La parábola de «No hay que mirar al perro»

Cuántas veces nos hemos quejado de esos españoles que pitan el himno nacional, hacen de nuestras frustraciones modus vivendi, o nos desacreditan en el extranjero proclamando que el nuestro no es un Estado de Derecho. Demasiadas tal vez. Quienes actúan así merecerían quedarse atrás.

Hace años alguien me regaló un mastín llamado Bruno. Todos los días lo sacaba de paseo. De vez en cuando se paraba a olisquear y tenía que llamarle para que viniera, pero no lo hacía; cambiaba de actitud cuando me alejaba decidido sin mirarlo. Al observar que lo ojeaba, se volvía a detener como si remitiera su instinto a no extraviarse. Tal experimento doméstico reforzaba una teoría del management americano del siglo pasado, que aseguraba que la mejor solución para ser eficaz es no intentar resolver problemas (pretender que el perro te siga o metafóricamente que los resentidos recapitulen), sino explorar nuevas oportunidades: me pongo a andar, no vuelvo la cabeza y veamos qué pasa. Corolario: si nos olvidamos de los contratiempos –salvo en casos de categórica exigencia– y nos centramos en nuestras mejores opciones, lograremos éxitos y solventaremos atascos.

El más común de ellos es la insatisfacción de algunos con su fatigada existencia. Tal problema admite tantas variantes que ningún político podría llevarlas en su programa electoral. Mas es un hecho que un país pobre, pesimista o envidioso deja de serlo cuando se hace ambicioso: nos focalizamos en nuestra realidad y no en la de los demás. Centrarse en el logro, dándole fuerte a los pedales de la vida, aporta muchas cosas al individuo, y de paso mengua recelos y complejos.

Otro problema agobiante que nos rodea es el deseo impetuoso de acción cuando surge una dificultad. Lo hemos constatado bajo el clamor facilón de «hay que hacer algo». Esa tendencia atropellada nos viene de antiguo. Pompeyo escribía: «El español prefiere la guerra al descanso». «Hacer algo», sin tener claro qué hacer, fue el epítome de nuestros males. Peor aún: nos llevó a conquistar más que a comerciar. Ahora bien, ha bastado con que a nuestra cultura se le haya dotado de un fuerte componente reflexivo, apostando por becas, erasmus, idiomas y másteres, así como por la asunción de que ganar dinero es saludable, para que a los problemas de siempre se les preste menor atención.

Una de nuestras reincidencias seculares ha sido la de resolver los problemas con leyes confundiendo el orden con la organización. «Ordenado es llevar agenda, organizado es ser puntual». Para Ganivet, la falta de organización representaba la mayor carencia de nuestro pueblo. El orden se basa en la fuerza para mantener un status quo y la organización en el propósito de enriquecerlo. Hernán Cortes hizo firmar a Moctezuma (hoy tenemos demasiados moctezumas) el traspaso de soberanía ante notario, creyendo que aquel acuerdo resolvería los problemas con los indios. Mejor habría sido optar por la pertinencia de fomentar la sanidad, la vivienda o las escuelas de los indígenas. Porque si queremos algo, hemos de establecer una organización que lo haga posible. La Constitución o los Estatutos de Autonomía ofrecen orden, pero no para toda la vida. Tendremos que saber con qué fin los reformamos si deseamos actuar de forma organizada.

Por otro lado, la crisis ha removido la pobreza. No obstante lo cual, esa creencia de que al apurado se le resuelve antes la vida con una renta vitalicia que con un trabajo, es ahondar en el problema y no en la oportunidad. De la chabola te vas, no te sacan (que se lo pregunten a algunas alcaldesas). En su interior solo hay problemas, y derruirlas es trasladarlas. Las soluciones están fuera, y para ser exprimidas exigen una buena ética de trabajo. El leninismo, el castrismo o el chavismo encararon el problema de erradicar favelas, bohíos y ranchitos y cada vez tienen más. Los comunistas nunca resolverán el problema de la miseria porque viven de ella. El capitalismo, en cambio, se centró en las posibilidades del emprendedor sin «mirar al perro» y como subproducto interesado consiguió repartir riqueza. Los chinos han reducido los asentamientos indigentes no con subsidios sino haciendo de los pobres gente productiva: cuantos más trenes menos chabolas.

Por último, lo que nos predispone a errores de juicio y a escasos consensos (lo acabamos de experimentar en el Congreso con las políticas de seguridad, educación y cultura) es la falta de ecuanimidad: esa pasión dérmica y tertuliana de poner las emociones por delante de los hechos. La ecuanimidad es un objetivo inalcanzable porque la verdad es poliédrica, pero es mejor un poco de ecuanimidad que nada. Vivirla, o por lo menos intentarla, hace que nuestro criterio sea menos bipolar y arrebatado y goce de la belleza ponderada de la matemática.

Por supuesto, hay muchas más asperezas en nuestra cultura, pero todas como en una matrioshka rusa se enfundan en otras. La mayoría son de dificil identificación. Como decía Ortega, «El grito del enfermo no es el nombre de la enfermedad». Lo bueno de analizar oportunidades es que no miramos atrás y convierten al sesteante pelotón ciclista en incisiva fila india. A veces no son oportunas; otras, en cambio, sin pretenderlo solucionan problemas que dábamos por irresolubles. Pero las muy convenientes sirven a todos, y los amargados terminan apuntándose a Instagram o a un tratamiento de hepatitis B, a pesar de que sus ríspidos capitales coticen en el Nasdaq.

Las ocasiones florecen en el exterior, incluida la del agujero del espeleólogo que queda siempre apartada, y nuestro exterior es excelso y panorámico. No en balde somos, como decía Mitterand, la tercera cultura más importante del mundo (la buena noticia es que empezamos a interiorizarlo). Un exterior sobre el que proyectamos lengua, arte, tecnología, transportes… y maravillosos escenarios. Y cuando lo asimilemos habremos de concluir que el monótono problema catalán, el de los resentidos, el de Gibraltar y muchos más no se resolverán contemplando al perro, o intentando contentar al que no se va a contentar, sino, más bien, andando con determinación dentro de nuestros ámbitos más propicios: modernizar Europa, aumentar la inversión extranjera, recuperar el espíritu pionero para nuestra innovación, o explotar la excepcionalidad de que el 80% de las personas que nos visitan repiten. El extranjero no nos sigue porque le halagamos, nos sigue porque le gustamos.

En definitiva, el enemigo doméstico o los problemas que nos retrasan, tendrán que elegir entre secundarnos o perderse por el camino. La metáfora del perro no es el gallardete de una brillante promesa, sino más bien una forma de comportamiento, menos arriesgada de lo que podría parecer, que acostumbra de ordinario a ser eficaz.

José Félix Pérez-Orive Carceller, abogado.

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