La pereza viaja en diligencia

Por Félix de Azúa (EL PERIÓDICO, 02/07/07):

Los siniestros comunicados del diario Gara ponen de manifiesto cuántas facilidades se daba José Luis Rodríguez Zapatero. Tras el asesinato de los ecuatorianos en el aeropuerto de Madrid, aún andaban los funcionarios del Gobierno regateando con los terroristas sobre Navarra. Ahora ya no importa. Toda esa basura moral no es sino la constatación de que Zapatero no sabe trabajar con seriedad. Se guía por la ley del menor esfuerzo: creyó poder negociar contra la oposición, es decir, contra diez millones de españoles, y con una mano a la espalda.
La ingenuidad de Zapatero, o su frivolidad, tanto en este asunto como en la Alianza de Civilizaciones, la Memoria Histórica o el Estatuto catalán, obedece a una escasa preparación para el sacrificio, unida a la pereza intelectual que le impide analizar asuntos que exigen esfuerzo, trabajo, tesón, unidad y sacrificio. Zapatero comparte un peculiar defecto con muchos de sus coetáneos: no admite que haya problemas irresolubles, o que solo los resuelven el tiempo, el estudio, la fatiga, la obstinación.

CUANDO DE niños leemos cuentos y novelas, o vemos películas y series televisivas, construimos nuestra capacidad de intelección con las herramientas que nos ponen a mano. Hasta mucho más tarde no accederemos a otros útiles más críticos que nos permitan calificar todo lo anterior de fantasía. Muchos niños ya no vuelven a leer ni a estudiar en su vida, su intelecto permanece anclado en un mundo donde lo más difícil parece posible. Los niños antiguos escuchaban las hazañas de los héroes y sus sacrificios, los modernos nos educamos con relatos de esfuerzo y tenacidad como los de Dickens o los de Julio Verne, pero a partir del dominio del espectáculo sobre la realidad, los relatos para inmaduros detestan el esfuerzo y el sacrificio. Incluso las mejores lecturas, como las del joven Potter, dan por sentado que los problemas se arreglan mágicamente. Es un delirio que los psiquiatras infantiles diagnostican cada vez con mayor frecuencia en niños y muchachos que se creen omnipotentes, superhéroes.
El paso de la pereza de vicio a virtud tiene una historia corta. El valor de la pereza es un invento posterior a Marx: fue su yerno el primero en escribir un tratado sobre El derecho a la pereza, pero todavía no se apartaba de la sensatez de la clase media europea. La conquista de las vacaciones y finalmente la imposición de una inactividad muy rentable para el sistema económico, han hecho de aquel derecho a la pereza una verdadera caricatura. Desaparecida la pereza que podía reivindicar un marxista del ochocientos, convertida en una obligación anual llamada ocio que casi arruina a las familias y da beneficios gigantescos a las empresas, la pereza que se reinventa en los años setenta es de otro calado. Los movimientos libertarios odiaban el trabajo, y basta repasar los cómics de la época para constatar hasta qué punto se insultaba, se humillaba y se hacía befa de cualquier trabajador, físico o intelectual. Los okupas siguen en esa estela de ridiculización del trabajo.
No es extraño que tanto Tony Blair como Nicolas Sarkozy, (los primeros políticos europeos en asumir que la guerra fría ha terminado) se esfuercen por dignificar el trabajo y, naturalmente, remunerarlo. Para los okupas, para los hippies de los setenta, para los mafiosos de barrio, para algunos grupos libertarios, los que trabajan son idiotas. La figura del pobre hombre que va al trabajo con su cartera o su maletín, o el empollón de la clase, son figuras grotescas en casi todas las series de la televisión española. En nuestro país, al descrédito del trabajo se le une un señoritismo ancestral: la vagancia del hidalgo muerto de hambre.
La recuperación del trabajo como actividad moralmente encomiable es una novedad. También lo es el intento de restaurar la autoridad, otra víctima de Mayo del 68, sobre todo en colegios e institutos, aunque en ese terreno ultraconservador va a ser mucho más difícil avanzar. A la nefasta influencia televisiva se une la envilecedora y machacona presión de la publicidad, la peor de las manipulaciones a la que están sometidos los niños. Proponer la recuperación del trabajo como un derecho a la dignidad y de la autoridad de los maestros como un valor moral es una tarea casi suicida. A los beocios les parecerá una propuesta de derechas, pero lo triste es que desde el siglo XIX había sido una reivindicación de la izquierda. Se la dejó arrebatar por los aristócratas del 68, como tantos otros valores que han ido desapareciendo por el sumidero relativista de la posmodernidad.

AHORA podemos volver al comienzo, al delirio del superhéroe como síntoma de pereza. Algunos problemas, como el del fascismo en el País Vasco, no tienen más solución que la resistencia colectiva. Sus antecedentes, las guerras carlistas, nos persuaden de que es algo endémico, como los conflictos cainitas de los árabes o de las tribus balcánicas. Eso no quiere decir que no deba intentarse encontrar una salida, pero quien lo intente ha de saber que solo mediante el esfuerzo, el tesón, la autoridad, el trabajo, muchísimos años y otros valores detestados por la progresía se podrá vencer a los terroristas. A Zapatero le ha perdido su falta de fe en tales valores: cree ser omnipotente, pero es un vago.