La pérdida de la virginidad

Pilar Rahola, periodista (EL PAIS, 09/07/05)

Parecemos adolescentes de los de antes, cuando llegábamos pipiolos, inocentes y vulnerables a la pérdida de la virginidad. Acumulábamos cuatro lecciones de sexo aprendidas en el boca a boca clandestino, algún tocamiento de esquina y unas cuantas verdades absolutas que sólo servían para hinchar pecho y aparentar que estábamos preparados. Después de aquello, nada de lo aprendido servía y todo tenía que volver a ser preguntado. La pérdida de la virginidad resultaba ser, sobre todo, una caída del himen mental, la puerta de entrada de la madurez. Si me permiten la exótica metáfora, empieza a ser hora de dejar atrás esta adolescencia colectiva que vivimos con santa ingenuidad, abandonar los cuatro tópicos simples que nos han servido para obtener cómodas respuestas a incómodas preguntas, y brindar por la caída de la inocencia. Ya nos han matado mucho, tanto que algunas sandeces que aún se oyen en los micrófonos de la corrección política resultan algo más que grotescas: son un inequívoco ejercicio de irresponsabilidad.

La pérdida de la virginidad. Empecemos por el paternalismo que aún explica el fenómeno del terrorismo islámico como si fuera una rebelión desesperada de los parias del mundo. ¿Cuántas veces hemos podido leer, en sesudas y prestigiosas tribunas, que los hombres bomba que destripan personas en los restaurantes de Haifa o en los autobuses de Jerusalén son heroicos resistentes que no tienen nada que perder? ¿No hablamos aún de “resistencia” cuando nos referimos a la planificada estrategia terrorista de Al-Zarqawi en Irak? ¿No proyectamos una mirada comprensiva hacia la “lucha armada” de los grupos islamistas chechenos? ¿No mostramos una velada justificación, por la vía de la culpabilización estadounidense, de algunos ataques terroristas? Este paternalismo, sin duda consecuencia de nuestra mal llevada mala conciencia, aderezado con unas gotitas de estética revolucionaria y reforzado por la óptica antiamericana que contamina la visión europea, este paternalismo, decía, es, después del 11-S, del 11-M y de la matanza de Londres, el obstáculo que más patéticamente distorsiona nuestra capacidad de análisis. Detrás del atentado terrorista, detrás del suicida no hay un desesperado, sino una tupida red logística, económica e ideológica que vampiriza causas legítimas, fanatiza hasta el puro nihilismo a sus seguidores y usa sus anuladas mentes para el objetivo superior de la revolución islámica. Los verdaderos resistentes palestinos no son los integristas de Hamás, que capturan a niños de ocho años para convertirlos en adolescentes bomba y cuyas millonarias fuentes de financiación hay que buscarlas en algunas fortunas que cotizan en Kuala Lumpur y en los despachos opacos de algunas dictaduras del petrodólar. Los resistentes palestinos son los que luchan democráticamente por su causa, enfrentándose incluso al fanatismo integrista. Los verdaderos resistentes iraquíes no son los degolladores de personas, sino los que fueron masivamente a votar a pesar de la amenaza de muerte. No son desesperados, no son pobres, no son libertadores, no son resistentes. Son militantes de una ideología totalitaria, profusamente regada económicamente, perfectamente instalada en los conflictos del mundo y cuyo objetivo último es la destrucción de los valores que garantizan la convivencia y la libertad. Dejemos, pues, de hacer el imbécil mirándolos como si fueran los sustitutos de nuestro Che Guevara adolescente. Sin ninguna duda, como hizo en su momento el nazismo, nos han declarado la guerra.

Y antes de que alguien busque algún atisbo de incorrección moral en lo que afirmo, recordaré lo que tanto he escrito. No nos ha declarado la guerra el islam, ni es un choque de civilizaciones o religiones. Es la declaración de guerra de una ideología que utiliza el islam, lo secuestra e intenta patrimonializarlo. De hecho, el integrismo islámico es tan enemigo de Occidente como es enemigo del derecho de los ciudadanos islámicos a vivir en libertad.

La pérdida de la virginidad también implica la superación del discurso doméstico, como si Al Qaeda fuera el resultado de políticas exteriores concretas y su solución tuviera que ver con la bondad o maldad de dichas políticas. Si les preocupara la causa palestina, ¿por qué el 11-S se empieza a gestar en plenos acuerdos de Oslo? Si les preocupaba la participación española en Irak, ¿por qué acaban de detener a 16 islamistas, cinco de los cuales ya habían hecho el juramento del martirio? ¿Por qué habían filmado las torres de Barcelona, si ya éramos buenos? ¿Y por qué el 11-M se preparó dos años antes de la guerra de Irak? Creer, al estilo del chauvinismo francés, que “portarse bien” implica salir de la diana es no entender nada y constatar algo: que somos muy débiles y que conocen nuestras debilidades, entre ellas la reiterada y enfermiza mirada al propio ombligo.

Empezó hace mucho, en los años veinte del siglo pasado, con los fundadores de los Hermanos Musulmanes de Egipto, cuya ramificación llegaría a la creación de un Gobierno integrista en Sudán, la posterior del Hamás de Yassin y la propia estructuración de Al Qaeda. Desde hace mucho están amparados por gobiernos que se sientan en la ONU y por fortunas que cotizan en las bolsas internacionales. Fanatizan mucho, contaminando miles de personas. Y matan desde hace mucho, pero decidimos no verlos. Decidimos no ver cómo mataban a decenas en Buenos Aires hace más de una década. Total, eran judíos. No verlos cuando mataban en Nairobi, total eran americanos. Y no los vimos ni en Bali, ni en Turquía, ni en Beslan, ni en Jerusalén. Por supuesto, no los vimos en Nueva York. Y sólo cuando nos mataron en Madrid empezamos a descubrir que esto iba con nosotros, pero ¿hicimos los deberes? ¿O continuamos con el discurso paternalista que explicaba en términos épicos, domésticos y simples sus hazañas terroristas? Mientras estén los yanquis para entretenernos y para explicar la maldad del mundo, ¿para qué preocuparnos por la estructura terrorista que nos ataca? Ahora la muerte ha viajado en metro por Londres, y otra vez nos hemos quedado desconcertados y boquiabiertos. Hasta que alguien, bondadoso, ha dado una respuesta: es por culpa de la guerra de Irak, y hemos respirado más tranquilos. No hay nada como tener respuestas simples para poder aparcar las incordiantes preguntas que no queremos hacernos. Es realmente terrible lo que ocurre: nos están matando en propia casa, socializando el terror para destruir nuestro sistema de libertades, y nosotros continuamos entretenidos equivocándonos de enemigo. Más que adolescentes vírgenes, parecemos auténticos botarates.