La penúltima carga del regimiento Alcántara

Hablar de la «cadena de errores e irresponsabilidades» que, en «un clima generalizado de corrupción», transformaron la estrategia expansiva de un líder «inconsciente y optimista» en una «situación límite», en la que la marcha atrás se transformó en una «auténtica pesadilla», no implica necesariamente referirse a lo ocurrido con el déficit público durante la segunda legislatura de Zapatero y al ensañamiento de los mercados ahora que Rajoy y su gobierno tratan de reparar el estropicio con más voluntad que acierto.

De hecho todas estas expresiones entrecomilladas proceden del vibrante relato que Julio Martín Alarcón firma este mes en La Aventura de la Historia sobre la tragedia que siguió a la alegre ofensiva del general Manuel Fernández Silvestre cuando en el verano de 1921 pretendió expandir la presencia española en el Rif. Hablamos pues del Desastre de Annual, paradigma de cómo las fantasías voluntaristas pueden conducir a la antesala misma del infierno cuando se ejecutan de forma chapucera, sin que nadie advierta al jefe de los insensatos riesgos que corre.

Pero en medio del espanto que se desencadenó cuando lo que pretendía ser una retirada ordenada y gradual se trocó en anárquica desbandada, aquel episodio también nos ha legado un impresionante ejemplo de abnegación, coraje y sacrificio que al fin, 91 años después de los hechos, ha obtenido el reconocimiento simbólico que merecía. No me extraña que, a nada que se preocuparan de repasar los motivos por los que el pasado 1 de junio otorgaron la Cruz Laureada de San Fernando al regimiento de caballería Cazadores de Alcántara, los miembros del actual Consejo de Ministros sigan aún sobrecogidos por los relámpagos de patriotismo y valentía que, en medio de la tenebrosa degollina de miles de españoles, representaron aquellas cargas, sable en ristre, picando espuelas, montaña arriba.

La misión de los seis centenares largos de jinetes que componían el regimiento comandado por el teniente coronel Fernando Primo de Rivera consistía en proteger el repliegue escalonado de la infantería cercada en Annual hasta la posición de Monte Arruit, próxima a Melilla. Pero el pánico desatado entre las tropas al verse diezmadas por las harkas rifeñas que, en número muy superior, acechaban apostadas tras las lomas de las montañas, hizo inútil todo intento de organizar el flujo humano por aquellos desfiladeros sembrados de cadáveres.

Fue entonces cuando Primo de Rivera, hermano del futuro dictador, tomó la decisión de convertir a sus escuadrones en señuelos que distrajeran la atención y capacidad de fuego de las hordas de Abd el-Krim, arremetiendo quijotescamente contra ellas, pese a la desventaja del terreno, para que sus inermes y exhaustos compañeros tuvieran una oportunidad de escapar, arrastrando a sus heridos.

La referencia del Consejo de Ministros incluye las palabras clave de la arenga atribuida a aquel abnegado jefe en esa terrible tesitura: «La situación, como ustedes pueden ver, es crítica. Ha llegado el momento de sacrificarse por la Patria, cumpliendo la sagrada misión del Arma. Que cada cual ocupe su puesto y cumpla con su deber».

Sin embargo, el libro publicado en 2005 por Antonio Bellido Andreu con el significativo subtítulo de La Laureada debida se hace eco de la versión menos políticamente correcta de uno de los escasos supervivientes, el suboficial Jiménez Maruhenda, que aseguró haber estado situado justo a las espaldas del teniente coronel: «Ha llegado, señores, la hora de sacrificarse por la Patria. Vamos a luchar como leones y si nos hemos de llevar por delante mil, a ver si podemos llevarnos tres mil».

Nunca sabremos cuál fue el número de bajas que los jinetes del Alcántara causaron entre los rifeños, pero en la documentación anexa al llamado Expediente Picasso han quedado testimonios espeluznantes que acreditan que en efecto «lucharon como leones». Las contumaces cargas de aquellos escuadrones embistiendo en disciplinada formación hacia las crestas, en las que un enemigo con reservas humanas inagotables aguardaba parapetado en casas y chumberas, desbordan en mérito y heroísmo muchos episodios similares glorificados hasta la saciedad en la literatura y el cine. Los relinchos de los caballos, sus espumarajos jadeantes, los sables ensangrentados… aquí el teniente Font de Mora que ha perdido su montura, jactándose de haber ensartado a un cabileño desde la grupa prestada de un compañero; allá el alférez Cistué que, sintiendo el fatal pronóstico de la herida que le perfora la barriga, esgrime su revólver y se levanta la tapa de los sesos para ahorrarse la agonía.

Más del 80% de los integrantes del regimiento Alcántara, incluidos 28 de sus 32 oficiales, perdieron sus vidas en las laderas del escueto tramo de carretera que media entre las localidades de Dar Drius y Batel. Sostiene la tradición del Arma de Caballería que un puñado de jinetes realizó al paso su última carga, avanzando espectralmente hacia una muerte a cámara lenta como contribución final a la salvación de los tres mil soldados que pudieron llegar a Monte Arruit. No es un mero broche imaginario para la épica sino lo que se desprende del testimonio del ya citado Jiménez Maruhenda, incluido en ese raro volumen: «Según me refirió el soldado Caravaca del 4º Escuadrón, las fuerzas que quedaron de Alcántara, que no sabe los que serían, volvieron a cargar nuevamente, no obstante el excesivo cansancio del ganado que en algunos momentos no podía ir más que al paso».

Si como bien ha escrito en nuestra revista el general Luis Alejandre, ex jefe del Estado Mayor del Ejército, «es una gesta que, aun leída hoy, estremece», no tiene nada de sorprendente que su impacto haya sido exponencialmente mayor en aquellos miembros del actual Gobierno que, al aprobar la concesión de la Laureada, de repente sintieron que, riesgos físicos aparte, ellos mismos estaban embarcados en una tarea con similar dinámica y parecido grado de dificultad que la que emprendieron aquellos jinetes.

Empezando por el principio, uno de esos ministros alegaba el otro día que tal vez el error inicial del gabinete fue no acudir al Parlamento cuando se descubrió el engaño de dos puntos y medio en el déficit heredado y decir con claridad que ése era un escenario tan terrible como para plantearse pedir directamente el rescate. O sea, no aquilatar lo desesperada que era la situación una vez que se había puesto en manos de los mercados un arma mortífera para castigar implacablemente a España: la desconfianza que merece un país que no dice la verdad al presentar sus cuentas.

A partir de ahí, nos estaban esperando. Cada medida de ajuste encaminada a rebajar el déficit, cada intento de apaciguar a los inversores, cada apelación a la solidaridad europea ha sido una trabajosa carga de caballería montaña arriba, con todas las desventajas de topar con el escepticismo de quienes piensan que la España actual con sus autonomías, sus millones de funcionarios y sus restricciones sindicales nunca logrará pagar sus deudas.

Al principio los animosos paladines gubernamentales encajaron con sorpresa y desconcierto el repudio de los mercados: ¿cómo era posible que, si habían hecho la reforma laboral, la ley de estabilidad y la reforma financiera, la prima de riesgo continuara subiendo? A medida que el castigo fue haciéndose crónico y la opinión pública se desmandaba, desmoralizada, en el torbellino de un creciente y caótico sálvese quien pueda, el sobresalto ha ido trocándose en sereno estoicismo.

Muy bien, venía a decir el Gobierno, si obtener cien mil millones para la banca en condiciones óptimas, si quitarles una paga a los funcionarios, si romper el tabú de reducir el subsidio de desempleo, si subir obedientemente el IVA y eliminar con igual docilidad la desgravación por vivienda no sólo no aplacan el fuego graneado que en cada apertura de los mercados se ha desatado contra nosotros desde las alturas, sino que son hechos compatibles con que la prima de riesgo haya pasado de 500 a casi 650, eso sólo puede querer decir que, hagamos lo que hagamos, seremos rechazados y empujados al barranco.

No quedaba otra que pedir auxilio exterior como lo hizo el general Silvestre antes de morir, dirigiendo un desesperado SOS a Dámaso Berenguer, alto comisario para Marruecos y jefe de la comandancia de Ceuta, para que mandara refuerzos. En este caso el destinatario de los llamamientos del Gobierno Rajoy era el BCE y no se le pedían tropas sino que comprara deuda. Algo que se reclamaba día sí, día también, por activa y por pasiva, con buenos y malos modales, hasta el extremo de llegar a llamarle «banco clandestino» por boca del ministro de Exteriores.

Y es que, en efecto, una y otra vez las cargas dialécticas de los jinetes gubernamentales se estrellaban ante la máscara sardónica del señor Draghi. No sólo nos tiraba ladera abajo sino que encima se explayaba sobre las virtudes de su institución y los defectos de las nuestras, dando a entender que, como en el infierno de Dante, más nos valía abandonar toda esperanza. Pero aun sumido en el más amargo desaliento, sangrando ya por las heridas, magullado por los revolcones, corroído por la inquina de sus adversarios y la decepción de sus leales, el Gobierno perseveraba en el empeño. Hasta el extremo de que la ofensiva diplomática, coordinada esta semana entre Economía y Exteriores, parecía ya una especie de última carga testimonial al paso, antes de caer en las fauces del rescate.

Fue entonces cuando el jueves al mediodía sonó entre los riscos la corneta del Séptimo de Caballería. Draghi daba al fin su brazo a torcer y anunciaba próximos refuerzos para detener la escabechina de los mercados. La Bolsa se disparó y la prima de riesgo cayó en picado. Luis de Guindos, que había tenido el don de la oportunidad al reunirse con los interlocutores precisos -Schäuble y Moscovici- en la semana adecuada, contuvo la euforia de la tropa: «Ni ayer estábamos tan mal, ni hoy hemos mejorado tanto».

En su subconsciente debió funcionar la cautela de que una cosa es que se alcancen acuerdos para acudir en auxilio de España e Italia y otra que esos acuerdos se apliquen a tiempo. En ese trecho que va del dicho al hecho se fraguó el último acto de la tragedia del 21 cuando los nutridos refuerzos enviados por el general Berenguer no pasaron de Melilla mientras, a sólo 40 kilómetros, los tres mil supervivientes de Annual eran masacrados en Monte Arruit.

El sacrificio del regimiento Alcántara fue, en definitiva, estéril; pero la mayoría de sus componentes murieron sin saberlo. Lo que ahora, con tanto retraso, se honra no es el logro sino el mérito, pues nadie puede dar más de lo que tiene. Y en todo caso el Gobierno actual puede confíar en que, por terribles que parezcan, los mandamases de la Unión Europea siempre serán mejores que nuestros generales de aquel último tramo de la Restauración.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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