La pelota española

Por Xavier Bru de Sala (LA VANGUARDIA, 01/05/04):

Cuando Aznar le dijo a Bush que siempre tendría un bigote detrás, se estaba guardando de decirle que España estaba con su ataque unilateral y temerario a Iraq. O sea, que nuestro país había dejado de ser previsible y fiable en la escena internacional. En no pocas decisiones y posiciones fundamentales, que deberían seguir el mismo o parecido curso con independencia del color gobernante, España se decanta a un lado u otro al albur de su alternancia. Ahora volveremos a ser amigos de Marruecos en vez de pelearnos por Perejil, a invertir en Cuba, a reforzar el núcleo duro europeo en lugar de capitanear a los que lo debilitaban, retomaremos la tradición de socios críticos de Estados Unidos en vez de ofrendar bigotes para la eternidad, y un largo etcétera. En la escena internacional, España es una pelota que bota y rebota de una portería a la otra, sin que nadie la juegue por el centro del terreno. Aunque desde el punto de vista de los intereses, las consecuencias no son esta vez muy negativas (ni nos costó caro Aznar ni nos cuesta caro Zapatero), el efecto en términos de imagen no es nada halagüeño.

Es una desgracia histórica: las tensiones y conflictos de nuestro entorno toman cuerpo en España, de modo que a menudo acaba ganando la tendencia a magnificarlos y somatizarlos. Esta vez el resultado ha salido por el lado contrario de la Contrarreforma y la Guerra Civil, pero la democracia sólo ha civilizado, por fortuna, las maneras, sin cambiar la tendencia a exacerbar el enfrentamiento interno. Más que en Italia, donde todo lo relacionado con el poder es mucho más liviano, el pensamiento “neocon” se enraizó en la derecha española, que perdió así su mayor oportunidad de centrarse y europeizarse. Ahora, con la inesperada y muy contundente derrota del PP, con una persona se ha hundido el proyecto que encarnó. Puede criticarse la precipitación o el golpe de efecto de Zapatero, pero lo que ocurre en estos días de triunfo de todos contra el derrotado es consecuencia del radicalismo aznarista. Consciente de ello, Rajoy planteó en el debate del martes un enfrentamiento lo más duro posible en las formas, pero que se guardaba de entrar en el fondo. Tal vez fue un efecto retórico, pero casi dio a entender que se hubiera mostrado comprensivo con el repliegue de tropas si el presidente hubiera cumplido los plazos que se dio. Comparado con el artículo de Aznar sobre la hecatombe que provoca el desistimiento español, Rajoy dio por consumada la derrota del radicalismo de derechas en España y pasó a ocuparse de su figura como líder de la oposición, de entrada más quisquilloso que hiriente. Es un buen síntoma, si bien sigo creyendo que nuestra derecha no volverá al poder sin sustanciales cambios de posición y talante.

Nadie ha subrayado aún, a mayor abundancia de la tesis que aquí se plantea sobre España como pelota internamente herida y sangrante de la escena internacional, que los únicos territorios donde hay un sólido y mayoritario consenso sobre política exterior son, por orden de la amplitud de dicho consenso, Catalunya y Euskadi. En mucho han mejorado nuestros nacionalismos respecto de la historia, pues donde participaron en los enfrentamientos, cuando no los provocaron, se sitúan ahora en un campo que refuerzan por convertirlo en común. Nótese que el único en relacionar la foto de las Azores con el atentado del 11-M fue Duran Lleida, que utilizó la elegante imagen de que Aznar había incrementado la “visibilidad” de España desde el punto de vista del terrorismo internacional. Puigcercós, como el resto de la izquierda, no llegó siquiera a insinuar esta obviedad.

En las Azores y en Iraq, Aznar cometió el mayor disparate de nuestra democracia. Como las urnas se han encargado de llevarlo a pique, veamos, en vez de insistir en la oscuridad del pasado, de qué modo podría volver el consenso español sobre las cuestiones fundamentales de la política internacional. La izquierda, cambiando de maneras, la derecha cambiando su ideario. Para lo que aquí se persigue no hay modelos foráneos, pues en cada país la democracia y sus partidos, como el propio capitalismo y sus empresas, o el periodismo y sus medios, adquieren unas peculiaridades intransferibles que convierten a su panorama en reconocible e intransferible. El fin sí está claro, que España, como Gran Bretaña, Francia o Alemania, deje de rebotar en dirección contraria al cambiar el color de su gobierno. Para ello se requiere una actitud de fondo del PP mucho más cercana al núcleo europeo y una flexibilidad del PSOE en aras del consenso.

Es necesaria la formación de núcleos e instituciones de análisis y pensamiento sobre política internacional que no estén decantados desde su fase de proyecto, que no hayan nacido para servir a un bando, sino para formar uno para todos. Los grandes consensos no se forjan con discursos, sino con el poso de una infinidad de pequeños tanteos y aproximaciones que se expande en círculos.