La ‘perestroika’ de Zapatero

Por Felipe Sahagún, profesor de Relaciones Internacionales y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO (EL MUNDO, 25/01/06):

El liderazgo y la política comparados han sido desde siempre instrumentos útiles para analizar el comportamiento de los dirigentes. Las biografías políticas mezclan, con desigual suerte, la descripción, la Literatura y la Historia. En su viejo manual, el profesor Lewis Edinger, que enseñó esta asignatura durante años en Columbia, recomendaba integrar la psicología y el contexto (la personalidad y la situación) para estudiar a los líderes.

Por su forma de actuar, distinguimos entre líderes pragmáticos y dogmáticos. Por los medios que utilizan para alcanzar sus objetivos, los hay moderados y violentos. Por sus aspiraciones, están los que se lo juegan todo a una carta, a un solo objetivo, y los totalistas, que intentan transformar todo el sistema. Por los cambios sociales que pretenden, los hay reaccionarios, conservadores, reformistas y revolucionarios.

Pocos contextos parecen más alejados, a primera vista, que la URSS heredada por Mijail Gorbachov a mediados de los 80 y la España que recibe José Luis Rodríguez Zapatero en marzo de 2004.Por su parte, Gorbachov recibe un imperio interno y externo en bancarrota, una economía de planificación central y un régimen autoritario de partido único; Zapatero, una democracia consolidada, una economía de mercado pujante y un sistema político muy descentralizado, amenazado por un terrorismo independentista en declive.

Comparar una obra cerrada con una recién iniciada en contextos tan diferentes es tarea difícil, pues los resultados de la segunda pueden pasar del infierno al paraíso según evolucionen los hechos.De ahí que lo más sensato sea comparar sólo los primeros años de Gorbachov con los primeros 20 meses de Zapatero en el poder y dejar el resto para el futuro.

A pesar de las profundas diferencias entre los legados recibidos, ambos -Gorbachov en sus años en el poder, de 1985 a 1991, y Rodríguez Zapatero desde que llegó a La Moncloa- muestran un perfil de líder dogmático (que afirma como verdades inconclusas sus juicios particulares), moderado, totalista y reformista; pero las reformas de Gorbachov se le fueron de las manos y terminaron en una revolución planetaria. Con sus reformas, Gorbachov, según escribió él mismo en su libro Perestroika (1987), pretendía sólo «un salto adelante en el desarrollo del socialismo» y «una eliminación (…) de todos aquellos obstáculos que estorban el desarrollo social y económico». El resultado fue la destrucción del imperio soviético, que en Occidente celebramos como una gran victoria porque puso fin a la bipolaridad y en Rusia la mayoría todavía recuerda con amargura por el altísimo precio que ha tenido que pagar.

Las reformas principales de Rodríguez Zapatero, pendientes todavía del juicio final, pretenden acabar con el cáncer principal de la democracia, el terrorismo de ETA, y rehacer las bases constitucionales de la Carta Magna de 1978. El está convencido de que, al final del túnel, nos espera una España más fuerte y más democrática.Muchos temen que, como Gorbachov, rompa el país y ponga en peligro la democracia que con tanto sacrificio se ha ido construyendo desde 1977.

Desatando fuerzas incontrolables, Gorbachov cambió la Historia universal y Zapatero puede cambiar, para bien o para mal, la Historia de España. Gorbachov empezó a ceder soberanía a las repúblicas creyendo que, así, ganaría su lealtad constitucional a una URSS más fuerte y más democrática, y los dirigentes de las repúblicas, casi todos comunistas reconvertidos en nacionalistas para preservar sus privilegios, utilizaron su soberanía para romper la URSS en 15 repúblicas independientes. En muy pocas de ellas ha prendido aún la democracia.

¿Tendrá más éxito Zapatero a la hora de controlar o frenar las aspiraciones plasmadas en los pactos de ETA con Carod-Rovira, del PSOE con los nacionalistas catalanes y del cuatripartito sobre el proyecto de Estatuto aprobado por el 90% de los diputados catalanes sin haberlo leído la mayor parte de ellos? ¿Es creíble el riesgo manifestado por las principales instituciones del Estado de que, con su perestroika, Zapatero puede hacer saltar los fusibles que han salvaguardado con éxito la democracia durante los últimos 25 años?

Si no se reconduce en los próximos meses, ¿será mejor la España a caballo entre la confederación y la independencia de ese proyecto de Estatuto que la España herida por un terrorismo marginal y unas minorías disconformes con la Constitución del 78?

Cuando el final de la URSS precipitado por la perestroika resultaba ya imparable, ni Gorbachov ni sus lugartenientes más leales reconocieron responsabilidad alguna. Atribuyeron la culpa al legado recibido, a la ceguera de sus adversarios, a fuerzas ocultas, a los militares, a Reagan, a Lenin, a Stalin, a Brezhnev, a la corrupción, al egoísmo nacionalista…

Sin saber todavía si el final será un avance histórico, una tragedia nacional o un nuevo paso hacia otra España menos trágica y cainita, Zapatero y sus lugartenientes tienen ya muy claro quién es el culpable si su perestroika derrapa y se produce un accidente grave: el PP, empeñado en torpedear el sueño de Zapatero, en boicotear la realización de lo que Zapatero describe como «la España pendiente».

El secretismo, la confusión, las ambigüedades calculadas, las sorpresas, los cambios sobre la marcha, el lenguaje enigmático y el retorcimiento de las palabras rodean a las dos perestroikas del mismo aroma alucinógeno y producen hoy en España una sensación de vértigo y temor muy parecida a la que sentimos en su día con la URSS de Gorbachov.

Los dos magos que abrieron la puerta de la jaula sin tener muy clara la naturaleza del animal que podía salir de su interior -pacífico o violento, manso o salvaje- procedían de provincias, estudiaron Derecho, se afiliaron a sus respectivos partidos desde muy jóvenes, fueron escalando posiciones en la política local, practicaron por poco tiempo la docencia universitaria y creyeron de verdad que, con sus arriesgadas apuestas, salvarían al enfermo que les había tocado diagnosticar: el comunismo soviético en el caso de Gorbachov, la democracia posfranquista en el caso de Zapatero.

Los dos utilizan casi el mismo lenguaje para definir el mundo que desean construir: gobernar con la gente, escuchar siempre, humildad para gobernar, austeridad, regeneración de la izquierda, esfuerzo, trabajo, multilateralismo, Naciones Unidas, solidaridad internacional, diálogo, cooperación, tolerancia…

Los dos están marcados en su visión e ideología por abuelos -el de Gorbachov, víctima de los campos de concentración de Stalin, el de Zapatero fusilado por los nacionales al comienzo de la Guerra Civil- y los dos se educaron en familias que, a pesar de haber sufrido persecución o muerte, inculcaron en sus hijos, como valores supremos, el diálogo y la tolerancia.

«Lleva grabado en el alma el fusilamiento [de su abuelo], pero no corre por sus venas ni un miligramo de ánimo de revancha», escribe sobre Zapatero su mejor biógrafo por ahora, Oscar Campillo.En términos muy parecidos describen Dodder y Branson a Gorbachov en una de las mejores biografías del último presidente soviético, Heretic in the Kremlin.

Los dos recurrieron al discurso binario (ángeles-demonios, luz-tinieblas, buenos-malos) para abrir espacios de diálogo entre fuerzas aparentemente incompatibles y marginar a sus adversarios. Gorbachov jugó a ser Próspero en un reino gobernado por Calibán durante 72 años.Zapatero, aunque mucho más modesto, parte del mismo idealismo y comparte el mismo sueño de la isla desconocida de Shakespeare.

En todo proceso de reformas como las de Gorbachov y las de Zapatero, hay un punto de no retorno, en el que ya no hay vuelta al pasado para corregir. A partir de ahí la inercia y las esperanzas se apoderan de la política y apagan la razón. Para Gorbachov, ese momento llegó en 1989. En sus dos últimos años en el Kremlin fue el jinete de un caballo desbocado. Para Zapatero, ese momento puede llegar -en función del texto que el primer ayudante del gran mago, Alfredo Pérez Rubalcaba, logre sacar de los pucheros- con el Estatuto final de Cataluña y la forma en que lo reciban los dos brujos de Perpiñán.

Alexis de Tocqueville, en su tratado sobre la Revolución Francesa, lo explica así: «El momento más peligroso para un mal Gobierno es cuando pretende cambiar. Sólo una labor de estadista consumado puede salvar el trono de un rey cuando, tras un largo periodo de represión, decide mejorar la suerte de sus súbditos». El caos, advierte, aumenta cuanto más crecen las expectativas de la gente.¿Se ha sobrepasado ya ese límite en las expectativas de los nacionalistas vascos y catalanes?

Con ese criterio, si la experiencia de Gorbachov se repitiera en la España de Zapatero, quienes hoy más le aplauden pronto le dejarían solo, cuando hubiesen obtenido de él todo lo que les puede dar. En ese momento, el futuro de Zapatero dependerá del PP y de la suerte, que, hasta ahora, casi siempre le ha acompañado.

Gorbachov fue «el Copérnico, el Darwin y el Freud del comunismo, todos en uno», escribió sobre él Lance Morrow en la semblanza del semanario Time cuando le declaró su hombre del año. «Quiso que sus ciudadanos y camaradas absorbieran por fin esa trinidad de desilusiones y se reconciliaran con una sociedad integrada y moderna».

Aunque su trinidad sea mucho menos grandiosa, Zapatero intenta otra reconciliación igual o más difícil, pero tiene tiempo todavía de aprender de los errores de Gorbachov y evitar un final parecido.