La pasión del deporte

Los humanos necesitamos retos, desafíos, la tensión del riesgo de competir, el placer de ganar, la esperanza de la revancha si se ha perdido, la satisfacción de proyectarse sobre el vencido porque se ha demostrado que se es superior, a pesar de que sea de manera transitoria porque las victorias son efímeras.

Los ingleses inventaron en el siglo XIX el deporte de equipo como actividad en la que se puede, de manera pactada, competir y ganar o perder; es decir, jugar en un marco de reglas fijas donde un árbitro resuelve los conflictos entre quienes juegan. Las bases son siempre similares: espacio físico delimitado y victoria vinculada a superar al adversario de acuerdo con el tiempo, el espacio y las veces que se consigue un hito. Hay deportes que se practican en la naturaleza, como el montañismo, en los que estas características están más desdibujadas y el triunfo está ligado a la superación personal.

El juego de equipo permite canalizar las emociones de los pueblos o los grupos que estos representan, y en cuanto que tales son útiles para vehicular pasiones, sentimientos e ilusiones colectivas. Es conocida la utilización por el presidente Mandela del rugby como deporte nacional para unir a Sudáfrica, fracturada después de años de segregación racial. La victoria del equipo sudafricano en el campeonato del mundo de 1995 unió al país y le proyectó el orgullo de la victoria, que de deportiva se convirtió en nacional, y ganar hizo olvidar el rencor y el odio del pasado porque eran todos, y no solo algunos, los que habían conseguido la victoria. Esta acción de uno de los pocos estadistas del último cuarto del siglo XX es especialmente meritoria, porque el rugby era algo de blancos, y el espaldarazo que personalmente le dio Mandela consiguió que el país lo adoptara como deporte de todos.

Es esta una de las razones por las que los nacionalistas quieren tener selecciones. La emoción que estas pueden generar refuerza el sentido de pertenencia y la cohesión y orienta a los ciudadanos en un objetivo común, cuestiones estas que están en la esencia del nacionalismo.

La globalización y las comunicaciones han fomentado el deporte, que ha pasado de ser una práctica personal a un espectáculo que puede llegar a muchos, y por lo tanto amplifica el gregarismo, la capacidad de adhesión y la proyección externa. Este fenómeno se acentúa de tal manera que hay equipos que llegan a personificar las creencias, las conductas y las pasiones de los pueblos que representan. Hoy el Real Madrid y el Barcelona, dos equipos excelentes en habilidades y capacidades deportivas, representan bien las virtudes y los defectos de España y Catalunya.

El éxito y el orgullo dimanantes del poder económico, la proyección política que da disponer de un Estado propio y el sentimiento de superioridad que se deriva están muy personificados por los jugadores del Real Madrid, que aunque no tengan este origen representan de manera excelente estos valores. El respeto y la reverencia por la figura del líder, hecho consustancial a la historia española, se encarna hoy con figuras como Mourinho y Ronaldo, que son de difícil traducción a un equipo como el Barcelona, menos seguro de sí mismo a pesar de los éxitos deportivos, como es inevitable en un pueblo que no tiene Estado y que ha buscado con más fracasos que éxitos la propia autoafirmación. Esto ha generado una personalidad más desdibujada donde la afición valora más la labor del conjunto que la individual a pesar de la excepcionalidad que representa Messi.

En esencia, el Real Madrid, cuando no gana partidos, piensa que la culpa es de los otros, que le hacen trampa, o que es un tropiezo que quedará compensado por éxitos posteriores. Y el Barcelona, en la misma circunstancia, cree que el problema es propio y es el inicio de graves problemas que vendrán indefectiblemente. No hay duda de que eso es un reflejo del carácter de Madrid y Catalunya, que han sido personalizados y pueden visualizarse a través del deporte. La reflexión sería si Messi sería tan discreto y Ronaldo tan prepotente si jugaran el primero en el Madrid y el segundo en el Barcelona…

Ha habido intentos de explicar las razones por las que el deporte de equipo es un invento casi exclusivamente inglés, como lo fue el atletismo por los griegos. Otros países con circunstancias históricas similares no lo hicieron. Gran Bretaña y Francia disponían de imperios coloniales en el siglo XIX y eso favorecía que hubiera una élite con un nivel de renta alto y tiempo libre que podría explicar el interés por el deporte, pero que este apareciera en el Reino Unido y no en Francia o en Austria o Prusia quizá está ligado a la tradición democrática y a la fuerza de la sociedad británica, donde todo es discutible, donde se disfruta con la controversia y donde la ironía y la dialéctica son valores sociales profundamente arraigados que se personifican en el deporte de equipo, en el que el interés por ganar y trascender al adversario es fuerte pero siempre en un entorno limitado y reglado. Esto daría a los británicos un interés por el juego que otros países no sienten… Sin duda, un enigma de difícil explicación pero de contundente realidad.

Por Joaquim Coello Brufau, ingeniero.

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