La personalidad de España

Tarde de la Feria de Hogueras en Alicante. Salvo el quinto, toros justos de fuerza y desrazaditos, contenidos en el primer tercio, remolones en el segundo y remisos en la muleta, unos lances pensativos y otros inopinadamente rotos en oleadas, a mi juicio con pedernal. Mirones y con paradas, recelosos, y por si aún fuera poco con el viento soplando a favor del peligro. Riesgo anublado, amenaza sorda. Ese riesgo y esa amena-za a veces inadvertida des de los tendidos y no siempre señalada en las crónicas. «En tiempos de crisis», me comenta Pedro Capea, forjado en el crisol de las dificultades, «hay que salir con el credo en la boca».

Fiel a sí mismo, Miguel Ángel Perera se fue con decisión a la cara de su primer toro, indiferente a las malas intenciones pregonadas en los lances iniciales. Visto y no visto: el astado lo cogió con saña y a vuelta de ojo por el muslo derecho, certero e implacable, fulminante. Herida seria, la sangre manaba a borbotones. Perera, sin embargo, volvió a la cara del toro: valor contra incertidumbre. No se perdonó ni un pase, sacó lo que no había, entró por derecho, clavó una estocada entera, asistió a la petición de los espectadores, recogió las dos orejas, saludó y sólo entonces pasó a la enfermería, intervenido de urgencia de una cornada en la parte posterior interna del muslo derecho de veintitrés centímetros: pronóstico grave. ¿Qué fuerza lo mantuvo en su sitio?

«Duele la cicatriz de la luz,/ duele en el suelo la misma sombra de los dientes,/ duele todo», escribió Vicente Aleixandre, pero sobre ese dolor generalizado Miguel Ángel Perera impuso calladamente, sin gestos ni alardes, la dignidad del oficiante de su arte de luces en el filo de los pitones. Toro descastado y sin fuerzas, leo por ahí; «toro mentiroso», precisó pocas horas después el maestro Enrique Ponce, poniendo el descalificativo justo, según el lenguaje exacto, sobrio y ceñido de los toreros, lenguaje quintaesenciado por Morante de la Puebla la tarde en que retrató con ejemplar concisión a un elemento de embestidas fuera de paso, aquí corta, allí rabanera y entre medias acorzada: «ha sido un toro muy informal», sentenció.

Toro mentiroso asimismo el cuarto de esa tarde azul alicantina, animal que prendió a Enrique Ponce, y a Enrique Ponce no le prende cualquier toro, en el vuelo de un pase de pecho, percance feo a Dios gracias resuelto en nada. En nada, claro, para un torero de ley. Era el cuarto y aún le aguardaba otro, el segundo de Perera, pero lejos de echar cuentas y reservarse, el maestro de Chivá se aplicó a las dos lidias como si tal, toreando para él y para quienes, queriendo verlo, no se obstinan en negar la evidencia de un diestro que ya sólo compite con él mismo, ajeno al juego de las presiones e indiferente al vaivén de las vanaglorias postizas. Con hondura cuando pudo y siempre con elegancia, Ponce estructuró una faena muy por encima de su oponente, cualquiera diría que apenas un rato antes había soportado una voltereta de consideración. Perera y Ponce aguantaron y siguieron a lo suyo, encarnación ambos de una de las señas distintivas de los toreros: la de crecerse cuando las circunstancias se vuelven peliagudas, sin concederse la enfermería ni aliviarse con gestos. Así fue siempre: la primera crónica que yo conozco de una corrida salió de la pluma de un cura de Segovia, Simón Díaz y Frías, licenciado en Artes y Teología por la Universidad de Alcalá y titular del curato de Torreiglesias, quien se aplicó al relato de las fiestas por la ciudad del Acueducto enderezadas en honor de la Virgen de la Fuencisla en 1613, celebración pródiga en acontecimientos taurinos, también registrados por Álcalá Yáñez, el afortunado autor de Eldonosohablador, y Colmenares, historiador de la villa.

Díaz subraya la intervención de los toreadores a pie, «muchos y buenos», «particularmente cuatro que traxeron asalariados los escriuanos y notarios», patrocinadores del festejo principal, los cuales «hizieron grandes suertes […], algunas nunca vistas», «aguardando al toro al toro cara a cara». Entre ellos se contó «un moçuelo de hasta diez y ocho años», plantado «en medio de la plaça con grande ánimo y osadía». Con «la mitad de la capa en la mano y la otra [mitad] en el suelo», sigue el relato de tan puntual cronista, aquel toreador «los dexaba llegar [a los toros] tan cerca que la pisaban», y así una y otra vez, ligando. Hasta que en uno de aquellos lances de riesgo sobrevino el percance: «cogióle un toro madrigado», palabra esta (madrigado) cuya sustancia aclara Covarrubias: «se dice del toro padre, [al cual] dexan envejecer, y así cobra mucha malicia y recato.

A merced de aquel temible astado viejo, el moçuelo tiró de casta y, aferrándose a los cuernos, impidió que lo corneara, ganándose la vida al paso de unos segundos eternos en tanto sus compañeros cortaban la distancia y entraban al quite. Rescatado por ellos, el toreador brumado se retiró por su pie, sin alharacas ni dramas y quizás, como cantó Aleixandre, con la caja del pecho dolorida «de tanto alimentar ilusiones». En 1613 y en 2012.

De frente, con capacidad de superación y con la dignidad por divisa. Desde los siglos oscuros el Arte de Torear imparte lecciones y depara enseñanzas. Frente a las crisis, aplomo. Ortega y Gasset afirmó taxativo que para comprender la historia de España resultaba imprescindible conocer «la historia de las corridas de toros» mientras Tierno Galván ponderó el carácter pedagógico de la Fiesta: «los toros son el acontecimiento que más ha educado social, e incluso políticamente, al pueblo español». Yo pienso igual. Y nadie podrá negar que Ortega y Gasset encarna la modernidad intelectual ni discutir que Tierno representa a la izquierda sin telarañas mentales. Déficit, vencimientos, moras, corte de cuentas, apremios y, de tanto en ciento, respiros. El ejemplo se nos brinda al sol en las corridas, espejo y símbolo del carácter español.

Gonzalo Santoja, catedrático de la Universidad Complutense

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