La percepción china de la UE

China y la UE establecieron en el 2003 un “partenariado estratégico”, gestionado al máximo nivel a través de cumbres anuales. La cumbre que empieza hoy tiene lugar tras la cancelación por China de la prevista en Lyon el pasado año, como respuesta a la entrevista entre Sarkozy y el Dalái Lama.

Partiendo de la rígida vertical de poder del Estado en la tradición confuciana, China tiene dificultad en comprender a un grupo de estados independientes que han puesto en común partes de su soberanía y retienen otras. En el terreno comercial, eje de las relaciones de la UE y sus miembros con China, hay una sola política comunitaria, con un comisario hablando por todos, una sola voz, una sola cara, un número de teléfono.

Sin embargo, aunque las embajadas de los países de la UE en Pekín colaboran en lo referente al marco comercial común, luego defienden a sus empresas para ayudarlas a conseguir contratos a menudo en lucha sin cuartel con las de otros socios comunitarios. Obviamente estos enfrentamientos ofrecen a China, como a cualquier otro país, amplio margen de maniobra para promover sus intereses.

Aunque entiende muy bien que el uso de la fuerza entre miembros de la UE está hoy totalmente excluido, de alguna forma China percibe a Europa como inmersa aún en la fase de los “estados combatientes”, previa a la unificación de China, 25 siglos atrás. Viene a coincidir esta visión con la de Kissinger en un reciente artículo: “Europa se encuentra a medio camino entre el abandono del marco nacional y un nuevo marco político todavía no logrado”. China empezó a creer en Europa con el alto representante de la PESC, la fuerza de despliegue rápido o el euro. El rechazo de la Constitución por la ciudadanía de algunos países la dejó perpleja y le creó dudas sobre la viabilidad del proyecto europeo más allá de lo económico.

En la guerra de Iraq, la principal encrucijada de la política internacional en lo que va de siglo, la UE se partió por la mitad, dejando bien clara la insuficiencia de los mecanismos de la PESC para coordinar las soberanías nacionales. China se alineó con la Francia de Chirac y la Alemania de Schröder, y hoy se pregunta si sus sucesores se enfrentarían a Estados Unidos como lo hicieron ellos. Mide China a los países europeos por su capacidad de atreverse a decirle que no a Washington. La despectiva expresión “la vieja Europa” fue interpretada por China como un elogio. Una de las piedras angulares de la cultura confuciana es el respeto por la edad y la experiencia. Los hechos demostraron que era la “joven América” la que se equivocaba. Algunos viejos europeos habían aprendido ciertas cosas después de siglos de guerrear. Tal vez no se pueda pedir escarmentar en cabeza ajena, sinónimo de sabiduría, pero Estados Unidos tampoco supo sacar lección de su propio desastre en Vietnam. La misma ciudadanía norteamericana acabó volviéndose contra la guerra de Iraq, llevando a la Casa Blanca a un senador que se había opuesto a ella desde el primer momento, alineándose con la “vieja Europa” y con China.

La incapacidad europea de consensuar una posición común respecto a un tema tan central como la guerra de Iraq llevó a China, inevitablemente, a concluir que no se puede hablar con propiedad de una política exterior europea: por más que en muchos casos haya posiciones comunes, en otros, a veces de la mayor importancia, no las hay. En una ocasión Deng Xiaoping se lamentaba ante Felipe González: “Ustedes los europeos, tan poquitos que son, ¿cómo no se ponen de acuerdo?”.

La percepción china y norteamericana de falta de credibilidad de la PESC es compartida por Rusia. Viacheslav Nikonov, director de uno de los principales centros de análisis de geoestrategia moscovitas, y nieto de Molotov, el ministro de Asuntos Exteriores de Stalin, dijo hace poco: “Tres grandes carencias impiden a Europa ser una gran potencia: de profundidad estratégica, de recursos naturales y de visión”.

China desea fervientemente que Europa sea uno de los polos del futuro mundo multipolar que auspicia, junto a Estados Unidos, ella misma, y tal vez algún otro. Pero se interroga sobre la falta de ambición de Europa, su fatiga histórica, su corto vuelo.

El precio de que los países de la UE conserven políticas exteriores nacionales es la creciente irrelevancia. La carencia central, la que condena a Europa a un papel secundario en el mundo, es la de voluntad política. Sin ella las cumbres entre la UE y China palidecerán ante las de Estados Unidos y China, ese G-2 que muchos piden ya en Washington, “un grupo de dos que podría cambiar el mundo”, en frase de Brzezinski. De Europa depende que el G-2 se convierta en G-3.

Eugenio Bregolat, ex embajador de España en China.