La papeleta del PNV

Ibarretxe tiene una papeleta, la blanquiverde que nos enseñó el pasado miércoles a todos; pero el PNV tiene un papelón. El primer combate del ‘play off’ entre el lehendakari y su partido se ha inclinado a favor de aquél, pero cuesta creer que éste se vaya a limitar a esperar los acontecimientos. Cuesta creer que un partido de poder, acostumbrado a casi treinta años de gobierno casi total sobre los vascos y vascas, asista pasivo y diletante a una debacle que no sólo amenaza con llevarse por delante al aventurero, sino también las posibilidades de su organización política y, si me apuran (o si apura él hasta el extremo), la convivencia y seguridad jurídica de este país.

El nacionalismo inventado y creado por Sabino Arana siempre tuvo problemas de adaptación a las formas de lo que podríamos llamar ‘la política moderna’, la democracia liberal. Uno de ellos, casi ontológico, fue su propia percepción como partido o como otra cosa. Más allá de las denominaciones, el PNV no se ha visto hasta muy tarde como un partido -como una parte de la ciudadanía vasca-, sino como un movimiento -‘comunión’, se llamó en un tiempo- representativo y expresión de la realidad y vitalidad de la nación vasca. Esta creencia explica en parte por qué, a diferencia del nacionalismo catalán (o gallego), hasta los pasados años sesenta, tras la aparición de ETA como cisma intergeneracional entre los patriotas -y prescindo de la casi ‘anécdota’ de ANV-, la historia del nacionalismo vasco es en sus dos terceras partes la historia orgánica del PNV.

Creerse la representación de los elementos útiles para la nación, de los patriotas, supone un peligro para la sociedad de consecuencias conocidas. Pero a los efectos que en esta reflexión interesan, tiene por consecuencia que en un supuesto de ruptura interna la cosa es dramática. El cisma de la aparición de ETA lo amortiguó el propio escenario de la dictadura, silenciándolo y derivándolo al terreno privado de las familias nacionalistas. El otro cisma, el de la escisión de Eusko Alkartasuna en 1986, sigue impreso en el ADN nacionalista como lo que no puede volver a pasar. La sola hipótesis de una nueva ruptura interna provoca pánico en todos los niveles de la militancia jeltzale. Al punto de que se prefiere acabar embarrancando juntos que propiciar el remedio al precio de la división.

Solo esto -o esto fundamentalmente- parece explicar el riesgo de debacle que está arrostrando el PNV al vincular sumisamente su destino inmediato a la ‘aventura ibarretxiana’. Lejos de resolver de una vez la pregunta también ontológica de cuál debe ser el papel de un nacionalismo moderno y constructivo en la compleja sociedad del siglo XXI -esa respuesta dada por Imaz a la que no se quisieron sumar los jauntxos de su partido-, el PNV opta por que sea el pueblo de vascos y vascas quien aparentemente se la solucione. Ése es el único derecho a decidir que está aquí sobre la mesa, y es el más ocioso y subsanable de todos: el recuento en un referéndum de los profunda y militantemente partidarios de un soberanismo retro y cañí. Una respuesta que, de producirse, es pan para hoy y hambre para mañana, porque la oposición del Gobierno y de las fuerzas políticas españolas (y de buena parte de las vascas) deja de nuevo sin resolver la solución estratégica… salvo que se opte otra vez por la de la suma de fuerzas propias y confrontación contra el ajeno.

Y, aún, ni así. ¡Menudo pertrecho institucional para un lehendakari de todos los vascos y vascas!
Así que la papeleta del PNV, su papelón presente, tiene que ver con el hecho de que Ibarretxe les ha adelantado en la salida y, manejando fantasmas profundos del partido, ha forzado a éste a tenerlo como único guía y candidato, y como único intérprete de la estrategia a seguir. Entre marzo de 2008 y marzo de 2009 se podía haber preparado un recambio personal y táctico para las próximas elecciones autonómicas, una vez que las urnas acababan de hablar, y nada bien para los nacionalistas. Ante esa posibilidad, Ibarretxe ha forzado la máquina y ha colapsado cualquier opción alternativa.

Pero eso no le soluciona el riesgo al PNV. Todo lo contrario. Si Ibarretxe no gana la votación parlamentaria del día 27 o si, ganándola, se ve bloqueada ésta legalmente por un recurso al Constitucional, convocará elecciones anticipadas con él como candidato y con el ‘raca-raca’ de la consulta como punto estrella de su campaña y programa. Opción mala. Si saca adelante la votación, lo hará con los votos de la izquierda abertzale, dejando así transparentes sus opciones y prioridades éticas y políticas. Nada de rechazo de la violencia, preguntas aparentemente de Perogrullo pero profundamente perversas, repetición de su plan en versión aburrida y reiterada… Muy mala opción, por muchos motivos. Si saca adelante su votación con los votos de EHAK y ETA decide atentar con resultado de muerte -algo que está en la cabeza de todos-, las posibilidades de Ibarretxe y de su partido para abrir la boca serán nulas. Opción nefasta. Sean cuando sean las elecciones vascas, con esos antecedentes y si su opositor socialista no comete errores y no se reproduce el clima de tensión de 2000, las opciones del PNV están entre malas y muy menguantes. Porque, además, el victimismo buscado tampoco proporciona dividendos para ese partido. Igual que la pena y empatía por la víctimas del terrorismo dejó en un momento de proporcionar votos de apoyo a los partidos no nacionalistas, la repetición de la jugada de Ibarretxe y la respuesta prevista en el otro lado no reporta dividendos electorales al PNV. El ‘raca-raca’ ha sacado al lehendakari de su foto siempre buscada -la de Cristo entre los dos ladrones-y le ha enviado a un lejano margen del encuadre donde no se le distingue entre las dolorosas llorosas o el cuerpo suspendido del de las treinta monedas.

No se sabe muy bien a cuántos embates es este ‘play off’ interno del PNV. Lo que sí está claro es que el tiempo corre en contra de la lógica e intereses del partido y a favor de la supervivencia personal y política de Ibarretxe, los ‘ibarretxianos’, sus supersticiones y sus mantras. Cuantos más días pasen con el miedo a que se rompa el jarrón, más vinculará el PNV su destino futuro al de este hombre y, con él, a sus peligrosas apuestas: buscar la complacencia de la izquierda abertzale, y arriesgar la dependencia brutal y criminal de una acción de ETA. Las dos cosas connotan tanto ética como políticamente. Pero si lo más trágico pasa, pocos ciudadanos vascos van a entender otra vez las lágrimas de cocodrilo de uno y otros.

Y lo que es peor, puede que algunos en el PNV se hayan resignado al hecho de que sólo tras una histórica derrota se generará el clima interno para abordar en condiciones ese debate pendiente que tienen. Una vez derrotados pueden quitarse de encima el peso del ancla de este Mesías y ponerse a discutir de política con la franqueza y diferencia interna con que lo hacen los partidos, y no las comuniones. Si están optando por esa vía menos mala, también debieran reflexionar sobre si el precio de tal jugada no es poner al país, a toda la ciudadanía vasca, de nuevo, ante un riesgo de confrontación que para nada se merece. Un pequeño detalle que esa ciudadanía le viene repitiendo al citado partido con acusada insistencia electoral.

Antonio Rivera