La partición palestina: 60 años

Por Abraham B. Yehoshua, escritor israelí, inspirador del movimiento Paz Ahora. Traducción: Sonia de Pedro (LA VANGUARDIA, 21/11/07):

El 29 de noviembre se cumplirán sesenta años de la votación en que las Naciones Unidas aprobaron la partición de Palestina en dos Estados, uno judío y otro palestino. La partición fue aprobada gracias al apoyo de dos bloques antagonistas: el comunista y el democrático-occidental. ¿Qué fue lo que empujó a ambos bloques a apoyar conjuntamente la propuesta de partición en pleno inicio de la guerra fría?

La razón no está en que las superpotencias rivales tuvieran un interés político o estratégico en la zona; al contrario, lo último que querían era entrar en conflicto con el rico mundo árabe y musulmán, pero en mi opinión, si optaron por apoyar la creación de un Estado judío, fue por el tremendo impacto que había supuesto el holocausto judío en la Segunda Guerra Mundial, y apoyando el plan de partición no sólo se quería compensar moralmente a las víctimas sino también neutralizar, siquiera en parte, el terrible antisemitismo que lo había provocado.

Sin embargo, la creación de Israel supuso una reacción hostil en los árabes, que veían que el problema judío y el antisemitismo eran en esencia un problema de la Europa cristiana, donde había vivido durante siglos la mayoría del pueblo judío. Por eso, consideraban injusto tener que ceder parte de su tierra a los judíos; hasta entonces en Palestina residía una minoría judía, pero la creación de Israel iba a suponer la llegada de millones de judíos a una región relativamente pequeña. Por tanto, la oposición de los árabes y palestinos a la creación del Estado judío era natural y comprensible, y sin duda cualquier pueblo habría respondido igual.

Tras el holocausto, se les dijo a los palestinos que el problema judío no era un asunto de los europeos sino del mundo entero, y que ahora debían poner su grano de arena para solucionarlo. Pero ellos se opusieron y con razón. En definitiva, en la votación de noviembre de 1947 se tomó una decisión que provocó un gran conflicto, pese a sus buenas intenciones. Además, ni las Naciones Unidas ni ningún país movieron después un dedo para llevar a cabo la resolución.

El Reino Unido, que era el que controlaba Palestina en ese momento, se abstuvo en la votación y una vez aprobado el plan de partición no colaboró para aplicar la decisión ni para crear una separación razonable entre los dos futuros estados. Seis meses después de la votación, los británicos abandonaron la región y dejaron a ambos pueblos en medio de un absoluto caos.

Los palestinos, conscientes de que no podían enfrentarse ellos solos al Estado hebreo, pidieron ayuda a los árabes y, nada más marcharse los británicos, siete países árabes atacaron el nuevo Estado con el fin de echar a los judíos al mar y, aprovechando la ocasión, anexionarse tal vez parte del territorio palestino. Y las grandes potencias, que casi ya se habían arrepentido de la decisión que tomaron en noviembre de 1947, se mantuvieron al margen, ni intentaron parar el ataque al joven Estado judío, ni trataron de imponer lo aprobado a los palestinos, ni los indemnizaron por perder parte de su territorio.

Así pues, desde aquella resolución de hace sesenta años, en Oriente Medio flotan constantemente cuatro elementos que generan un odio que el tiempo no es capaz de aplacar.

1. La hostilidad de los palestinos hacia Occidente por imponerles la solución de la partición. Eso ha penetrado también en el mundo árabe y ha dado lugar a que mantengan la postura de poner como condición para legitimar al Estado hebreo el regreso de los refugiados palestinos a sus casas en el actual Israel.

2. El sentimiento de culpa de la Organización de las Naciones Unidas por haber tomado aquella decisión; esa culpa hizo que no intentase realmente solucionar el problema de los refugiados, sino brindarles un apoyo económico que ha hecho que durante sesenta años la mayoría de los refugiados sigan malviviendo en campos en la propia Palestina, apenas a varios kilómetros de sus antiguas casas, provocando el consiguiente resentimiento en los palestinos.

3. La sensación de abandono que sintieron los judíos nada más aprobarse la resolución de la partición, acrecentada por verse obligados a luchar solos contra el ataque de varios países árabes en cuanto se declaró el Estado judío. Eso los ha hecho escépticos sobre la posibilidad de hallar una solución al conflicto.

4. Durante todos estos años, el mundo árabe y musulmán ha interpretado la decisión de las Naciones Unidas no como un intento y un gesto humanitario para solucionar el problema judío y aliviar de algún modo la situación de un pueblo que había sufrido el holocausto, sino como una estrategia de un Occidente imperialista para colocar un enclave occidental que perjudique la identidad árabe-musulmana.

Mi conclusión es que la comunidad internacional tendrá que obligar a que se materialice aquella decisión de 1947 para que se cree también un Estado palestino; los refugiados de 1948 han de poder volver a Palestina, pero no a sus casas de Israel, que de todas formas ya no existen; Israel se ha de retirar a las fronteras de 1967 y, por último, los territorios que se devuelvan a los palestinos han de ser desmilitarizados con el fin de garantizar la seguridad de Israel.