La paradoja de Madrid

Se habla demasiado de Grecia y no lo bastante de España. El Gobierno griego no ofrece a su pueblo más alternativa que quebrar o volver a entrar en razón, pero, mal que le pese a la izquierda europea, no existe ningún modelo griego alternativo a la economía de mercado y a la buena gestión del Estado. España, por el contrario, demuestra que la aplicación de los principios elementales de la economía clásica lleva a la salida de la crisis, y vuelve a crear riqueza y trabajo a un ritmo sostenido. Desde luego, el camino es largo, doloroso para algunos, pero el progreso económico siempre es un proceso lento. Se necesita tiempo y esfuerzo para conseguir aunque no sea más que un 1% de crecimiento al año, para restaurar el pleno empleo, reembolsar las deudas y persuadir a los inversores nacionales o extranjeros para que creen empresas en España y no en otro lugar. Es lo que ha logrado el Gobierno de Mariano Rajoy gracias a una acción continuada destacable y excepcional en Europa.

El presidente del Gobierno español merece la palma al valor. Y el mundo entero acaba de concederle esta recompensa de forma simbólica, ya que el Estado español ha alcanzado al pelotón de excelencia de las grandes naciones que pueden pedir prestado en el mercado mundial a tipos de interés negativos. En resumen, y para los no expertos, el mundo financiero, los banqueros y los ahorradores confiarán a largo plazo en España y en su Gobierno. La crisis económica, que nació de la fuga de impuestos a riesgo de dejar al Estado español en quiebra, ha terminado. La crisis ha terminado; lo escribo dos veces porque hace muy poco, de paso por Madrid, me pareció que los españoles estaban poco informados sobre esta gran y buena noticia. Ahora que los capitales vuelven a España, se crean nuevas empresas cada día, las marcas españolas alcanzan una notoriedad internacional, el paro disminuye, Renault, por ejemplo, transfiere sus fábricas de Francia al sur de los Pirineos, yo solo he oído en Madrid, básicamente, críticas al Gobierno, en la derecha y en la izquierda.

Desde la derecha se critica tanto el estilo como el fondo: se acusa al Gobierno de falta de empatía hacia los pobres, de no aplicar el programa conservador por el que fue elegido (especialmente contra el aborto), de falta de firmeza ante los independentistas catalanes y vascos. En resumidas cuentas, Mariano Rajoy, elegido por la derecha, gobierna en el centro. Pero, ¿no habrá sido ese pragmatismo aburrido y decepcionante lo que ha llevado a la nación española a aceptar, sin refunfuñar demasiado, las reducciones de las ayudas sociales y una mayor flexibilidad del mercado de trabajo? Tampoco la oposición socialista, que se alza muy suavemente contra una política que funciona, se libra de la tentación centrista.

Esta anemia ideológica de los dos grandes partidos clásicos, el PP y el PSOE, ha hecho que surjan, en la derecha y en la izquierda, «movimientos ciudadanos», Ciudadanos y Podemos, que parecen participar del mismo filón que los partidos o movimientos populistas diseminados actualmente por toda Europa. Hay varios puntos de vista para analizar y clasificar estos movimientos, españoles o no: se puede considerar que regeneran la democracia, dejando paso a nuevas generaciones y a nuevas ideas, o que sencillamente aspiran a sustituir a los partidos existentes, o que canalizan pasiones como el odio hacia los inmigrantes (Frente Nacional en Francia, Pegida en Alemania o Liga Norte en Italia), o el odio hacia el capitalismo (Trotskistas en Francia, Podemos en España). Detengámonos un momento en el caso de Podemos, aún poco conocido fuera de España, pero que en su país goza de una popularidad creciente, al menos en los medios de comunicación. Al haber tenido ocasión de debatir en Madrid con algunos de sus representantes, confieso mi decepción. Como buen liberal, siempre siento curiosidad por las ideas de los demás. Por desgracia, Podemos se limita a reciclar eslóganes arcaicos sobre las «multinacionales» que acaparan el Estado, etcétera. ¿Cómo pueden unos portavoces bastante inteligentes y cultivados proferir banalidades como que «el Estado es bueno», «la economía privada es mala»? Estos dirigentes adultos de Podemos me recuerdan a los adolescentes «indignados» de la Puerta del Sol que hace cuatro años pecaban de utopía y no de simpleza.

¿Nos recuerda esta agitación ideológica, que se manifiesta tanto en la derecha como en la izquierda, en España como en cualquier otro lugar, que la política no exige solo gobernar bien, sino explicar también por qué y para quién se gobierna? Como decía el general De Gaulle (cita apócrifa, desde luego, como las que se atribuyen a Winston Churchill), «Gobernar es hablar a la gente». Ese talento es innato; algunos jefes de Estado y de Gobierno poco dotados para la «comunicación» se remiten a las redes sociales, pero Twitter y Facebook no sustituyen el carisma. Mariano Rajoy no lo tiene, lo que le hace merecer la confianza de los «mercados», pero no la de los españoles.

Guy Sorman

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