La perestroika, 20 años después

Por Mijail Gorbachov, ex presidente de la URSS; preside la Fundación Gorbachov para el Análisis Socioeconómico y Económico (LA VANGUARDIA, 27/02/05):

Dentro de pocos días tendrá lugar en Turín el Foro de la Política Mundial sobre el vigésimo aniversario de la perestroika. Si hubiera de resumir en pocas palabras el sentido de la perestroika, diría que quienes la promovieron se proponían humanizar y renovar el país gradualmente, a través de la democracia, en el ámbito de una opción socialista. Y, al mismo tiempo, se proponían contribuir a la modificación de las relaciones internacionales hacia un nuevo orden que no sólo pudiera proceder en paz sino también afrontar políticamente los grandes desafíos que se planteaban -y siguen planteándose- ante la humanidad. Aquel intento no sólo no fue vano, sino que aún debe examinarse en profundidad, dado que a cada giro, en todas las crisis que han tenido lugar desde entonces, han vuelto a aparecer los mismos problemas que quedaron entonces sin resolver.

Entre los numerosos descontentos y críticos del actual estado de las cosas en Rusia figuran, por ejemplo, quienes piensan que todo esto es culpa de la perestroika. Y, por paradójico que pueda parecer, también ciertos pensadores occidentales sostienen que fue la perestroika la causa principal de la disolución de la URSS y de la desaparición del único modelo alternativo a la democracia liberal occidental. Hay quien la llama revolución y quien la llama contrarrevolución; quien ve en ella un progreso, y quien la considera una regresión total de Rusia. Quien le confiere el papel de gran cambio positivo en el plano internacional y quien le atribuye la responsabilidad de haber creado un mundo unipolar en el que Estados Unidos campa a sus anchas.

La perestroika fue una revolución pacífica de sentido antitotalitario, llevada a cabo en nombre de los ideales democráticos y socialistas. Éramos conscientes de que al enorme impulso democrático y cultural que siguió a la revolución de Octubre, le sobrevino una reacción definida como el Termidor estalinista, con la instauración de un sistema de poder totalitario. Aquel sistema fue el resultado de una ofensiva sangrienta contra los que habían hecho la revolución. Los hijos de la revolución fueron devorados por el estalinismo. Nuestro punto de partida fue que se pudiera, y se debía, volver a los orígenes del socialismo y liberar a la sociedad soviética de aquella herencia. Es decir, que avanzara hacia un modelo de “socialismo -como se le llamó luego- de rostro humano”. Que fuera un proyecto viable nos lo demandaba, efectivamente, toda la sociedad soviética, madura entonces para expresar estas aspiraciones que portaba en su propio seno y que se habían visto frustradas reiteradamente en los decenios precedentes tras la dictadura estaliniana, pero que seguían siendo vivas y sólidas: habían sobrevivido tanto al intento autoritario-democrático de Jruschov y al deshielo subsiguiente como al intento claramente autoritario-burocrático de Brezhnev.

Nuestra iniciativa daba cuenta de un clamor en favor de la libertad de palabra, el pluralismo político y de las ideas, cosas todas ellas que exigía la ciudadanía, quien consideraba que los privilegios de la nomenclatura eran insoportables y vejatorios. Se me ha planteado una y cien veces esta pregunta: pero ¿era realmente reformable el sistema soviético? Hubo, incluso entre quienes impulsaron la perestroika, diversidad de opiniones al respecto; la pregunta, por otra parte, conserva aún hoy cierta vigencia. Sin embargo, personalmente y basándome en mi propia experiencia y mis ref lexiones, he llegado a la conclusión de que no existen sistemas intrínsecamente no reformables. De lo contrario la historia no habría progresado nunca. La perestroika duró sólo seis años y se vio interrumpida de modo artificial por un golpe de Estado: el primer golpe por la espalda se lo infligieron los elementos golpistas conservadores, el segundo los radicales y aventureros que querían pasar por demócratas.

Los años difíciles de la perestroika abrieron la senda merced a la cual empezaron a cambiar las ideas de millones de personas y que dio salida a renovadas energías que demostraron que el pueblo de Rusia podía avanzar hacia nuevas perspectivas. Se dio así un potente impulso a la democracia y la libertad de pensamiento y expresión. Basta recordar el ambiente que rodeó el primer Congreso de Diputados del Pueblo, primer parlamento democrático (si bien en condiciones formales de partido único)del periodo postestaliniano, los acalorados debates, las discusiones bajo la mirada de todos los soviéticos, trasmitido por televisión día tras día y sin secretos. Yevgueny Yevtuchenko dijo: “Todos pertenecemos al partido de la perestroika”.

¿Cuál era nuestra estrategia? ¿En qué consistía el “nuevo modo de pensar”? La senda abierta era, ciertamente, nueva y, evidentemente, no se podía trazar desde un principio detallando todas sus fases. Pero estaban claras las ideas-fuerza fundamentales, las que habían de infundir vida a un tránsito gradual hacia un sistema democrático que incorporara y conservara en su seno los elementos socialistas introduciendo un mercado socialista acompañado del consenso popular y de una amplia participación de la ciudadanía en las decisiones. Queríamos eliminar el distanciamiento del ciudadano respecto de la producción, del poder, de la cultura, de la vida social. Queríamos reformar la política, y con ella la economía y la sociedad enteras. Y fuimos en esta dirección. Nosotros reconocimos políticamente y definimos jurídicamente la propiedad privada, empezando a desarrollar al propio tiempo una enérgica política social de impulso estatal. En suma, habíamos emprendido la senda socialdemócrata.

Todas y cada una de estas iniciativas toparon con una encarnizada oposición. El pasado gravitaba sobre la conciencia social y obstaculizaba la propia comprensión del significado del cambio. Muchos no entendieron que la contraposición entre el comunismo y la socialdemocracia ya había perdido gran parte de su significado y de sus razones históricas. Nosotros también habíamos cambiado al igual que había cambiado la socialdemocracia.

Los dogmáticos temían que quisiéramos ir hacia el capitalismo. No comprendían que el distanciamiento de las masas respecto de las ideas y concepciones del socialismo se había producido precisamente porque el socialismo había adoptado a sus ojos la forma del estalinismo. Sin embargo, no todo estaba claro desde el principio, ni podía estarlo. Surgieron numerosos aspectos y matices en el fragor de la batalla y el debate… Y resulta verdaderamente egoísta y si se me apura mezquino pretender que nosotros -que concebimos la perestroika, pero que éramos hijos de nuestra hisoria y de nuestra época- hubiéramos debido abarcar todas y cada una de las vertientes del proyecto desde su mismo inicio. A propósito de la futura sociedad, sobre la correlación de fuerzas a nivel mundial subrayamos el riesgo de una reanudación del conflicto entre los dos sistemas sociales básicos del planeta. La idea de la nueva civilización humana se abrió paso en el seno de este análisis de la situación mundial en tanto que, al propio tiempo, trabajábamos y ref lexionábamos sobre las cuestiones del desarme y la necesidad de liberar definitivamente a la humanidad del armamento nuclear.

Fue precisamente en este marco en el que la perestroika aportó al mundo los resultados más espectaculares: en aquellos breves años se lograron resultados sin precedentes sobre el desarme nuclear estratégico y táctico. Todo el mundo exhaló entonces un suspiro de alivio. Y también este factor viene a demostrar que los espacios de transformación y cambio rindieron su máximo fruto posible. Comenzaba a abrirse paso -aunque a través de mil obstáculos- una nueva idea del futuro común, una nueva visión de la convivencia, otro plano -cualitativamente distinto del poder- de las relaciones entre los pueblos, y aun entre los pueblos y sus gobernantes. Una idea más elevada de la democracia, en suma; una idea vinculada de hecho a un mundo libre de las armas de destrucción masiva y susceptible de emprender la vía de la paz. Desdichadamente, tal perspectiva se quedó en proyecto no realizado. Occidente prefirió extraer un beneficio a corto plazo de la situación creada con el final de la Unión Soviética. Tal vez sólo ahora en Europa y, asimismo, en Estados Unidos comienza a cobrarse conciencia de que habría sido útil y provechoso actuar de manera más previsora…

Resta aún una cuestión que no puedo omitir. No se han acabado aún las disputas sobre las causas de la caída de la perestroika. Existe la opinión de que obedecieron a una conspiración desde el exterior. Pero somos muchos quienes juzgamos que la perestroika fue aplastada por la carrera de armamentos impuesta por Occidente. Estoy convencido de que los factores externos no fueron decisivos. Fueron -de lejos- los factores internos los de máxima importancia. Aquí es donde podemos constatar los errores de los reformistas, la resistencia de los adversarios de los cambios, la impaciencia de los radicales. La perestroika se encontró ante dos oposiciones de signo radical, a su derecha y a su izquierda. El golpe de 1991 constituyó el punto culminante de aquel drama. De todos modos, es significativo que ya se trate de los radicales-demócratas o de los conservadoresburocráticos, la cuestión es que votaron juntos en el Parlamento ruso para ratificar la decisión de la tríada Yeltsin-Kravchuk-Shuskevic sancionadora de la disolución de la URSS. Sólo unos pocos diputados -un centenar- votaron en contra.

Así acabó la perestroika: con la anulación de la misma entidad que habría debido ser objeto de reforma. La estrategia que había dirigido su punto de mira al mantenimiento de la unión de las repúblicas, acompañada de descentralización y de reformas profundas y graduales, se vio reemplazada por una perspectiva de ruptura inmediata y fractura del país. El resultado se halla a la vista de todo el mundo. Ahora es menester realizar esfuerzos gigantescos para superar las consecuencias del caos que sufrió Rusia en los años noventa. La satisfacción y el cumplimiento de este dificilísimo desafío histórico corresponde a los años del mandato del presidente Putin. En una primera fase se ha alcanzado la estabilización económica. En la actualidad es esencial proseguir por la senda de los cambios democráticos ya que sin este factor es imposible reconducir Rusia por la vía de un crecimiento dinámico. Veinte años después del inicio de la perestroika -en el sexagésimo aniversario de la victoria sobre el fascismo y el nazismo- sigue siendo oportuno extraer lecciones de alcance y rango internacional.

Estoy convencido de que la experiencia de la perestroika y de la nueva manera de pensar sigue siendo aún actual en un momento en que la humanidad se encuentra frente a los desafíos de la seguridad, de la pobreza, de la crisis medioambiental. La comunidad mundial sólo podrá vencer estos desafíos merced a una acción común y solidaria.