La peligrosa política del euro

El jurado aún no decide si Grecia logrará evitar el default, permanecer en la eurozona y revertir la brutal contracción de su economía. Pero cualquier jurado justo ya se hubiera pronunciado sobre las consecuencias políticas de la moneda común: un fracaso total.

Por supuesto, la justificación del euro siempre fue de índole política y se dio en dos variedades: la burda y la elevada.

La justificación burda, rara vez discutida en forma directa por gente de buenos modales, era que los países de Europa meridional gastaban demasiado e imponían una carga tributaria muy baja, por lo que se endeudaban en exceso. Mientras pudieran financiar sus déficits emitiendo moneda y devaluándola de vez en cuando, no dejarían de ser imprudentes. Sólo la camisa de fuerza del euro y una política monetaria dirigida desde Frankfurt podrían hacerlos entrar en vereda.

Ésa era la teoría. En la práctica, el resultado fue exactamente lo opuesto. Tras que desapareciera el peligro de la devaluación, los diferenciales de las tasas de interés se desmoronaron, y con ellos el costo de los créditos. Los países europeos de menores ingresos se inundaron de dinero barato proveniente del exterior. En algunos – Grecia, Italia, Portugal – este dinero financió un gasto público insostenible. En otros – España e Irlanda – financió las ilusiones extravagantes de ciertas empresas inmobiliarias privadas. Las deudas se dispararon por doquier.

La manera más atractiva de articular la justificación elevada del euro fue en francés. Prometía paz, prosperidad y un creciente respeto mutuo, con la unión política como objetivo final. El hecho de que nadie supiera como lograrla carecía de importancia. La voluntad y la determinación de Europa lo conseguiría, es lo que oí en múltiples congresos a través de los años. Sin ser europeo, me dieron a entender (a veces de manera amable, otras no tanto), era imposible que yo comprendiera eso.

Bien, los resultados ahora son patentes, e incluso sin ser europeo se puede comprender lo que ha sucedido. La legitimidad de las instituciones europeas va a la baja, los movimientos neo-fascistas al alza. Proliferan los prejuicios contra inmigrantes, al igual que los clichés sobre los tacaños del norte y los perezosos del sur. Incluso diarios serios han llegado a pintar a políticos alemanes con lederhosen y bigotes a lo Hitler. Estoy cierto de que debe de existir un resultado peor para la causa de una Europa integrada y tolerante, pero me cuesta imaginarlo.

No tenía por qué haber sido así. La unión monetaria siempre fue una apuesta arriesgada, pero no necesariamente tuvo que producir un desempleo masivo (más de la mitad de los jóvenes de Grecia y de España está sin trabajo). Parte importante del problema obedece al defectuoso diseño de la eurozona, fracaso que también es de índole política.

Es verdad que Grecia es responsable de muchas de sus propias dificultades. Se ha abusado del sistema de pensiones, la recaudación de impuestos sigue siendo caótica y, además, fuera de sus hermosas playas, el país no ofrece mayores bienes ni servicios que el resto del mundo desee comprar.

Pero la depresión – que ya lleva cinco años – también tiene causas externas. No es que los otros países europeos sólo le estén comprando muy poco a Grecia; no le compran mucho a ningún país. Como Martin Wolf, del Financial Times, no se cansa de señalar, en Europa existe un enorme desequilibrio, y no es el que uno se imagina.

Desde que se inició la crisis actual, la cuenta corriente de la eurozona ha pasado de un pequeño déficit a un superávit de más del 2,5% del PIB. A medida que países como Grecia han disminuido sus gastos, otros, como Alemania, no han aumentado los suyos. Los europeos septentrionales se enorgullecen de vivir de acuerdo a sus medios – sin importar que al hacerlo contribuyan a mantener una crisis regional.

Este problema ya fue motivo de preocupación para John Maynard Keynes al momento de las negociaciones de Bretton Woods, después de la segunda guerra mundial. Negándose a otorgar créditos, los extranjeros pueden obligar a un país a disminuir sus gastos. Pero ¿cómo se puede obligar a un país o a un grupo de países a aumentar sus gastos? La eurozona carece de respuesta para este acertijo de índole política, en el cual reside una de sus debilidades fundamentales.

La eurozona tampoco dispone de los amortiguadores fiscales automáticos que son esenciales para estabilizar los ingresos dentro de la unión – lo que queda cada día más claro. Cuando el precio del petróleo cae, y Texas y Oklahoma entran en recesión, rápidamente se produce un flujo de capitales hacia esos estados, sin controversia ni virulencia política. Pero esta unión de transferencias no se producirá mientras quede un solo europeo septentrional que pueda oponerse. Es decir, la eurozona continuará plagada de desequilibrios económicos y de las tensiones políticas que inevitablemente los acompañan.

Y, hablando de tensiones políticas, las negociaciones entre Grecia y la Unión Europea marcaron un nuevo hito. El gobierno de Syriza cedió tras apenas dos semanas de instaurado cuando enfrentó una amenaza de proporciones nucleares: si no te comportas, el Banco Central Europeo dejará de financiar a tus bancos. Ni siquiera un ministro de hacienda que lleva casaca de cuero estuvo dispuesto a tolerar una potencial retirada masiva de depósitos de sus bancos, y el caos financiero que esto implicaría.

Un banco central independiente es algo muy positivo, y Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo es un excelente banquero central. Pero se supone que esa independencia se debe aplicar a la política monetaria (elevar las tasas de interés de ser necesario, por muy impopular que resulte) y no a la política fiscal (obligar a un país a recortar gastos y a aumentar la carga impositiva para pagar su deuda). ¿Alguien dijo déficit de democracia?

Evidentemente, nada de esto significa que la salida de Grecia de la eurozona sería deseable. Como lo dice el viejo chiste, si es allí donde quieres llegar, no partas de aquí. Pero aquí – dentro de la unión monetaria – es donde se encuentra Grecia, y abandonar el euro sin tener un plan B sería un desastre.

Es muy fácil que la mala economía se convierta en mala política. A causa de su defectuoso diseño, la moneda común hoy amenaza con malograr el propio proyecto de unión política que debió promover. De ocurrir esto, sí que sería una verdadera tragedia griega.

Andrés Velasco, a former presidential candidate and finance minister of Chile, is Professor of Professional Practice in International Development at Columbia University’s School of International and Public Affairs. He has taught at Harvard University and New York University, and is the author of numerous studies on international economics and development.

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