La patria como utopía

Cuando oí hace unos días que Puigdemont había entrado en el batzoki de Gernika para felicitar a Urkullu, lo primero en lo que pensé fue en las alubias con almejas que forman parte del menú y en las fotos de los pelotaris que cuelgan de las paredes. Andaba yo terminando Patria, de Fernando Aramburu. Iba por el final de la novela, cuando las etxekoandre, dos amas de casa a las que la vida colocó en bandos opuestos, ponen un broche de optimismo a 600 páginas de dolor, muerte, cobardía y omertà. Me vinieron a la memoria los recuerdos de tiempos en los que compartí el drama de Euskadi. Durante los años de plomo. Y pensé que Puigdemont hizo bien en ir a Gernika para la toma de posesión de Urkullu, aunque el protocolo lo colocara al lado de Soraya Sáenz de Santamaría, para pasmo de algunos tuiteros alarmados por la promiscuidad. Pero estuvo, y su presencia puso de manifiesto los años luz que median entre la zozobra que vive Catalunya y el ansia de sosiego que recorre la sociedad vasca.

Lean Patria, para comprender el por qué. Háganlo si quieren entender lo que pasó en Euskadi y lo que puede pasar cuando las sociedades se ponen por montera utopías que parecen disponibles pero resultan inalcanzables. Patria es una novela excepcional. Por los recursos de un lenguaje que permite transitar por la historia de las dos familias vascas con una eficacia y una fluidez asombrosas, y por la audacia de hurgar en una herida que apenas ha comenzado a restañarse. Tal es el impacto que produce su lectura que puede contribuir, creo, a superar el cataclismo que sufrió el País Vasco (aunque este no sea, necesariamente, el propósito del escritor). Habrá, seguro, quien le critique por supeditar el contexto al texto, pero quienes lo hagan se perderán en detalles políticos o históricos de escaso interés. La grandeza de la buena literatura está precisamente en llegar allí donde no alcanza el ensayo. Y así como Coetzee nos ha acercado a la complejidad del apartheid, Patria constituye un viaje único y desacomplejado al universo euskaldún.

A mediados de los 70 conocí el mundo aberzale que puebla la novela de Aramburu. Con suficiente cercanía como para quedar impactado por los mitos que animaban a muchos jóvenes. Todavía recuerdo una noche de estrellas, en lo alto del castillo de Hondarribia, cuando un hombre de mi edad que tenía el hermano en la cárcel me invitó a escuchar lo que él llamaba «la voz de Euskadi», una voz que llegaba, decía, del otro lado del Bidasoa. De Lapurdi, una de las tres provincias ocupadas por Francia. Aquel día entendí que la patria puede ser una religión. También recuerdo la primera vez que pasé al otro lado, bajo un sirimiri sin fin, para quedar con amigos de los poli-milis, en uno de aquellos bares que eran una invitación a la aventura y donde se fraguaron no pocas tragedias. Y no olvidé nunca la llegada a la plaza desierta de un pueblo irredento de Guipúzcoa, bajo la mirada desconfiada de los mayores que permanecían apostados en los soportales debajo de sus chapelas.

Una década más tarde, cuando vivía en Madrid, fui de los primeros en pasar por Príncipe de Vergara una mañana en que una decena de cuerpos de guardias civiles habían quedado destrozados por un coche bomba. Aquel año, los atentados se cobraron la vida de mucha gente, y Euskadi era presa del terror, con ETA desbocada y enzarzada en una espiral de muerte con los GAL que no parecía tener fin. Un lustro más tarde, cuando apenas llevaba unos días como delegado de Efe en Barcelona, llegaron las primeras imágenes de la matanza de Vic. Un horror. Yo ya no iba entonces por Euskadi, pero la llevaba en el corazón. Y siempre que podía explicaba a mis amigos, con poca fortuna, que un paseo por la Concha o por las lomas del Jaizkibel es una de las cosas más placenteras que uno puede hacer en esta vida.

Muchos jóvenes que ya no lo son se preguntan hoy, como en la novela de Aramburu, si todo aquello mereció la pena. Es una pregunta terrible. Para los que mataron, para todos los que sufrieron y también para quienes callaron. La respuesta está, probablemente, en la quietud que reclaman los vascos y que en Catalunya algunos no entienden. Quienes atribuyen la expresión política de esta actitud a los réditos del concierto económico olvidan lo que pasó. No vivieron aquello. No saben lo que significa que el vecino de toda la vida deje de hablarte, o algo peor. Ni tener que marcharte de tu pueblo, de tu país, por tus ideas. No comprenden que las utopías, tan necesarias en la vida, pueden conducir a la muerte. Deberían leer Patria.

Andreu Claret, periodista y escritor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *