La paz europea violada por Rusia

La Europa unificada del siglo XXI: estable, segura y próspera. Justo como soñaban los padres fundadores europeos –Robert Schumann, Konrad Adenauer, Jean Monnet y otras figuras destacadas– hicieron su aportación para que pudiéramos ver la Unión Europea tal como es ahora. Lamentablemente, el mundo actual no es más seguro, ni más estable, y no lo va a ser en una perspectiva a medio plazo. La mayoría de los desafíos existentes y la aparición de nuevas amenazas hacen que los países tengan que buscar su camino para formar las estrategias del futuro y los principios de la política exterior para garantizar su propia seguridad. En mi opinión, el civilizado modelo europeo es ideal para su desarrollo en el continente. Los valores europeos intervienen como un factor de unión para aquellos países que los apoyan y que realmente siguen las reglas del juego. Éstos son los países de la UE, la Asociación Europea de Libre Comercio y algunos países del Partenariado Oriental.

Las últimas acciones del régimen ruso han demostrado que el mantenimiento de un diálogo constructivo entre Oriente y Occidente, la UE y los antiguos países de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) no estaban predestinadas a plasmarse en la realidad. Primero, después de la caída del Muro de Berlín, por mucho que lo deseara, el Kremlin no consiguió crear un bloque poderoso en la ex Unión Soviética. La CEI, a pesar de la creación de la zona interior de libre comercio, no logró una integración plena de sus países, ni en una fuerte organización internacional. En la actualidad, ya nadie se acuerda del segundo intento de la Federación Rusa de integrar a los países independientes –el acuerdo sobre la creación del espacio económico común–, y el último intento del Kremlin en esta dirección, la Unión Euroasiática, que no puede presumir de logros económicos, ni de un clima favorable para las inversiones.

En segundo lugar, la nueva carrera armamentista de Rusia y el hecho de competir en los proyectos de oleoductos, junto con una corrupción que avanza en tiempo récord y una falsa propaganda, agotan cada día más los recursos de Moscú y ponen en duda la capacidad de llevar a cabo sus ambiciones. La percepción y el reconocimiento de los problemas internos y externos, la orientación exclusiva a los recursos energéticos, el retraso en el desarrollo económico y la incapacidad de alcanzar el nivel de otros competidores aumentan la agresividad de la política de la Federación Rusa y su violación de todas las normas del derecho internacional. Tras la anexión de Crimea, una abierta agresión militar contra Ucrania, el reconocimiento de las elecciones en Donetsk y Lugansk, así como la imposición recíproca de sanciones entre la UE y Moscú, hace evidente que la estabilidad en Europa no tiene cabida en los planes de Putin.

Si hipotéticamente imaginamos que Ucrania forma parte de la Unión Aduanera con Rusia, Bielorrusia y Kazajistán es previsible que no tengamos gas con tarifas baratas. En el mundo civilizado los recursos energéticos son una mercancía que ofrecen unos países suministradores y se compra con condiciones ventajosas. En la Unión Aduanera y la Comunidad Económica Eurasiática el gas es un instrumento de presión y chantaje político por parte de Rusia. Por eso la actitud de algunos estados de la UE, y en primer lugar de España, en cuanto a la política energética común europea y la construcción de la interconexión en el Sur de Europa es correcta y perspicaz.

En el siglo XXI, cada país debe tener el derecho a elegir libremente su camino sin intervención ni presión por parte de terceros. Lamentablemente, Ucrania está sufriendo las consecuencias de la política bárbara y agresiva de Rusia, especialmente en condiciones del acercamiento real con la UE y el alejamiento de la influencia rusa. Estoy convencido de que junto a nuestros amigos europeos podremos superar este reto y restablecer la paz en Ucrania y Europa.

Serhii Pohoreltsev es embajador de Ucrania en España.

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