La persistencia de las misiones internacionales

El general Rupert Smith predijo que los conflictos del siglo XXI se alargarían y persistirían en el tiempo, argumentando que no existen soluciones rápidas para las guerras que, como las actuales, se desarrollan entre la población. Aunque casos como el de Libia han contradicho el paradigma de Smith, muchos otros parecen cumplirlo con exactitud. Por citar un ejemplo actual, la guerra en Siria se ha enquistado en un equilibrio de fuerzas y destrucción sin otra salida que la solución negociada.

La perdurabilidad de los conflictos armados internos también se manifiesta en las intervenciones exteriores, con sus propias peculiaridades en función de su naturaleza civil o militar y de la organización que las lidere, principalmente la ONU, la OTAN o la Unión Europea. Esta última no ha mostrado gran determinación para cerrar las misiones civiles, justo lo contrario de lo ocurrido con las operaciones militares, mucho más limitadas en el tiempo. Esta tendencia podría obedecer a la voluntad política europea de mantener la visibilidad de su acción exterior sin empeñarse en escenarios militares que, por otra parte, responderían a intereses nacionales en antiguas colonias africanas. En cualquier caso, las operaciones militares de la Unión Europea han demostrado tener mejores estrategias de salida que las misiones civiles.

La eficacia de las estrategias de salida de la OTAN se está poniendo de manifiesto en el complejo escenario afgano. Sin embargo, si exceptuamos la operación de ayuda por el terremoto de Pakistán, solo ha habido un país, Irak, de donde la Alianza se ha retirado definitivamente. Esta estrategia de permanencia de la OTAN ha seguido tres fórmulas: relevarse a sí misma mediante una larga sucesión de operaciones (Kosovo); transferir la responsabilidad de la operación a la UE, pero manteniendo una presencia en la administración local (Bosnia), o perpetuar la operación aunque haya alcanzado sus objetivos estratégicos (Mediterráneo).

Las misiones de paz de la ONU siguen un patrón diferente. Las que tienen mejor estrategia de salida son las vinculadas a sucesos limitados en el tiempo. Es el caso de las misiones de verificación de elecciones (Haití) o las encaminadas a implementar acuerdos de paz asociados a la desmovilización de contendientes no estatales (Centroamérica). El resto de las misiones de la ONU se enfrentan, por lo general, a las mismas dificultades para concluir su mandato.

La ONU y la Unión Europea disponen de capacidades civiles y militares que les permiten mantener su presencia en el exterior sin necesidad de prolongar las operaciones militares. Gracias a ello, el despliegue del componente militar de la misión puede ajustarse a la consecución de los objetivos estratégicos, sin que medien otras consideraciones no operativas. Por este motivo las misiones civiles europeas y de la ONU tienden a perdurar, relevándose unas a otras o sustituyendo, llegado el caso, a las operaciones militares. Este razonamiento ha podido ser determinante para que en 2010 la OTAN decidiera dotarse de capacidades operativas civiles de las que carecía.

Existe el riesgo de que la persistencia de las misiones de paz sea aprovechada por las autoridades locales para condicionar la actuación del contingente. A este respecto, el Consejo de Seguridad es muy preciso en la definición y revisión periódica de sus mandatos y en la exigencia de su cumplimiento. Esta actitud ejemplar es la base de la actuación de los componentes de la misión para evitar los intentos de injerencia local. En caso de que este respaldo fuera insuficiente, debe darse por finalizada la misión antes que acceder a la tergiversación de los parámetros que provocaron la intervención exterior. Esto es precisamente lo que sucedió en Guinea-Bissau cuando, ante la inaceptable actitud de las autoridades locales, la Unión Europea decidió no renovar su misión en el país.

En todo caso, la permanencia sine die de una intervención exterior, sobre todo si es militar, constata el estancamiento de la situación en un estadio que debería considerarse por debajo del nivel de ambición inicial. El objetivo final de una misión de paz no puede consistir en perpetuarse eternamente para evitar males mayores. Esto tampoco significa que se haya fracasado, ni mucho menos; la prolongada presencia internacional suele ser indicativa de un statu quo cuanto menos aceptable en términos de seguridad y estabilización. Sin embargo, no podemos contentarnos con esta especie de éxitos parciales; al contrario, la comunidad internacional debe procurar resolver definitivamente tanto conflicto enquistado. Baste como ejemplo la situación en Chipre o en los Altos del Golán.

Francisco Rubio Damián, Coronel, Jefe del Centro de Seguridad del Ejército de Tierra de España y colaborador experto del Observatorio Paz, Seguridad y Defensa de la U. de Zaragoza.

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