La pena de muerte: una vez más

Tres acontecimientos significativos relacionados con la pena de muerte se produjeron en los Estados Unidos durante el mes de septiembre. El más publicitado fue la ejecución en Georgia de Troy Davis, quien fue condenado el año 1989 por el asesinato de Mark McPhail, un oficial de policía que en ese momento se estaba fuera de servicio.

La sentencia de muerte de Davis fue llevada a cabo a pesar de existir serias dudas sobre si era culpable del delito por el cual recibió dicha condena. Los testigos que declararon en el juicio dijeron posteriormente que los fiscales los habían forzado. Incluso los partidarios de la pena de muerte protestaron en contra de esta ejecución, alegando que se le debía dar la oportunidad de un nuevo juicio. Sin embargo, los tribunales rechazaron las apelaciones. En sus últimas palabras, Davis proclamó su inocencia.

El homicidio judicial deliberado de un hombre que podría haber sido inocente es profundamente preocupante. Pero la ejecución fue compatible con algo que sucedió apenas dos semanas antes, en uno de los debates entre los candidatos republicanos a la nominación de su partido para desafiar la candidatura del presidente Barack Obama el próximo año. El gobernador de Texas Rick Perry recordó que durante su mandato, la pena de muerte se había ejecutado 234 veces. Ningún otro gobernador en  tiempos modernos ha presidido tantas ejecuciones. Pero lo más resaltable es que algunos miembros del público aplaudieron cuando se mencionó este elevado número de ejecuciones.

En aquel momento, se le preguntó a Perry si alguna vez se sintió preocupado por el hecho de que uno de ellos podría haber sido inocente. Respondió que él no perdía el sueño por las ejecuciones, porque tenía confianza en el sistema judicial de Texas. Considerando el historial de errores en cualquier otro sistema judicial, tal confianza es difícil de justificar. De hecho, menos de un mes más tarde, Michael Morton, quien había cumplido casi 25 años de una condena a cadena perpetua por el asesinato de su esposa, fue liberado de una prisión en Texas. Las pruebas de ADN habían demostrado que otro hombre fue el responsable del crimen.

Cuando septiembre llegaba a su fin, la Corte Suprema de los EE.UU. emitió su decisión en el caso de Manuel Valle, quien había sido condenado a muerte 33 años antes. Valle había pedido a la corte que detenga su ejecución, basándose en que pasar tanto tiempo en el corredor de la muerte es un “castigo cruel e inusual”, y por lo tanto, se encuentra prohibido por la constitución de los Estados Unidos.

El magistrado Stephen Breyer estuvo de acuerdo con que pasar 33 años en prisión en espera de su ejecución es cruel. En apoyo de este punto de vista, se refirió a las condiciones de “barbarie” en el corredor de la muerte, y el “horrible” sentimiento de incertidumbre cuando se está bajo sentencia de ejecución, porque no se sabe si o cuándo la sentencia se llevará a cabo. Breyer luego pasó a documentar el hecho de que un período tan largo en el corredor de la muerte también es inusual. Fue, de hecho, un antecedente; pero, no obstante que el periodo de tiempo promedio en el corredor de la muerte en los EE.UU. es de 15 años; en el año 2009, de los 3.173 presos condenados a muerte, 113 habían estado allí por más de 29 años.

De esta manera, Breyer consideró que el trato que Valle recibía era inconstitucional, y que por lo tanto no debería ser ejecutado. Pero, su postura no recibió apoyo de ninguno de los otros ocho magistrados del Tribunal Supremo. El 28 de septiembre, el tribunal rechazó la solicitud de Valle y fue ejecutado esa misma noche.

Los EE.UU. es ahora la única nación industrializada occidental que mantiene la pena de muerte por el delito de asesinato. De los 50 países de Europa, sólo Bielorrusia, nación conocida por su falta de respeto a los derechos humanos, aún continúa ejecutando a los criminales en tiempos de paz. La Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea  se refiere a la pena de muerte como una violación de los derechos humanos.

La pena de muerte no es un medio eficaz de disuasión. Las tasas de asesinatos en Europa y otras naciones industrializadas de Occidente son más bajas, a menudo mucho más bajas, que en los EE.UU. Incluso, dentro de los Estados Unidos, los 16 Estados que han abolido la pena de muerte tienen, de manera general, una tasa de asesinatos menor que aquellos que la conservan.

Sin embargo, en los EE.UU. la disuasión no es realmente el tema. Se ve a menudo a la retribución como una justificación de la pena de muerte que tiene mayor importancia. Es bastante común que los miembros de la familia de la víctima presencien la ejecución de la persona declarada culpable de matar a su pariente, y que luego se pronuncien satisfechos de que se hizo justicia; esto volvió a ocurrir en la ejecución de Troy Davis.

En el resto del mundo occidental, el deseo de ser testigo de una ejecución es ampliamente considerado como una barbarie, y es casi incomprensible. La idea de que las familias de las víctimas de asesinato no puedan obtener un “cierre” hasta que se ejecute al asesino no parece ser una verdad humana universal, sino un producto de una cultura particular; quizás, ni siquiera de la cultura estadounidense en su conjunto, sino más bien de la cultura del sur de los Estados Unidos, donde se llevan a cabo el 80% de todas las ejecuciones.

En vista de la posibilidad de que Georgia recientemente ejecutó a un inocente, es especialmente irónico que los votantes del sur sean en los Estados Unidos los más fervorosos partidarios de la protección de la vida humana inocente, siempre y cuando que la vida se encuentre aún dentro del útero, o sea la vida de una persona que está padeciendo de una enfermedad terminal quien busca la ayuda de un médico para poder morir cuando ella quiera. Esta es una contradicción que desmiente lo que el Partido Republicano, que domina la región, promueve como una “cultura de la vida”.

Peter Singer, profesor de Bioética en la Universidad de Princeton y profesor laureado en la Universidad de Melbourne. Entre sus libros, figuran Practical Ethics (“Ética práctica”), The Expanding Circle (“El circulo en expansión”) y The Life You Can Save (“La vida que podéis salvar”). Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.

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