La personalización de la nada

Leo en la Prensa una información que carece totalmente de interés pero que es perfectamente representativa de nuestra época. Christine Lagarde, la directora gerente del Fondo Monetario Inter naci o nal ( FMI), informa al planeta de que el crecimiento económico en Europa está peligrosamente amenazado por una inflación insuficiente. Estas declaraciones sumamente técnicas fueron recogidas la semana pasada por la mayoría de los periódicos que he podido consultar, en los idiomas más variados. Para el público no iniciado en la ciencia económica, lo que declara Lagarde no tiene sentido. Sin embargo, los medios de comunicación publican las declaraciones tal cual, sin comentarios ni explicaciones, como si se tratase de una información real. Lo que ha dicho Lagarde tampoco es una información útil para los economistas. En primer lugar, la temida desinflación se basa en una teoría económica controvertida y probablemente arcaica; por otra parte, esta hipotética desinflación es desde hace meses objeto de comentarios expertos en los círculos financieros, una controversia que solo interesa a un puñado de iniciados. Pero resulta que Lagarde ha convertido lo que no hace mucho era un cargo, el suyo, en una tribuna para exaltar su Yo.

Lagarde es de nuestro tiempo; ha entendido que la comunicación, es decir su manipulación, es más significativa que su contenido. También ha entendido que los cargos, las instituciones e incluso las ideas cuentan menos en nuestro universo mediático que la persona que pretende encarnarlos. Resulta que Lagarde posee todas las cualidades para imponerse en este universo: es una mujer en un mundo –la economía– todavía dominado por los hombres; es una mujer de mundo, por haber pasado una gran parte de su vida profesional en Chicago; y se corresponde exactamente con los estereotipos de la elegancia francesa más clásica. Por otra parte, Lagarde ha progresado en su carrera política, primero en Francia y luego en el plano internacional, comunicando sin cesar; cuando era ministra de Economía en París, se especializó en anunciar la tasa de crecimiento como si dependiese de ella. A la larga, su objetivo es la presidencia de la República francesa, que quizás alcanzará.

En su defensa, hay que decir que Lagarde no es la que ha iniciado la mediatización de su cargo en el FMI ya que su predecesor, Dominique StraussKahn, un estratega puro en comunicación sin sustancia (con el riesgo de ser destruido por su propia estrategia como ha demostrado), fue el primero en «personalizar» a ultranza el FMI. Antes que él, cuando el FMI todavía servía para algo (ahora ya no sirve para nada), nadie sabía «quién» era el FMI. Su acción, a menudo útil en los países pobres, y sus análisis, a menudo pertinentes, pertenecían a la institución y no a su director gerente, cuyo nombre seguía siendo desconocido para la mayoría. Pero resulta que el FMI se ha convertido en una persona.

No se trata aquí de poner en tela de juicio a Lagarde, a la que no conozco y a la que no juzgo, sino de poner de manifiesto su representatividad y su significado. Antes de la personalización de todo, es decir de nada, antes de la era de la mediatización excesiva y generalizada de las personalidades más destacadas, eran las instituciones y las ideas las que «hablaban», y también era una artimaña. ¿Era mejor o no era tan bueno? Para seguir con nuestro ejemplo del FMI, ¿era mejor escuchar, como antes, «el FMI piensa que», olvidando que estaba compuesto por personas de carne y hueso, que escuchar, como ahora, «Lagarde afirma que», olvidando que solo es la portavoz de su burocracia, ya que ella no es economista? En ambos casos, se trataba antes y se trata ahora de convenciones, de estratagemas. Por otra parte, no podemos ni recuperar las costumbres del pasado ni borrar las de nuestra época. ¿Es conveniente la nostalgia?

En parte sí, la nostalgia es conveniente, o al menos la memoria histórica. La historia enseña que, en democracia, las instituciones son mejores que sus portavoces, y la neutralización de los egos es una garantía de la estabilidad de estas instituciones. A la inversa, el fascismo sustituyó las instituciones por el culto al jefe. La personalización del poder tal y como se generaliza es, por tanto, preocupante. Hace no mucho, las políticas surgían de un debate, e incluso de un consenso; en la actual era de la mediatización, es justo lo contrario, ya que el efecto se impone a la sustancia, y el ruido al fondo. La política no es la única afectada; sucede lo mismo en el mundo de las ideas, o en lo que queda de él.

¿Deberíamos resistirnos a nuestra época o deberíamos abrazarla? Mi hipótesis de trabajo es que conviene amar nuestra época porque no conoceremos otra, pero también es importante no dejarnos engañar. En este mismo espacio mediático que se me concede cada semana, definía recientemente la civilización occidental por su capacidad única de crítica y de autocrítica. Este espíritu crítico me parece más necesario que nunca. Y para aquellos a los que les inquietan o les molestan los tonos polémicos, me parece que la virulencia cada vez mayor en la crítica argumentada es la respuesta adecuada a la personalización de la Nada.

Guy Sorman

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