La «Pax Americana» murió en Kabul

La «Pax Americana» murió en Kabul
Marcus Yam/LA Times

La toma del poder por los terroristas en Afganistán, después de la precipitada y torpe salida militar del presidente Joe Biden, dio un final innoble a la guerra estadounidense más prolongada. Es un hito que será recordado como el final formal de la Pax Americana —tambaleante desde hace ya mucho— y que baja el telón para la larga supremacía de Occidente.

En una época en que su preeminencia mundial ya sufría graves embates por parte de China, es posible que EE. UU. nunca logre recuperarse del golpe que este desastre estratégico y humanitario asesta a su credibilidad y prestigio internacionales. El mensaje que envía a los aliados de EE. UU. es que depender del apoyo estadounidense cuando más lo necesiten es un riesgo que asumen a su entera responsabilidad.

Después de todo, la catástrofe afgana se desarrolló después de que EE. UU. abandonara a su aliado —el gobierno afgano— y se asociara con los terroristas más mortales del mundo, los talibanes. El presidente Donald Trump acordó primero un pacto faustiano con ellos y luego el gobierno de Biden se apuró a ejecutar la salida militar dictada por el acuerdo, aun cuando los talibanes habían violado el acuerdo abiertamente.

El dramático colapso de las defensas afganas, y luego, de su gobierno, estuvo vinculado directamente con la traición estadounidense. Biden admite que Trump «redujo al extremo, a 2500 efectivos, la fuerzas estadounidenses» en Afganistán. Al negarse a mantener una pequeña presencia militar y ordenar una salida rápida al comienzo de la temporada anual de combate, Biden dejó en la estacada a los militares afganos y facilitó la acción talibana.

EE. UU. había entrenado y equipado a la fuerzas afganas para que dependieran de las capacidades estadounidenses y de la OTAN en gran cantidad de cuestiones fundamentales para el campo de batalla: desde el apoyo aéreo estrecho —incluidos los drones para visualizar el entorno— hasta el mantenimiento de los sistemas de armas provistos por EE. UU. La desastrosa extracción de las tropas que ordenó Biden —sin un plan de transición para mantener las capacidades de combate afganas— desató un efecto dominó que llevó a la retirada de 8500 efectivos de la OTAN y aproximadamente 18 000 contratistas estadounidenses, y dejó plantados a los militares afganos.

Como explicó David Petraeus, ex director general de la CIA, desde que finalizaron las operaciones de combate estadounidenses en Afganistán el 1 de enero de 2015, los soldados afganos «combatieron y murieron por su país» valerosamente hasta que Estados Unidos repentinamente los dejó de lado y comprometió mortalmente las defensas afganas. La cantidad de muertes de militares refuerza este análisis: desde que EE. UU. dejó de combatir hace más de seis años y medio, las fuerzas de seguridad afganas perdieron decenas de miles de soldados, mientras que los estadounidenses solo sufrieron 99 víctimas mortales (muchas, en incidentes no hostiles).

Esta no es la primera vez que EE. UU. abandona a sus aliados, tampoco la primera en tiempos recientes. En el otoño de 2019 EE. UU. abandonó abruptamente a sus aliados kurdos en el norte de Siria, dejándolos a merced de una ofensiva turca.

Pero en Afganistán EE. UU. sembró vientos y cosechó tempestades: su derrota y humillación autoinfligidas son resultado del fracaso del liderazgo político, no del militar. Biden, ignorando la situación en terreno, invalidó las decisiones de sus principales generales militares en abril y ordenó el regreso a casa de todas las tropas estadounidenses. Ahora, dos décadas de guerra estadounidense en Afganistán culminan con el regreso triunfal del enemigo al poder.

Mientras que en Vietnam murieron 58 220 estadounidenses (la mayoría, reclutas involuntarios), 2448 soldados estadounidenses (todos voluntarios) murieron durante los 20 de guerra en Afganistán. Sin embargo, las implicaciones geopolíticas de la derrota estadounidense en Afganistán son mucho más significativas para el mundo que las de su derrota en Vietnam.

Es posible que los talibanes creados por los pakistaníes no tengan una misión a escala mundial, pero su teología militarista de un islamismo violento los convierte en un eslabón clave del movimiento yihadista internacional que da un giro a la hostilidad contra los musulmanes no sunitas para convertirla en una furia nihilista contra la modernidad. La recuperación del poder por los talibanes energizará a otros grupos violentos de este movimiento y los tornará más audaces, ayudando a que renazca el terror mundial.

Es probable que en el emirato talibán encuentren refugio Al Quaeda, los vestigios del Estado Islámico (EIIL) y los grupos terroristas pakistaníes. Según un informe reciente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, «los talibanes y Al Quaeda siguen estando estrechamente alineados» y cooperan a través de la red Haqqani, con sede en Pakistán, una fachada de la inteligencia pakistaní.

El desmoronamiento de los esfuerzos para crear un Afganistán más democrático y secular dará lugar a una amenaza mucho mayor para el mundo libre que el colapso de Siria, que generó un enorme flujo de refugiados hacia Europa y permitió al EIIL declarar un califato y extenderlo hasta Irak. El poder absoluto de los talibanes en Afganistán amenazará, tarde o temprano, los intereses estadounidenses locales y en el extranjero vinculados con la seguridad.

Por el contrario, los intereses de China se verán beneficiados por la derrota a manos de los talibanes de la mayor potencia militar del mundo. La salida de un EE. UU. derrotado genera un mayor espacio para la coerción y el expansionismo chinos, incluso contra Taiwán, al tiempo que pone de relieve la irreversible caída del poder estadounidense.

Con certeza, una China oportunista aprovechará la nueva posibilidad de incursionar en un Afganistán rico en minerales, y de profundizar su penetración en Pakistán, Irán y Asia Central. Para captar a los talibanes, con quienes mantiene vínculos de larga data, China ya los tentó con la perspectiva de brindarles dos cosas que la milicia necesita para gobernar Afganistán: reconocimiento diplomático y una extremadamente necesaria asistencia económica y de infraestructura.

La reimplementación de un emirato medieval y ultraconservador que ensalza a la yihad en Afganistán será un monumento a la perfidia estadounidense, y las imágenes de los helicópteros Chinook y Black Hawk sacando estadounidenses del complejo de la embajada de EE. UU. en Kabul, que retrotrae a la frenética evacuación de Saigón en 1975, será un testamento de la pérdida de credibilidad estadounidense... y de la extinción de la Pax Americana.

Brahma Chellaney, Professor of Strategic Studies at the New Delhi-based Center for Policy Research and Fellow at the Robert Bosch Academy in Berlin, is the author of nine books, including Asian Juggernaut, Water: Asia’s New Battleground, and "Water, Peace, and War: Confronting the Global Water Crisis. Traducción al español por Ant-Translation.

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