La Pascua, pasado y futuro

«Lo siento, señor, pero el jefe es un ignorante y un sinvergüenza». El camarero, por lo visto, no sabía inspirar en el cliente confianza en la calidad de la cocina de su establecimiento, pero parecía un tipo honrado, de esos estólidos de edad madura que se encuentran desilusionados por ejercer un trabajo modesto en un hotel de las afueras de Oxford, en el frío y húmedo campo inglés, en lugar de haber ascendido a maître, o por lo menos a sommelier, en un gran restaurante de la metrópolis. El cliente le había preguntado por qué, tratándose del almuerzo del domingo de Pascua, no había cordero en el menú. Por supuesto, hay que celebrar la resurrección del cordero de Dios con un buen asado.

No sabemos a ciencia cierta cuál fue el menú de la última cena de nuestro señor. Solamente en el Evangelio de San Juan se dice textualmente que se tomó pan, vino y pescado en la cena que Jesús ofreció a los apóstoles antes de ascender al cielo. Pero no cabe duda de que en la noche del Jueves Santo -la Pascua de los judíos- hubo cordero asado entre los platos, y supongo que el bocado especial que Cristo dio a Judas como último obsequio fue un trozo de pan mojado en el jugo. La ley judía exigía el consumo de cordero o cabrito, blanco y sin mancha, para la comida pascual. Toda la imaginería del sacrificio de Cristo, como cordero divino, nos convence de que esa noche se seleccionó el cordero, aunque en tiempos de Jesús no se observaran todos los detalles de la ley antigua. Por ejemplo, el comensal se reclinaba sobre la mesa, en lugar de mantenerse de pie, y se comía con detenimiento a pesar del mandamiento mosaico: «Tomadlo rápidamente por ser la Pascua del Señor».

En el retablo mayor de la cartuja de Miraflores de Burgos – obra magistral de Gil de Siloe de en torno a 1480-, una de las escenas principales, vívidamente grabada, es de la última cena. Cristo y los discípulos contemplan un hermoso cordero asado en un típico horno untado, orgullo gastronómico de aquella ciudad coronada entre los pastos de la meseta castellana. El chiste es bueno, porque a los cartujos no se les permite carne. Así que todos los días, ante el altar, los monjes sufrían la penitencia angustiosa y los retortijones tentadores, salivando ante la imagen realista de un sabroso bocado dorado, con su pelo crujiente. Efectivamente, un domingo de Pascua sin cordero en el menú es obra de un cocinero ignorante, que no digo sinvergüenza.

Curiosamente, las reglas judías no permiten el consumo de un cordero lechal. Como mínimo, tiene que ser un animal de un año de edad. Es una de las muestras de que la Pascua judía no es ni ha sido nunca una fiesta primaveral típica. Todas las demás culturas celebran el renacimiento de la naturaleza con el consumo de sus frutos más frescos: la avena nuevamente recogida, las verduras repentinamente salidas, las criaturas recién paridas, los huevos frescos (sustituidos a veces, entre los consumidores más descarados, por los de chocolate), en una estación de regocijo y festejo. Los judíos, empero, conmemoran un episodio violento y traumático de su pasado: la masacre de los inocentes egipcios y el inicio del largo exilio de los hebreos en un desierto despiadado. Así que consumen platos austeros e hierbas amargas.

La Iglesia católica, con su astucia habitual, unió las tradiciones judía y pagana. Así que, tras un periodo de ayuno, tiene lugar el sacrificio de nuestro gran inocente en conmemoración de la resurrección de Cristo y, asimismo, como celebración de la renovación de la vida, la reaparición de todo lo verde y la abundancia de una primavera resucitada, con una fiesta golosa. Rellenamos el tabernáculo de hostias de trigo y cargamos las mesas de carne asada. El conejito de Pascua -animal fabuloso que en Estados Unidos y otros países lleva huevos pascuales a los niños- es el representante del culto antiguo pagano a la liebre mágica -el Osterhase de la antigüedad pagana alemana-.

Y -he aquí el misterio- no se queja nadie. Nuestra celebración pascual parece estar exenta de las críticas que suelen oírse en Navidad, cuando no faltan puritanos al estilo de Ebenezer Scrooge, el personaje de la conocida novela sentimental de Dickens, que solía maldecir la fiesta: «¡Vaya, paparruchas!». Luego vienen los devotos que no aguantan el hecho de que una solemnidad religiosa se haya cuajado de trivialidades seculares y consumistas. Pero lo que les ofende, en realidad, no es ninguna novedad moderna, sino los restos paganos de la antigua fiesta del solsticio invernal que la iglesia intentó suprimir sin éxito: el consumo excesivo tanto de alcohol como de comida, el intercambio de regalos y el adorno de las casas particulares con ramas verdes y pinos decorados de baratijas lustrosas, que son vestigios del antiguo culto al árbol santo. Todas estas actividades navideñas hoy en día reciben numerosas críticas de sus detractores. Pero, en cambio, a nadie se le ocurre protestar por el hecho de que nuestras Pascuas conserven toda clase de tradiciones provenientes de la celebración primaveral de origen pagano.

La costumbre de saludar a cada nueva estación del año con fiestas y excesos es propia de las sociedades agrícolas, rurales y preindustriales. Para nosotros -seres globales, urbanos y posindustriales- ya no cuenta casi nada el desarrollo del curso del año. No nos faltan ni verduras frescas en invierno ni carne en cuaresma. Los productos que no son de temporada llegan desde lejos en buques o en aviones. Los cambios de clima tampoco interrumpen la continuidad del año. En invierno encendemos nuestra calefacción artificial. Cuando hace calor ponemos el aire acondicionado. O nos trasladamos a precios asequibles a climas más apetecibles. Casi ni nos damos cuenta de la escasez invernal que nos rodea en el campiño, ni la abundancia que le sigue. Hasta los huevos de chocolate empiezan a venderse y a comerse poco después de Navidad.

Ya no solemos idolatrar la Naturaleza, ni la reverenciamos con temor; al contrario, sentimos por ella piedad pensando que nuestro desarrollo industrial la hace sufrir, destruyendo entornos, exterminando especies y corrompiendo el medio ambiente. No reconocemos a dioses ni hados a los que apaciguar. Todo lo contrario: los espíritus de las selvas y los montes ya están a merced de los seres humanos. Los paganos ya no existen, o los que se califican así son locos o excéntricos o burgueses desilusionados, tocados por la manía de volver a la Naturaleza. Casi nadie, a día de hoy, tiene motivos para sostener los ritos antiguos ni celebrar el cambio de las estaciones.

Entonces, ¿porqué seguimos celebrándolas? ¿Por qué seguimos vistiendo las festividades supuestamente cristianas de disfraces paganos, celebrando Navidad como si fuera una fiesta invernal o confundiendo la conmemoración de la muerte y resurrección de Cristo con un culto a la primavera?

Para los judíos, la Pascua sigue siendo una experiencia auténticamente religiosa. Se permiten divertirse, pero ingieren sus hierbas amargas. Siguen calculando la fecha de la fiesta según las fases mutables de la luna, mientras que la celebración cristiana está vinculada al sol, y concretamente al equinoccio primaveral. Casualmente, este año la Pascua judía coincidió con el Viernes Santo, recordando el origen de la eucaristía en esa comida ritual hebrea, y demostrando el contraste con el elemento pagano en la Pascua de los cristianos.

En las Sagradas Escrituras no viene ninguna razón para no cambiar la Navidad a una época distinta del año, rompiendo el vínculo con la fiesta pagana invernal. Aunque, por supuesto, no hay posibilidad de que se realice tal reforma, por deseable que fuera. Pero existen razones tanto lógicas como textuales para alinear las Pascuas cristiana y judía. Se separaron en el Concilio de Nicea en el año 323 después de Cristo, sencillamente por el antisemitismo del emperador Constantino, que quiso que no tuviéramos nada que ver «con las costumbres detestables de los judíos».

La Pascua no es ni debe ser una ocasión para dar la bienvenida a la primavera al estilo primitivo de los paganos, sino una celebración cargada de simbolismo. Y ni siquiera en los campos aparentemente paganos de las cercanías de Oxford debería haber un cocinero tan ignorante que no ponga cordero asado en su menú del día.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame.

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