La patata caliente

Mañanita de domingo. Salgo temprano para mi paseo matinal y encuentro una Puerta del Sol desierta en la que los empleados de la limpieza retiran las basuras del botellón de la víspera. Pienso en Amiano Marcelino, el historiador grecorromano del siglo IV, que censuraba a los jóvenes de su tiempo por pasar las noches en las plazas de Roma estorbando el sueño de los vecinos. Además desaprobaba que se dejaran melena (crinesmaiores), y que vistieran pellizas (indumentapellium), al estilo de los bárbaros. En estos y otros detalles veía Marcelino que el Imperio Romano había entrado en su fase crepuscular. ¿No nos resulta familiar?

Entre la decadencia del Imperio Romano y la de la sociedad occidental, y más concretamente europea, puede establecerse algún otro paralelismo. Los romanos que en tiempos de sus abuelos solían ser austeros, laboriosos y honorables se habían vuelto hedonistas, flojos y corruptos. Las clases acomodadas apenas engendraban hijos, por la incomodidad de criarlos, mientras que las clases humildes esquivaban el trabajo y se acogían a panemetcircenses, pan y circo (la annona, una especie de subsidio estatal, y el circo gratis cuyo equivalente actual serían los programas basura de la tele y el deporte-espectáculo).

Nieto
Nieto

El Imperio Romano decayó por distintas causas que aún se discuten. Una de ellas fue la invasión de los bárbaros: una serie de tribus que se instalaron en su territorio unas veces de grado (asumían el trabajo que los romanos no querían) y otras por fuerza.

Hoy Europa se ve invadida pacíficamente por esos nuevos bárbaros (en el sentido griego de extranjero) que llaman a nuestra puerta deslumbrados por la prosperidad y el bienestar que observan en la publicidad occidental, en las películas americanas y en los turistas. Esa marea humana no puede contenerse con alambradas ni concertinas. El que huye del hambre y de la indigencia, incluso de la muerte, terminará irrumpiendo en la tierra de promisión donde imperan la libertad, la dignidad y el consumo. Aquí disfrutas de servicios médicos, de alimentos, de un techo y de una ducha, aunque sea en un albergue saturado. Los que huyen de la pobreza y de la tiranía, ¿cómo no van a afrontar cualquier riesgo con tal de acogerse a nuestros beneficios?

¿Qué puede hacer Europa ante la patata caliente de esa invasión? Lo más sabio sería arbitrar medidas para ordenar la oleada migratoria e integrarla. No se trata solo de que la tolerancia, la convivencia pacífica y el respeto al otro sean esenciales en el sistema de valores de Occidente. Se trata también de que esos emigrantes pueden ser la solución de nuestro problema más grave: la población europea está envejecida y si no se corrige esta tendencia con un aporte de sangre joven llegará el día en que la población activa no pueda sostener a la pasiva con el consiguiente desplome del estado asistencial. Frente a esa contingencia, los inmigrantes pueden y deben ser una solución.

Eso planteará un inconveniente. La mayoría de esos aspirantes a europeos que se agolpan a nuestra puerta son portadores de una cultura no siempre compatible con los valores occidentales. Contra lo que el buenismo de la alianza de civilizaciones predica, en el pasado nuestras dos culturas jamás han convivido, todo lo más han coexistido, y a menudo en un estado de conflicto larvado o evidente.

Esa es la lección de la historia. Por decirlo crudamente, con palabras de la psicóloga y periodista siria nacionalizada estadounidense Wafa Sultán: «El enfrentamiento que estamos presenciando en el mundo no es un enfrentamiento entre dos religiones ni entre dos civilizaciones (…) Es un enfrentamiento entre una mentalidad que pertenece a la Edad Media y otra mentalidad que pertenece al siglo XXI. Es un enfrentamiento entre el progreso y el atraso, entre lo civilizado y lo primitivo, entre la barbarie y lo racional. Es un enfrentamiento entre la libertad y la opresión, entre la democracia y la dictadura. Es un enfrentamiento entre derechos humanos por una parte y la violación de esos derechos por la otra. Es un enfrentamiento entre aquellos que tratan a las mujeres como animales y aquellos que las tratan como seres humanos» (entrevista en AlYazeera 21-II-2006).

El problema es, dicen los alarmistas, que estas personas que escapan de una forma de vida que los condena a la infelicidad, puedan traerla consigo y pretendan imponérnosla. Los que lo temen acuden al inquietante principio enunciado hace un siglo por el político e historiador Charles de Montalembert: «Cuando soy débil os reclamo la libertad en nombre de vuestros principios; cuando sea fuerte os la negaré en nombre de los nuestros».

Ante ese peligro, Occidente debe reaccionar incorporando al inmigrante a nuestro sistema con todas sus ventajas, pero también con todas sus obligaciones. Las personas siempre son respetables, pero sus ideas o sus costumbres pueden no serlo. En caso de conflicto o de incompatibilidad ¿quién debe ceder? El inmigrante, por supuesto. Una postura que Occidente debe sostener con firmeza. Si decidimos que el velo obligatorio discrimina a la mujer, se debe suprimir. Si decidimos que la ablación del clítoris no es de recibo, debe penarse. Si una comunidad exige que se elimine la carne de cerdo de las comidas escolares (recientemente ocurrió en Francia) no se debe consentir que un tabú surgido entre los camelleros del desierto arábigo hace doce siglos interfiera en nuestros hábitos alimenticios.

Regresamos a la Puerta del Sol cuando cae la tarde y los madrileños salen a refrescarse y pasear después de un día caluroso. En las atestadas aceras, dificultando el paso de los viandantes, no menos de dos docenas de subsaharianos han tendido el topmanta en el que venden, como en un zoco africano, toda clase de artículos falsificados con grave perjuicio del comercio que cumple con la ley y sostiene con sus impuestos el Estado del bienestar que esos inmigrantes han venido a disfrutar. Es una estampa que no veremos en Trafalgar Square, ni en los Campos Elíseos, ni en la Puerta de Brandenburgo, lugares donde las leyes se aplican sin complejos.

Juan Eslava Galán es escritor.

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