La pesadilla industrial de China

Por Orville Schell, director Arthur Ross del Centro de la Sociedad Asia sobre Relaciones entre Estados Unidos y China
Copyright: Project Syndicate, 2007. Traducido del inglés por D. Meléndez Tormen (19/07/07):

En Occidente, los medios tienen el hábito de alimentar histerias. Irónicamente, cuando se trata de China, la última histeria tiene relación con los alimentos mismos. La ejecución esta semana del ex jefe de la Administración de Medicamentos y Alimentos China (SFDA), Zhen Xiaoyu, que aceptó casi un millón de dólares en sobornos, muestra que la paranoia ha arraigado en China también.

Primero hubo una serie de artículos acerca de comida para mascota que contenía melamina (un derivado del carbón), medicamento para la tos y pasta de dientes adulterados con dietileno-glicol (una sustancia química industrial de sabor suave utilizada en líquido de frenos y anticongelante), trenes de juguete decorados con pintura con base de plomo, antibióticos infectados con bacterias, baterías de teléfonos móviles que explotaban y neumáticos de automóviles con defectos.

Ahora la atención se ha vuelto hacia la comida. La prensa mundial está llena de historias acerca de miel que contiene endulzantes industriales, alimentos en latas contaminadas con bacterias y una cantidad excesiva de aditivos, licor de arroz adulterado con alcohol industrial, y peces, anguilas y camarones cultivados en piscifactorías a los que se les dio grandes dosis de antibióticos y luego se los lavó con formaldehído para bajar los niveles de bacterias.

En respuesta a ello, el Gobierno de China actuó de manera casi instantánea. La Administración General de Calidad y Supervisión, Inspección y Cuarentena llevó a cabo una investigación e informó de que cerca de un quinto de todos los productos fabricados en China para uso doméstico no cumplían las normas de calidad y seguridad. Al mismo tiempo, los organismos de control aumentaron las inspecciones, cerraron cerca de 180 empresas productoras de alimentos y ahora publican los nombres de los transgresores en su sitio web.

Más aún, no sólo se ejecutó a Zhen Xiaouyu, sino que Cao Wenzhuang, que estaba a cargo del registro de medicamentos en la SFDA, fue sentenciado a muerte por aceptar cerca de 300 mil dólares en sobornos de las farmacéuticas. No hay duda de que ambos veredictos fueron calculados, como el famoso proverbio chino lo expresa, para “asustar a los monos matando algunos pollos”.

¿Por qué nos sorprende esto? Después de todo, el “capitalismo con características chinas” ha sido una caótica ley de la selva durante un buen tiempo. Cerca de un 75% de los alimentos en China hoy es producido por emprendedores pequeños, privados y sin licencia, que son difíciles de controlar.

Poco conocedores de los cambios tectónicos de China, los extranjeros han estado invirtiendo, comprando, haciendo transacciones y alabando destempladamente su increíble “auge económico” que, no obstante, tiende a caminar sobre la cuerda floja sobre un infierno. El temor a ser acusados de “una obsesión antichina” ha dificultado que los así llamados “amigos de China” hablen abiertamente de su lado más oscuro.

Sin embargo, el mismo pueblo chino ha estado lejos de no tener conciencia de que la pureza de sus alimentos, medicamentos, agua y aire está en duda. La xiadao xiaoxi (voz de la calle) desde hace mucho está llena de rumores de que las cosas se están poniendo feas. Una compañía de poca monta molió una sustancia mineral y la puso en tubos de gel para venderla como medicamento. Los campesinos de una aldea barrieron el depósito de basuras de un hospital para buscar artículos quirúrgicos desechados, los lavaron en un canal cercano, los volvieron a empaquetar el plástico sellado que decía “esterilizado” y los revendieron al mismo hospital a menor precio. Por supuesto, no ha sido muy de ayuda el que el Partido Comunista aborrezca la libertad de prensa e impida la existencia de una sociedad civil sólida, ya que ambos elementos son pilares fundamentales para recibir información de retroalimentación para asegurar el bienestar de cualquier país. Tampoco ha ayudado el que los organismos de control en China estén muy por detrás del crecimiento de su economía. Por ejemplo, la oficina de Pekín de la Administración Estatal China para la Protección del Medio Ambiente tiene menos de 300 empleados, mientras que la entidad equivalente en Estados Unidos emplea a más de 17.000.

La alocada carrera de China hacia el fuqiang (riqueza y poder) le ha dado pocas oportunidades de desarrollar todas las instituciones compensatorias que cualquier sociedad desarrollada, no digamos ilustrada, necesita para lograr equilibrio y salud social. Sin embargo, en el mundo globalizado de hoy, donde las fronteras nacionales se han convertido en sinapsis de incontables tipos de interacciones incontrolables, los problemas de cada país se han convertido en problemas de todos. Así, antes de que en Occidente nos apresuremos a censurar los problemas de control de calidad de China, deberíamos recordar nuestra complicidad en hacer de China el parque industrial del mundo y el vertedero global de muchas ramas de la industria que producen desechos tóxicos. Si bien podemos lamentar la pérdida de empleos industriales por la terciarización,ciertamente no lamentamos exportar enormes cantidades de contaminantes a este país.

China puede llegar a sentir la voracidad con que ha abrazado la industrialización. Los chinos ya están comenzando a despertar de la obsesión por el desarrollo que los acosara desde que comenzaran a emerger de la revolución cultural y su escasez de productos básicos. En un mundo de escasez, más siempre parecía mejor.

Pero ahora, de la misma manera que Occidente comenzó a entender hace décadas que el medio natural tiene límites, China está mostrando las primeras señales de entrar en una fase postindustrial. De modo que, en lugar de simplemente cerrar las puertas a los productos chinos, deberíamos pensar en ayudar a China abriendo las puertas de nuestros organismos de control a los reguladores chinos.

Hacerlo en realidad es ayudarnos a nosotros mismos, ya que, incluso con “competidores estratégicos” como China, vivimos en un espacio común global donde compartimos el aire, el agua, los bienes manufacturados y hasta la comida.