La paradoja de las fosas clandestinas en México

El fraccionamiento Colinas de Santa Fe, ubicado en las afueras del puerto, luce como cientos de otros desarrollos residenciales construidos a lo largo de México en las décadas recientes. Las calles están llenas de casas de ladrillo idénticas —viviendas con dos habitaciones, pintadas de colores rosa, azul o verde y que la publicidad destaca que están ubicadas cerca de un centro comercial—. Los patios están llenos de las bicicletas de los niños, canastas de básquetbol y las antenas de la televisión. Pero en los límites del predio, unos investigadores anunciaron en marzo que bajo los campos donde pastaba el ganado estaban enterrados miles de restos humanos en descomposición, incluidos más de 250 cráneos, sepultados en varias fosas.

La mayoría de la gente cree que los carteles de la droga son los responsables de las fosas. Aún falta identificar a la mayoría de las víctimas. Una madre que vive a unas cuadras del sitio dijo que no tenía idea de que los cuerpos estaban ahí. En abril, los residentes interpusieron una queja porque el olor de los cuerpos en descomposición al ser exhumados llegaba hasta sus hogares.

He cubierto la violencia en México desde 2001, pero todavía sigo impactado por la normalidad con la que transcurre la vida a pesar de estas situaciones tan terribles. Un estudio publicado recientemente descubrió que más de 1400 cuerpos fueron sacados de fosas clandestinas del país entre 2009 y 2014. Y son tan solo una fracción de los 176.000 asesinatos que la policía ha registrado en la última década.
Al mismo tiempo, México tiene una economía de billones de dólares y es el octavo destino turístico más visitado del planeta. El gobierno niega que exista un conflicto armado.

¿Cómo podemos entender esta paradoja y clasificar este derramamiento de sangre? ¿Es simplemente un terrible problema de inseguridad o es realmente una guerra? La pregunta no es simplemente para estudiarla —afecta decisiones de la vida real, como las de los jueces que deciden si las personas desplazadas por la violencia pueden ser clasificadas como refugiados—.

La verdad es que este conflicto no solo es sobre el crimen, ni es una guerra civil pero se trata de un nuevo híbrido de la violencia organizada. Nunca entenderemos realmente su naturaleza hasta que México investigue cómo surgieron esas fosas clandestinas. Y esa investigación incluye el papel que desempeña el propio Estado.
Javier Duarte, el exgobernador de Veracruz, fue extraditado de Guatemala el lunes para enfrentar los cargos de delincuencia organizada y lavado de dinero durante su gestión de 2010 a 2016, cuando las fosas en Colinas de Santa Fe fueron descubiertas. Algunos de los exintegrantes de su gabinete también han sido arrestados. Cuando la cantidad de fosas fue revelada, Jorge Winckler, el nuevo fiscal general de Veracruz le dijo a los reporteros: “Es imposible que nadie se haya dado cuenta de lo que sucedió aquí, y de que ingresaban y salían vehículos. Si eso no fue con complicidad de la autoridad, no entiendo de qué otra manera”.

El lugar no fue descubierto por la policía, sino por las madres que buscan a sus hijos desaparecidos. Una de ellas, María de Lourdes Rosales, trataba de localizar a su hijo, un trabajador de aduanas de 25 años que fue secuestrado por un grupo de hombres armados en 2013. Después de que la policía no encontró rastros del joven, ella decidió exigir justicia y se unió a los familiares de más de 30.000 personas que han desaparecido en el país. “Vives con gran dolor todos los días”, me dijo Rosales. “Algo te hace falta en tu vida, en tu corazón, en tu alma, y tu único objetivo es encontrarlos”.

Un día, cuando un grupo de madres marchaban para protestar, un auto se les acercó y un hombre misterioso descendió del vehículo para entregarles un mapa dibujado a mano que mostraba la ubicación de las fosas clandestinas. Las mujeres fueron al lugar y comenzaron a cavar. Los equipos forenses del estado de Veracruz no intervinieron hasta después de que las madres sacaron ropa y huesos humanos.

En junio, las madres encontraron otra fosa clandestina en el estado de Veracruz, debido a que alguien mandó un mapa a una de ellas a través de Facebook.

Estos casos ilustran las características principales de la guerra contra el narcotráfico de México. La mayoría de sus víctimas no son asesinadas en batallas —tiroteos entre grupos armados o enfrentamientos con la policía y los militares—, sino que son llevados por hombres armados o son asesinados directamente. Cuando el gobierno mexicano dio a conocer el más reciente análisis de los asesinatos relacionados con los carteles en 2011, los datos mostraron que un 79 por ciento de los casos se trataban de ese tipo de homicidios.

La justicia es poco común. Un estudio descubrió que cuatro de cada cinco asesinatos quedan impunes en México. Las fuerzas de seguridad combaten a los carteles en diversas partes del país, pero la policía y los funcionarios están coludidos con los criminales, y hasta matan por ellos. Antes del arresto de Duarte, la policía italiana detuvo a Tomás Yarrington, un exgobernador del estado de Tamaulipas que fue acusado en Brownsville, Texas, de diversos delitos como narcotráfico.

Los carteles obtienen miles de millones de dólares traficando heroína, cocaína y metanfetaminas a Estados Unidos, además de dedicarse a una amplia variedad de actividades ilícitas que van desde el secuestro hasta el robo de combustible. Ese dinero es usado para sobornar a policías y políticos, quienes ayudan a los carteles a eliminar a cualquier persona que se interponga en su camino para hacer más dinero. Las víctimas no solo son los operadores de carteles rivales sino también los empleados de aduanas que no aceptan sobornos, los periodistas incómodos y muchos que simplemente fueron testigos del hecho equivocado en el momento equivocado —todos “civiles”—.

Pero al mismo tiempo, para muchos mexicanos la vida transcurre con aparente normalidad —sin batallas con tanques o bombardeos aéreos—. Esto es lo que separa el conflicto de una guerra civil, aunque la cifra de muertos es similar. El patrón de la matanza tal vez se parece a las ejecuciones de los escuadrones de la muerte de una dictadura. Y en Colinas de Santa Fe, los niños jugaban sin saber que cerca de las puertas de sus casas se encontraban unas fosas clandestinas parecidas a las usadas por el Estado Islámico.

Ioan Grillo es el autor de Caudillos del crimen, de la Guerra Fría a las narcoguerras y es columnista de opinión.

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