La peligrosa política de India hacia Pakistán

A juzgar por los desagradables intercambios entre los ministros de exteriores indio y pakistaní en la reciente Asamblea General de las Naciones, la ya deteriorada relación bilateral ha llegado a un nuevo mínimo.

Los antecedentes inmediatos a la sesión de la ONU ya eran malos. Menos de 24 horas tras acordar una reunión bilateral de ministros de exteriores por fuera de la Asamblea General, India la canceló citando el asesinato de tres policías indios en su frontera común y la emisión de Pakistán de un sello que homenajeaba a un terrorista cachemir abatido.

Pero tales incidentes fronterizos (tanto los asesinatos como las represalias) no son nuevos; de hecho, este año ya han ocurrido varios. Y si bien las estampillas fueron sin duda una poco placentera manifestación de la crónica glorificación por parte de Pakistán de la violencia anti india, su emisión fue en julio, un mes antes de que jurara el cargo el Primer Ministro Imran Khan, cuyo gobierno propuso la reunión bilateral.

El argumento esgrimido por el ministerio de exteriores indio de que estos incidentes pusieron al descubierto el “verdadero rostro” de Khan fue una mera excusa, y además bastante grosera. El hecho es que, con elecciones generales en menos de seis meses y cinco elecciones estatales antes de fin de año, el gobierno del Primer Ministro Narendra Modi simplemente no quería una reunión con Pakistán en un momento políticamente delicado.

El Partido Bharatiya Janata (BJP) de Modi parece haber decidido ir a las próximas elecciones sobre una plataforma hinduita de línea dura. La hinduita, la ideología del chovinismo hindú, se enorgullece de su hostilidad a los musulmanes indios, así como hacia Pakistán. Ni sonrisas ni apretones de manos en Nueva York hubieran ayudado a esa estrategia.

Esta interpretación se refuerza por el uso de la Ministra de Exteriores india Sushma Swaraj del podio de la ONU para dar un discurso político de campaña en hindi a los votantes del BJP, en el que atacaba a Pakistán y mencionaba a Modi el doble de veces que a India, en cuya representación se suponía que hablaba.

Esto no quiere decir que el gobierno de Khan haya sido un ejemplo de diplomacia. El Ministro de Exteriores pakistaní Shah Mehmood Qureshi ha adoptado una actitud extraña y perjudicial, por ejemplo, diciendo que su país está acosado por el “terrorismo” indio, fenómeno que ningún analista internacional ha reconocido hasta el momento.

Qureshi también culpa a la India por un ataque producido en 2014 a una escuela del ejército en Peshawar que se ha atribuido de manera convincente a Tehreek-i-Taliban Pakistan, un grupo terrorista local que está en guerra con el gobierno pakistaní. Puesto que el de la India es el gobierno que más odian los talibanes pakistaníes, aparte del de Pakistán, la idea de que lo estuvieran beneficiando en territorio pakistaní resulta grotesca y fútil.

¿Pueden caer más bajo los gobiernos de dos países con armas nucleares que se supone deben estar a la altura de esa responsabilidad? Por desgracia, perece que sí. En Pakistán, el gobierno de Khan, apuntalado por el ejército, irá consolidando gradualmente su poder. En la India, la fiebre electoral está elevándose bajo un gobierno que no ha dudado en politizar al ejército y que suele sustituir logros tangibles por el marketing.

Por ejemplo, el BJP se jacta constantemente de redadas transfronterizas sobre campos terroristas en Myanmar y Pakistán. El mes pasado celebró el aniversario de una de ellas, que cruzó la Línea de Control en Cachemira, a pesar de que no tuvo ningún impacto geoestratégico. Las incursiones terroristas a través de la frontera, ayudadas y consentidas por el ejército pakistaní, han continuado en los dos años transcurridos desde entonces.

Mientras tanto, los expertos en política exterior se preguntan si Modi tiene una política hacia Pakistán después de todo. Tras demonizar a los paquistaníes en sus discursos de campaña, Modi invitó a su contraparte Nawaz Sharif a Delhi para su asunción en 2014, generando expectativas (reforzadas por intercambios de mantones, saris y hasta cartas sentimentales a las madres de cada uno) de un nuevo amanecer en las relaciones bilaterales.

Menos de dos meses más tarde, India y Pakistán se atacaban con fuego de artillería en la frontera, que seguía siendo una zona de alta sensibilidad. Las conversaciones entre los respectivos ministros de exteriores se cancelaron cuando los paquistaníes propusieron reunirse con los líderes cachemires separatistas indios, en lo que se ha convertido en práctica común a la que los gobiernos indios anteriores habían respondido con una indiferencia oficial. Ese noviembre, en la cumbre de la Asociación del Sur de Asia para la Cooperación Regional celebrada en Nepal, Modi fijó la mirada significativamente en un folleto en lugar de saludar a Sharif, aunque más tarde se reveló que los dos líderes se habían reunido en privado en una suite de hotel perteneciente a un empresario indio.

El patrón se ha repetido a lo largo del mandato de Modi. Un día el partido de gobierno asevera que las conversaciones y el terrorismo no pueden coincidir y que no se puede premiar a Pakistán con una visita de los líderes indios hasta que demuestre avances en castigar a los perpetradores del ataque terrorista de 2008 en Bombay. Al día siguiente, Modi viaja impulsivamente a Lahore para asistir a una celebración familiar en la casa de Sharif, haciendo que el sorprendido alto comisionado de la India lo reciba con apuro en el aeropuerto.

Poco después de esa improvisada visita a Lahore a fines de 2015, siete indios fueron asesinados por militantes paquistaníes en la Base de la Fuerza Aérea de Pathankot, lo que heló de nuevo la relación bilateral. Tras ello han seguido más ataques de Pakistán, ocasionando más respuestas inconsistentes y episódicas de la India, como el último incidente en la ONU.

Es cierto que a muchas autoridades indias les resulta frustrante hablar de paz con un gobierno civil que, debido a que el ejército toma las decisiones en Pakistán, parece incapaz o no dispuesto a cumplir sus compromisos. Pero eso no invalida el hecho de que el gobierno indio carece de un marco de políticas coherente para negociar la relación con su vecino más turbulento, y mucho menos una visión convincente para una paz duradera.

La de Modi es una política exterior caprichosa y no planificada. A medida que se acercan las campañas electorales en la India, solo cabe esperar que esos caprichos y la retórica incendiaria que suele acompañarlo no provoquen una conflagración.

Shashi Tharoor, a former UN under-secretary-general and former Indian Minister of State for Human Resource Development and Minister of State for External Affairs, is currently an MP for the Indian National Congress and Chairman of the Parliamentary Standing Committee on External Affairs. He is the author of Pax Indica: India and the World of the 21st Century. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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