La pasión de la estupidez

El 11 de marzo de 1937, exactamente un año y un día antes del Anschluss o anexión de Austria por parte del régimen nazi –Austria deja de existir como tal y se convierte en una provincia del III Reich el 12 de marzo de 1938–, Robert Musil, el autor de El hombre sin atributos, entre otros textos de gran calado (pero qué poco cala hoy el gran calado) pronunció en Viena una conferencia con este claro e ilustrativo título: Sobre la estupidez. El texto de la concienzuda charla, de una pasmosa lucidez descriptiva de lo que en el fondo estaba ocurriendo en su país, lo tenemos en buena versión española y junto a otras piezas de valor –un clásico del siglo XIX sobre la idiotez y un jugoso prólogo de Félix Duque– en la editorial Abada. Como es de intuir, el análisis de Musil no tiene el menor desperdicio para entender la anexión de nuestra sociedad y de nuestro país de ahora mismo por parte del régimen de la estupidez.

En su alocución, Musil pone en guardia acerca de la creencia de que la estupidez sea meramente o sobre todo falta de inteligencia; «toda forma de inteligencia tiene su forma de estupidez», dice, y no hace falta ser muy perspicaces para ver la suprema estupidez de muchos listos (el español tiene ese soberbio listillos). Pero en seguida, entre otras consideraciones de rabioso interés para nuestro momento, el creador de Cacania se centra en esa tendencia por la que los hombres, «cuando se presentan en gran número, se permiten todo lo que les está prohibido individualmente»: la fuerza arrolladora del rebaño, los «privilegios de un Nosotros» que producen un «aumento de la barbarización de las naciones, los estados y los grupos ideológicos» y, asimismo, un «pánico» que siempre está a punto de «suplantar a la seguridad de ser capaces de dirigir nuestros asuntos de una manera libre y racional».

«Dirigir nuestros asuntos de una manera libre y racional» en tiempos de incremento del pánico y la barbarización de grupos ideológicos y naciones: ya. No hay que engañarse, dice Musil, acerca de la verdadera salud de la libertad y la razón: ambas se han ido «encogiendo» y «rtirando de la circulación paulatinamente» y quienes han permitido que eso sea así no han sido tanto los enemigos de la libertad y la razón cuanto «los que se dicen sus amigos». En nombre de la Libertad y la Razón –y de lo que sea–, los más astutos manipuladores cuelan de rondón la tiranía y la sinrazón reales y cotidianas de un Nosotros que aspira a hacerse con todo el poder irreversiblemente. Tiempos de astutos manipuladores, de barbarización de grupos ideológicos, de hacer pasar una cosa hipócritamente por otra. Ocurrió, y a dos bandas, en la Europa culta de los primeros decenios del siglo pasado y siempre puede estar a punto de volver a ocurrir, con los colores y las divisas que sea. Lisa y llanamente, siempre se ha llamado a esto dar gato por liebre, tomar gato en vez de liebre, pero –ay– no por confiados o desprevenidos sino apasionadamente.

Que la estupidez sea una pasión no lo dice Musil, se dice aquí, pero distingue en su texto dos tipos de estupidez. Por una parte, una estupidez «franca», «clara», propia de gentes con entendederas tardas, duras de mollera, que prefieren lo que se puede entender por los sentidos o entienden sólo lo que más se repite y repite y, una vez metido en el molondro, ya llevan mal que se les diga lo contrario o se vuelva sobre el asunto: «Si no fuera a veces tan crédula, vaga y a la vez tan incorregible como para llegar a hacer desesperar» tiene hasta su encanto y puede incluso no estar lejos de la poesía.

Pero hay otro tipo de estupidez, la «más elevada y con pretensiones», y es la que tiene más peligro; no hay catástrofe social que no la presuponga. Esa estupidez, la oscura, la auténtica estupidez inteligente, es según Musil consecuencia de un trastorno afectivo, un «trastorno del equilibrio afectivo que precede, en el fondo, a la oposición entre el Yo y el Nosotros, así como a toda valoración moral». Hay en ella «una interacción insuficiente entre las unilateralidades del sentimiento y un intelecto que no basta para refrenarlas».

Antes de cualquier valoración moral, antes de cualquier distinción o elección racionales, por ejemplo, la distinción entre el Yo y el Grupo, la unilateralidad del sentimiento ya ha tomado previamente partido y el intelecto, la visión racional, la capacidad de discernimiento y de juicio en libertad, no puede con esa unilateralidad de partida. El sentimiento por delante, la pasión de grupo, el desequilibrio afectivo como los pedales fijos de la bicicleta de las valoraciones morales y la toma de decisiones, ésa es la estupidez oscura; detrás, después, y seguramente como adorno o más bien como ardid, una interacción con la razón en todo caso insuficiente o fraudulenta.

Una pasión recorre el mundo y recorre, con especial virulencia, nuestro país; se llama estupidez y suena bien, mola. Un país cuya cultura dominante sufra de esa «interacción insuficiente» entre sentimiento e intelecto, que alimente con fruición esa previa «unilateralidad del sentimiento» y esa incapacidad del intelecto para refrenarlo o bien al revés, la capacidad para el ardid y la trampa, está abocado a lo peor, a cualquier anexión de lo peor.

Este segundo género de estupidez, que puede aunar también todas las peores pegas del primer tipo, «tiene además todas aquellas que causa un ánimo desequilibrado, contrahecho». Contrahechos de ánimo, jorobados de espíritu, poseídos de nuevo por pasiones ideológicas de Nosotros contra Ellos –de Nosotros contra mí– llevamos la jorobada estupidez del prejuicio y la cerrazón sentimentales por delante y no la vemos, ni aun así la vemos. «No es ninguna enfermedad mental –afirma Musil– y, sin embargo, es la más peligrosa enfermedad de la mente».

Ya en El hombre sin atributos había escrito: «No existe una sola idea importante de la que la necedad no haya sabido servirse; ésta es universal y versátil, y puede ponerse todos los vestidos de la verdad. La verdad, en cambio, tiene un solo traje y un único camino, y acarrea siempre desventaja». La necedad utiliza cualquier idea, cualquier sentimiento, se sirve de todo, se pone todas las caretas, todos los trajes, y a la verdad se le pone cara de desventaja. «Ciertamente, (a la estupidez oscura) deberíamos observarla ya en cada uno de nosotros y no esperar a reconocerla en sus grandes irrupciones históricas».

J. A. González Sainz es escritor. Su última novela es Ojos que no ven (Anagrama).

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