La paz colombiana

El proceso de paz en Colombia es uno de los hechos más interesantes, más inspiradores, del momento contemporáneo. Pasan cosas terribles en el mundo actual; son pocos los episodios políticos de hoy que permiten mirar el futuro con optimismo. Pues bien, la paz colombiana es una notable excepción. Es una demostración de que la gente hispanoamericana, a pesar de todo, a pesar de sus lastres tradicionales, puede terminar por entenderse. El camino ha sido lento, enormemente difícil, riesgoso, plagado por incomprensiones que llegaban desde todos lados. Conocí la Colombia antigua, la de hace medio siglo y la de hace treinta o veinte años, y siempre tuve impresiones contradictorias: la de un encanto cotidiano, una gracia, una alegría de vivir, amenazados por un trasfondo permanente de miedo, de violencia, de inseguridad esencial. Era como si Hispanoamérica no pudiera permitirse alegrías sin bemoles, sin lados oscuros. Nunca, en medio del humor, de la chispa colectiva, faltaban las historias de crímenes, de pistoletazos, de muertes violentas. Cuando uno venía del Chile donde se suponía que nunca pasaba nada, la experiencia colombiana era atractiva y a la vez asustadora. Y cuando en Chile empezaron a producirse golpes de Estado y muertes violentas, pasamos a formar parte de una «anormalidad» perversamente normal, avalada por la estadística. El total de las víctimas de la dictadura chilena era equivalente a los muertos, los secuestrados, los desaparecidos de no mucho más de un año en la guerra interna de Colombia. Esta comprobación, claro está, no justificaba nada; por el contrario, obligaba a pensar en la historia nuestra con un pesimismo profundo, como si la violencia, el crimen, fueran un destino.

En abril de 1964, en el Palacio de las Naciones de Ginebra, le escuché decir al Che Guevara, que presidía entonces la delegación cubana al primer encuentro de la Unctad, la conferencia de comercio y desarrollo de las Naciones Unidas, que el golpe militar que se acababa de producir en Brasil ponía fin a una democracia mediocre y facilitaría el triunfo del bando revolucionario en toda la región. Era la llamada «política de lo peor» expresada con la mayor crudeza, con desconocimiento de la historia real, compleja, contradictoria, de las sociedades sudamericanas. Por esos años, con el manejo de esas ideas simples, tajantes, comenzaba una etapa de guerras civiles larvadas o declaradas en toda esa parte del mundo. El proceso de Colombia, si se desarrolla bien, podría señalar el final de todo ese período tortuoso de nuestra historia. La política de insurrección armada –voto más fusil, o fusil sin necesidad de voto– fracasó en todas partes, incluso en Cuba, como se nota hoy con la mayor claridad. Colombia, con enorme dificultad, con paciencia, ha conseguido alcanzar una solución no perfecta, pero buena, razonable, y sin que los crímenes graves queden impunes. Porque el argumento de la impunidad, empleado con insistencia por los enemigos de los acuerdos de paz, no es exacto, e implica una lectura y un estudio parciales, tendenciosos, además de insuficientes. Los crímenes serios serán sancionados dentro de una gradación correcta, justificada, alcanzada después de las negociaciones más arduas. La paz no consistirá en que los criminales que formaban parte de las FARC o de los grupos paramilitares salgan libres de polvo y paja. Los crímenes serios tendrán sanciones efectivas.

Tengo amigos colombianos que sufrieron mucho, que fueron secuestrados, que tuvieron que pagar rescates, que se jugaron la vida, y sé que algunos de ellos, no todos, van a votar por el no en el referéndum del 2 de octubre. Es decir, no todo el proceso está consolidado y ganado. Pero es necesario comprender la historia reciente de toda la región latinoamericana con profundidad, fuera de esquemas o de dogmatismos fáciles. El poeta chileno Vicente Huidobro hablaba en sus años finales de los «esclavos de la consigna». O comprendemos los fenómenos de nuestro mundo fuera de consignas, fuera de modas, con un pensamiento propio, autónomo, o estamos condenados a repetir los errores del pasado. Cuando el Che Guevara hacía sus declaraciones incendiarias en un pasillo de Ginebra, la guerra de guerrilla empezaba en Colombia. El incendio se propagaría por muchos lados y de las maneras más diferentes. Tendría ecos evidentes en Argentina, en Uruguay, en Bolivia y Perú, en Centroamérica.

Ahora me pregunto si esa conflagración general, ese predominio jacobino, ese extremismo retórico, pero acompañado de abusos reales y a menudo criminales, sirvió de algo. Había en esos años en toda América del Norte, de centro y del sur, un intenso proceso de maduración, de reflexión general, que se notaba en todos los sectores sociales, en los partidos políticos, en las universidades, en las iglesias: una búsqueda notoria de mejoras pacíficas, posibles. Pero existía, a la vez, un vértigo, una impaciencia, una fiebre extremista, que provocaba reacciones duras. En otras palabras, había una polarización enfermiza. Y además de eso, un escandaloso doble lenguaje. Otro gran poeta chileno, Pablo Neruda, militante comunista, esperaba sin embargo que el candidato de centro-izquierda en las elecciones de 1970 fuera un demócrata cristiano, Gabriel Valdés Subercaseaux, y no el persistente Salvador Allende, que iba a ser candidato por cuarta vez en su vida. Pues bien, todas las personas que conversaban con el poeta en la intimidad lo sabían, pero nadie se atrevía a decirlo. Aunque viviéramos en sociedades democráticas, parecía que hubiera una censura de izquierda omnipresente y a la vez invisible. Si la paz se consolida en Colombia, si el sí triunfa el próximo 2 de octubre, habremos doblado una página mentirosa y oscura de nuestra historia reciente. No es poco decir.

Jorge Edwards, escritor.

1 comentario


  1. Semejante preoceso se inspira el mismo recelo que se produjo con la tan cacareada y aplaudida “primavera arabe”, que se torno o devino en un gélido invierno, donde todos los buenos propósitos y buenas intenciones con que unos cuantos se implicaron y produjesen levantamintos…

    ¿Que que casualidad, siempre pivotando en la orbita, de regimenes pro occidentales y occidentalizados en parte.?
    Las democracias son fallidas allá donde imperan fuerzas de poder del narco y marxistizadas como en el caso de las FAR en Colombia.

    Y en el caso de los estados arabes, menos en los hispanos. Las urnas aupan a quienes son contrários a la democracia e intentan imponer sus regimenes totalitarios inspirados en la Sharia o en codigos teocraticos opresivos e intolerantes con las libertades y con las minorias o confesiones distintas al islam.

    Todo occidente en plan papanata y estúpido, se vanaglorió, o apludio a dichas primaveras arabes… ¡Y me temo, que terminemos por ver algo parecido en colombia!

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *