parece que tal papelón sea para felicitarse. Bien mirado, en siete mil años siglo arriba siglo abajo no se notaría, y ya podía haberles tocado a los de 2107 ó 2227, que les vamos a dejar todo hecho y se pasarán el día haciéndonos hermosos poemas laudatorios o echando pestes de nosotros, según les vaya, pues no hay por qué suponer que serán unos agradecidos.

El lehendakari suele repetir la idea de que es misión de nuestra generación hacerles el trabajo a las venideras, que tendrán que apechugar con lo que les dejemos. «Es la oportunidad de nuestra generación y nuestra responsabilidad con las generaciones futuras. No podemos defraudarles», aseguraba en septiembre. Ya en 2004 había introducido el tema. «¿Qué maravillosa oportunidad para la actual generación de vascos y vascas el tener en nuestras manos la capacidad de decidir nuestro propio futuro!». En los discursos de Nochevieja es ya un clásico. 2005: «Nos ha tocado a nuestra generación lograr la paz y decidir nuestro propio futuro». 2006: «Para nuestra generación, nuestro objetivo y nuestra responsabilidad es trabajar para alcanzar la paz, y también lograr acuerdos políticos para decidir nuestro futuro». Ya veremos este año. Lo importante es la imagen de que esto es un asunto generacional, trascendente, no un apaño para arreglarnos el presente, sino el propósito de diseñar de golpe el Futuro, dicho sea con mayúsculas.

Estas expresiones no resultan del todo sorprendentes en la política vasca, con frecuencia presa de los raptos oníricos y en la que ilusiones y realidades suelen confundirse. Sin embargo, ¿de dónde sale la idea que magnifica nuestra importancia histórica, según la cual justo a nosotros nos toca resolver de un plumazo todos los problemas seculares y en vez de mirar por nuestras cuitas tenemos que velar por las trascendencias sempiternas? Parece que estamos ante el tribunal de la historia milenaria. A lo mejor estas cosas nos llevan a perder el sentido común y la perspectiva.

Quizás el lehendakari se siente atado por su sugerencia electoral de que habría referéndum en esta legislatura. Pero tiene una promesa previa, y bien solemne: que no nos meteríamos en estos berenjenales mientras no estuviésemos «en ausencia de violencia». Pues no lo estamos, y entre ajustarse a un compromiso ético previo o a una indicación electoral, parece mejor lo primero, que además significa rehuir las rupturas en la sociedad vasca. Palabra de vasco contra palabra de vasco: las dos no pueden cumplirse. O una u otra. Convendría elegir la convivencia y dejarse de cargas generacionales.

Pero si prospera la idea de dar la palabra a los vascos, propongo fecha para el referéndum: 30 de diciembre de 2007. Por varias razones. Una, personal: hace unos quince años escribí en estas páginas una parodia surrealista en la que fabulaba que en 2007 habría referéndum en el País Vasco; de haberlo, me encantaría quedar de adivino. Dos, fundamental, tal día es San Sabino, santo que alguna connotación tiene. Tres, un 30 de diciembre el lehendakari accedió al cargo, bien podría conmemorarse así la fecha. Cuatro, es el aniversario de la aprobación por el Parlamento del plan Ibarretxe, qué mejor forma de celebrarlo. También es el de la bomba y asesinatos de Barajas, pero esto, en vez de un impedimento, hace más oportuna la fecha para referéndum, así todos sabremos de qué va esto.