La peste

El 8 de enero, en esta misma página de ABC, mencioné, con motivo de su centenario, la llamada gripe española de 1918. Hoy sabemos con certeza que no era española, y si creemos a Michael Osterholm, probablemente empezó en Kansas, y desde allí un soldado estadounidense la transportó a Francia, antes de que diera la vuelta al mundo. Al concluir ese texto del 8 de enero, me preguntaba si nuestro mundo está preparado para hacer frente a una nueva epidemia de este tipo, de modo que le pregunté a Osterholm, del Centro de Investigación sobre Enfermedades Contagiosas de la Universidad de Minnesota.

Osterholm es una autoridad mundial en la materia, médico y detective al mismo tiempo: cada vez que surge o parece que surge una epidemia, es a él a quien se le pide que identifique el virus, que anticipe el daño, que proponga una respuesta. Desgraciadamente, salí de esa entrevista mucho más pesimista de lo que entré. Mi interlocutor me convenció de que una gripe del tipo de la de 1918 se abatirá inevitablemente sobre nuestro mundo: la gripe obedece a ciclos alternos de gripe estacionaria, como la que sufrimos sin demasiados daños, y de gripe asesina (conocida como H1N1), como la de 1918 y, más recientemente, la de 2009, probablemente de origen mexicano. La gripe estacional a veces es mortal para los ancianos y los niños, pero la otra mata masivamente a enfermos en la flor de la vida, entre los 30 y los 40 años, a veces en un día.

Actualmente se ha reconstituido el virus de 1918 a partir de cadáveres congelados en Alaska, y se ha podido calcular que el número de víctimas fue del orden de los cien millones, una cifra muy superior a los cálculos de la época, y que la media de edad de las víctimas era 27 años. ¿Por qué volverá a suceder? Porque la gripe, afirma Osterholm, es tan antigua como la humanidad; no desaparece nunca, sino que muta. La densidad demográfica del planeta y la velocidad de los viajes permiten prever una aceleración del contagio. Y resulta que los virus más peligrosos nacen en lugares donde los hombres están en contacto con animales de granja, principalmente cerdos y pollos. El virus, al mutar, pasa del animal al hombre. Y como la humanidad consume cada vez más carne, las explotaciones masivas se multiplican, especialmente en China. A lo que hay que añadir que las autoridades chinas, ya sea por desorganización o por amor al secreto, son reacias a anunciar una epidemia.

Durante la epidemia de neumonía atípica (SARS) de 2002, fue necesario que el virus llegara a los viajeros occidentales para que los chinos admitieran que la epidemia llevaba varias semanas causando estragos, lo que retrasó el aislamiento de los enfermos contagiosos.

¿Y las vacunas contra la gripe? Es mejor estar vacunado que no estarlo, me dijo Osterholm, pero hay que ser honesto con la gente: es preferible reconocer que la vacuna no protege por completo en lugar de hacer que crea que es completamente eficaz, con el riesgo, en cambio, de desatar una hostilidad a priori contra cualquier vacuna. Para pintar la situación aún más sombría, Osterholm me informó de que no hay reservas significativas de vacunas contra la gripe en ningún lugar del mundo; las vacunas se producen lentamente, a medida que se van necesitando, principalmente en laboratorios chinos e indios. Si se desencadena una epidemia de gripe mortal, si avanza y no tenemos vacuna, ¿qué deberíamos hacer?

Osterholm desearía que la opinión pública fuese consciente del peligro y que asistiéramos a una movilización financiera e intelectual, comparable a la que desencadenó la epidemia de SIDA, para lo que todavía no hay vacuna, sino solo terapias caras. Por lo tanto, prepararse para una epidemia de gripe requeriría despertar la conciencia del mundo. Existe un precedente, el de la erradicación de la viruela en la década de 1970, a raíz de un acuerdo entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que, en ese momento codirigían el planeta. Hoy en día, ya no existe una verdadera autoridad mundial, y desde el punto de vista científico, es más fácil contener la viruela que la gripe.

La solución definitiva, afirma Osterholm, es la creación de una vacuna universal contra todas las formas de la gripe: es factible, pero sería un proceso largo y su desarrollo requeriría una concentración de recursos comparable con el Proyecto Manhattan, que en 1944 desembocó en la bomba atómica. En el caso de la gripe sería un proyecto Manhattan al revés, al servicio de la vida, no de la muerte. Pero el mundo no es consciente de la amenaza, no tiene ninguna sensación de urgencia. Preferimos «luchar contra el cambio climático», y sin ningún resultado, por cierto. Cualquier comparación es atrevida, pero recordemos que, en el siglo XIV, la peste mató a un tercio de la humanidad y congeló las civilizaciones durante dos siglos. Para no abrumar al lector, me prohíbo a mí mismo mencionar el segundo riesgo sanitario que nos amenaza: la pérdida de eficacia de los antibióticos como resultado de su uso excesivo. De este modo, atrapados en la política a corto plazo, ya no distinguimos lo que es superficial de lo que realmente cambia el curso de la historia.

Guy Sorman

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