La pasión entre los sexos

A un país se le pueden plantear dos problemas en lo que atañe al número de sus habitantes. Uno es que ese número crezca demasiado, con lo que la llamada tarta nacional, si no aumenta en proporción, tendrá que repartirse entre más personas y cada una tocará a menos. Un país pobre, donde tal suceda, en lugar de salir de la pobreza, se hundirá más en ella. Pero también puede darse el problema contrario, a saber, que la población, en vez de crecer, disminuya. Entonces, la cifra de personas económicamente activas acabará bajando y, en cambio, la de jubilados aumentará, creándose una situación insostenible a la larga. ¿Por qué ocurren cosas tan diferentes, ambas negativas?

Natalidad, mortalidad y migración son los tres factores que deciden la evolución del número de habitantes de un país. Lógicamente, ese número crecerá o disminuirá a tenor de los que nacen, de los que mueren y de los que llegan o se van. El primero de esos factores, la natalidad, debería ser constante, ya que la pasión entre los sexos que dijo Malthus también lo es. Aunque a veces se dice que esa pasión ha sido sustituida por otros entretenimientos más tontos como ver la televisión, tal afirmación no se ve corroborada por las encuestas, que muestran que la gente tiene tiempo para todo. Sin embargo, la natalidad varía mucho entre los países y también dentro de un mismo país de una época a otra. Y es que uno de los hechos más notables de los tiempos modernos es que el coito, aunque sea frecuente, tal como ocurre en las parejas estables, no conduce ya normalmente a una concepción cuando la mujer está en edad reproductiva. Incluso la concepción tampoco conduce siempre a un nacimiento, por la interrupción voluntaria del embarazo, cuya cifra en algunos países, verbigracia Japón y Rusia, supera a la de nacimientos.

Anticoncepción y aborto provocado son dos hechos recientes en la historia de la humanidad. Aparecieron cuando se vio que, gracias al progreso, de las tres causas de muerte, esto es, hambre, enfermedad y vejez, sólo subsistía en lo principal la tercera. Desaparecía así el ajuste natural de la población, donde nacían muchos pero morían también muchos, con lo que la población total no crecía o lo hacía muy poco. Hubo que buscar, por tanto, otro ajuste, ya que si la mortalidad desciende y la natalidad no, habrá una explosión demográfica. Entre 1950 y 1970, periodo en el que humanidad tuvo el crecimiento más rápido de su historia, los habitantes del planeta aumentaron su número en un cincuenta por ciento. Con una calculadora de bolsillo es fácil estimar que si ese ritmo se mantuviera siglo tras siglo, en el año de gracia de 2800 habría en el planeta tres personas por metro cuadrado. Ello no ocurrirá, claro es, puesto que la explosión demográfica ya ha empezado a desactivarse. Se calcula que hacia 2020 la tasa de crecimiento de la población mundial será la mitad de la de 1950-1970 y seguirá bajando, por lo que se prevé que esa población se estabilizará antes de finales de siglo en torno a los 10.000 millones de personas.

Ello se debe a que tener pocos hijos corre parejas con el progreso. Se trata de una ley universal que, tarde o temprano, ha afectado o afectará a todo país, sea cristiano, budista, musulmán o animista. De que ocurra antes o después dependerá el que crezca mucho, poco o nada la población. Su correlato, claro está, es el descenso de la mortalidad. A nadie le parece mal que, como consecuencia del progreso, la causa con mucho más importante de defunción sea la edad avanzada. En cambio, tener pocos hijos suscita objeciones por parte de algunos. La Iglesia católica, por ejemplo, se opone a los anticonceptivos y no digamos al aborto. Para evitar demasiados nacimientos en una familia o en un país pobre sólo aconseja la castidad, un consejo que a los fieles les debe de sonar como las coplas de Calaínos. Países católicos como España, Italia y Polonia tienen las tasas de fecundidad más bajas del mundo, pero no ciertamente por su mayor continencia, sino por el uso generalizado de la contracepción y también, hasta cierto punto, por el recurso al aborto. La Iglesia dice que controlar la natalidad es antinatural, en lo que no le falta razón. Pero igual de antinatural es controlar la mortalidad. Puestos a ser naturales, habría que dejar que viejos y enfermos se murieran sin cuidados, que es lo que ocurre en lo más natural que hay, es decir, en el mundo animal.

Aunque las previsiones a cincuenta años vista apunten hacia una población mundial estabilizada, no es seguro que ello ocurra. El simple sentido común nos dice que para que tal cosa suceda, el número medio de hijos por pareja tendría que ser dos, ya que así a cada individuo le sustituirá otro, un hijo o una hija, y no más o menos. (En realidad, la tasa de fecundidad de sustitución es de 2,1 o 2,2 para tener en cuenta a quienes no tienen hijos porque no quieren o porque son estériles o porque no se emparejan o lo hacen con persona del mismo sexo). Esa cifra mágica de dos y pico no es fácil, sin embargo, de conseguir, al depender de la voluntad de ciudadanas y ciudadanos. ¿Qué le pasaría a la humanidad si casi todas las parejas decidieran, generación tras generación, tener un solo hijo? Evidentemente, la humanidad terminaría desapareciendo por extinción. Ello, claro es, no sucederá, como tampoco lo contrario, esto es, que acabemos viviendo amontonados unos sobre otros por falta de espacio. Que el ajuste para que no ocurra una cosa ni otra es, con todo, difícil lo demuestra el que algunas poblaciones sigan creciendo más de la cuenta, mientras otras disminuyen. Todavía hay una docena de países, todos ellos muy pobres, donde las parejas tienen de promedio más de seis hijos. Otros, en cambio, ven cómo su población disminuye, sin saber muy bien qué hacer. El Japón, segunda potencia económica mundial, podría tener en 2050 95 millones de habitantes en lugar de los 130 millones actuales. No es que ser menos en un país tan poblado constituya un problema. Pero sí lo es y grande el tener una población envejecida, lo que resulta inevitable cuando el número de habitantes desciende, no porque aumente la mortalidad, sino porque baja la natalidad. Como los nipones son muy suyos y no quieren inmigrantes, para poder seguir pagando las pensiones a su creciente proporción de jubilados, con menos personas cotizando, tendrán que elevar apreciablemente la edad de retiro, medida, huelga decir, poco popular, amén de lograr que trabajen más mujeres y a la vez tengan más hijos, lo que es casi la cuadratura del círculo.

España no ha imitado a los japoneses y en los últimos años ha admitido a muchos inmigrantes, con resultados hasta ahora claramente positivos. Se han cubierto puestos de trabajo que los españoles, como nos hemos vuelto algo señoritos, no queremos, hay más cotizaciones a la Seguridad Social, se cubren necesidades de la sociedad que de otro modo quedarían desatendidas y aumenta la tasa de fecundidad, ya que las parejas de inmigrantes suelen tener más de dos hijos. De no ser por todo ello nuestra economía no sería tan pujante. Compartir un poco de riqueza, además, con gente más necesitada de otras partes mitiga algo nuestro egoísmo de país rico.

Ahora bien, toda inmigración plantea problemas de asimilación social y cultural. Tiene, asimismo, un efecto de llamada inevitable sobre quienes buscan ilegalmente y a la desesperada una vida mejor. Pero incluso cuando es legal y ordenada, entraña el riesgo, si se mantiene tiempo y tiempo, de desdibujar la identidad de un país. Por ello, aparte de seguir recibiendo inmigrantes en congruencia con las necesidades económicas, también convendría elevar la fecundidad de las parejas españolas con miras a que la población indígena no disminuya. Los 2.500 euros del presidente Zapatero para cada nuevo hijo coadyuvan, pero no resuelven el problema. Tener hijos se puede fomentar con ayudas económicas a la familia. Mucho depende, sin embargo, de que se concilien trabajo y maternidad. Colaboración del padre en el hogar no sólo a la hora de procrear, permisos generosos a ambos progenitores cuando tienen descendencia, guarderías públicas suficientes, facilidades por parte de las empresas a las madres trabajadoras, son cosas tan necesarias como aquellas ayudas. Si no se avanza en esos aspectos, España sólo tendrá una solución para que su economía no acabe deteriorándose: más y más inmigrantes.

Francisco Bustelo es profesor emérito de Historia Económica en la Universidad Complutense, de la que ha sido rector.

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